En teoría, Nutri-Score nació con una intención noble: simplificar la lectura del etiquetado nutricional para que los consumidores puedan tomar decisiones más saludables en el supermercado. Con su sistema de letras y colores que van desde la A verde (más “saludable”) hasta la E roja (menos “saludable”), parecía una herramienta accesible para una ciudadanía cada vez más preocupada por lo que pone en su plato. Sin embargo, lo que comenzó como una estrategia para mejorar la salud pública se ha convertido en un campo de batalla entre fabricantes, cadenas de distribución y nutricionistas críticos que alertan sobre un sistema simplista, sesgado y, en ocasiones, engañoso.
El sistema Nutri-Score, que originalmente se presentó como una herramienta basada en criterios científicos, ha pasado a convertirse en un instrumento de poder dentro del mercado alimentario europeo. Actualmente, se vive un creciente conflicto entre fabricantes y cadenas de distribución: mientras numerosos productores rechazan su aplicación por considerarlo un sistema manipulable y poco justo, varios supermercados en España lo están implementando de forma unilateral en los productos que comercializan.
Carrefour, Alcampo, Eroski y Lidl figuran entre las cadenas que han abrazado el Nutri-Score con entusiasmo. Lo promocionan como una forma de “transparencia” frente al consumidor. Pero ¿transparencia para quién? ¿Y con qué intereses? Lo que no se dice es que estos gigantes del retail también tienen marcas blancas que pueden adaptar fácilmente sus productos a las reglas del sistema, manipulando ingredientes para escalar en el ranking sin necesariamente mejorar la calidad nutricional real.
El problema no es solo que Nutri-Score premie el bajo contenido en grasas saturadas o calorías por 100 gramos sin tener en cuenta las porciones reales de consumo, sino que penaliza alimentos tradicionales que son parte clave de una dieta equilibrada. Mientras tanto, otros productos que han sido reformulados en laboratorio para reducir azúcar o sal (muchas veces sustituidos por aditivos o edulcorantes) logran una A o B y se colocan como opciones “saludables”.
Esta lógica de “marketing saludable” ha sido cuestionada por la nutricionista Andrea Urizar, quien advierte que las etiquetas actuales pueden inducir a error. “No tiene sentido que productos que no alimentan, pero han sido modificados para cumplir ciertos parámetros, reciban puntuaciones altas”, señala. Urizar critica que la puntuación otorgada no refleje la calidad real del alimento, ni su impacto en la salud a largo plazo. “Muchas veces un producto tiene una letra A, pero su lista de ingredientes es kilométrica”, afirma, destacando la contradicción entre el etiquetado visual y el contenido nutricional real.
La presión de los supermercados por aplicar el Nutri-Score genera un entorno donde el consumidor no solo se ve mal informado, sino directamente manipulado. Una galleta de marca blanca con Nutri-Score B puede parecer recomendable, mientras que un queso curado con ingredientes simples y sin aditivos puede parecer “poco recomendable” al llevar una letra D. Esto no es solo un problema de percepción: afecta hábitos alimentarios, moldea la relación con la comida y consolida un modelo de consumo basado en apariencias nutricionales en lugar de calidad real.
Pero, ¿por qué los supermercados insisten en imponer el sistema si no es obligatorio? Porque les da poder. El Nutri-Score, aunque presentado como una ayuda al consumidor, actúa como una herramienta de control del mercado. Al exigir su implementación a proveedores, las cadenas de retail consolidan su rol como árbitros de lo que se vende y lo que no. Quien no entra en el juego, queda fuera del lineal. Y esto afecta principalmente a pequeños productores, marcas artesanales y alimentos tradicionales que no tienen los recursos ni el margen para reformular recetas.
Esta presión ha generado tensiones, no solo entre supermercados y fabricantes, sino también entre países. Recordemos que España aún no ha adoptado oficialmente el Nutri-Score a nivel estatal, a diferencia de Francia o Alemania. Sin embargo, la penetración del sistema a través de los supermercados crea una realidad de facto donde el etiquetado ya es norma para miles de productos. En la práctica, se impone un sistema discutido y cuestionado sin debate público, ni regulación clara.
A esta situación se suma un problema estructural: la alfabetización nutricional. El Nutri-Score presume de facilitar las decisiones de compra, pero en realidad reemplaza el juicio crítico del consumidor por una simplificación extrema. En lugar de promover la educación alimentaria, fomenta una dependencia de los códigos de colores y del algoritmo. El resultado es una ciudadanía que cree estar comiendo mejor, cuando en realidad está siendo guiada por criterios reduccionistas, enfocados en nutrientes aislados y no en patrones dietéticos integrales.
Los expertos que se oponen al sistema insisten en que comer saludablemente no se trata solo de sumar o restar calorías, grasas o azúcares, sino de entender cómo se combinan los alimentos, su origen, su grado de procesamiento y su función dentro de una dieta global. Este enfoque más holístico queda completamente fuera del Nutri-Score, que evalúa los productos en función de 100 gramos sin considerar el contexto de consumo, la frecuencia ni el equilibrio global de la dieta.
Mientras tanto, los supermercados continúan usando el sistema como herramienta de branding saludable, adornando estanterías con etiquetas verdes y promesas implícitas de bienestar. Y el consumidor, confiado, cae en la trampa.
Frente a este escenario, es urgente abrir el debate y exigir mayor transparencia, no solo en los productos sino también en los intereses detrás de cada decisión de etiquetado. Porque la salud pública no puede quedar a merced de sistemas de puntuación diseñados más para vender que para educar. Y porque el acceso a una alimentación verdaderamente saludable no debería depender del color de una etiqueta, sino del conocimiento real sobre lo que comemos.



