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Donostia 2040 necesita pensar en cómo quiere vivir, no solo en qué tecnología quiere incorporar

La transformación digital puede ayudar a construir ciudades más eficientes, pero también puede empujar a la sociedad a medirlo todo en términos de productividad. Kike Esnaola, psicólogo, orientador educativo y divulgador, reclama abrir una conversación más amplia sobre el futuro de Donostia: una conversación que ponga en el centro a las personas que habitarán la ciudad en 2040.

Su planteamiento parte de una advertencia sencilla: existe el riesgo de pensar únicamente en la tecnología disponible y olvidar la pregunta esencial. Antes de decidir qué herramientas, sistemas o infraestructuras necesita una ciudad, conviene definir cómo quieren vivir sus habitantes, qué relaciones desean mantener y qué tipo de bienestar esperan preservar.

La tecnología no puede sustituir al proyecto de ciudad

La inteligencia artificial, la automatización, los sensores urbanos y los servicios digitales están modificando la forma de trabajar, estudiar, desplazarse y relacionarse con las instituciones. Sin embargo, que una solución sea técnicamente posible no significa que sea necesariamente conveniente para la ciudadanía.

Esnaola invita a observar el futuro desde una perspectiva humana y educativa. La innovación, según este enfoque, no debería limitarse a acelerar procesos o reducir costes. También tendría que contribuir a crear entornos más habitables, accesibles y capaces de responder a las necesidades emocionales y sociales de las personas.

El debate sobre la ciudad inteligente suele centrarse en la eficiencia: consumir menos energía, gestionar mejor el tráfico, automatizar trámites o anticipar determinados problemas. Todos esos objetivos pueden ser útiles, pero resultan insuficientes si no se acompañan de una reflexión sobre sus consecuencias en la vida cotidiana.

Escuchar a quienes vivirán en Donostia en 2040

Una de las claves de su propuesta es incorporar al debate a las generaciones que vivirán en Donostia dentro de quince años. No se trata únicamente de diseñar soluciones para ellas, sino de permitir que expresen qué ciudad imaginan y qué prioridades consideran irrenunciables.

La participación ciudadana, en este contexto, no debería reducirse a consultas puntuales o a validar decisiones ya tomadas. Escuchar implica crear espacios estables para conocer las expectativas de jóvenes, familias, personas mayores, estudiantes, trabajadores y colectivos con distintas capacidades y realidades económicas.

Sus respuestas pueden ayudar a identificar cuestiones que no siempre aparecen en los indicadores tecnológicos. Por ejemplo, cuánto tiempo quieren dedicar los ciudadanos a los desplazamientos, qué papel desean que tengan los espacios públicos, cómo debería organizarse el cuidado o qué límites consideran necesarios para la automatización.

  • Definir el bienestar más allá de los datos de productividad.
  • Garantizar que la digitalización sea accesible para toda la población.
  • Proteger los vínculos sociales y la autonomía personal.
  • Incorporar la educación y la salud emocional a la planificación urbana.
  • Evaluar el impacto humano de cada innovación antes de extenderla.

El riesgo de convertir a las personas en indicadores

Cuando la tecnología se aplica a la gestión de una ciudad, es fácil que las métricas ocupen todo el espacio. El número de trámites resueltos, el tiempo ahorrado o la capacidad productiva de una iniciativa son variables importantes, pero no explican por sí solas si una sociedad vive mejor.

Una ciudad puede ser rápida y eficiente y, al mismo tiempo, generar aislamiento, desigualdad o dependencia de sistemas que muchos ciudadanos no comprenden. También puede ofrecer servicios digitales avanzados mientras deja atrás a quienes tienen dificultades para acceder a ellos o prefieren una atención no automatizada.

Por eso, el progreso tecnológico necesita acompañarse de criterios éticos y sociales. La pregunta no debería ser solo qué puede hacer una herramienta, sino quién se beneficia de ella, quién puede quedar excluido y qué cambios provoca en la manera de relacionarnos.

Educación para entender y decidir el futuro

El papel de la educación resulta fundamental en este proceso. No basta con formar a las nuevas generaciones para utilizar dispositivos o dominar determinadas aplicaciones. También es necesario ayudarles a comprender el impacto de la tecnología, participar en las decisiones colectivas y desarrollar una mirada crítica sobre el mundo digital.

Desde esta perspectiva, la educación tecnológica debe incluir cuestiones como la privacidad, la atención, la convivencia, la salud mental y la responsabilidad. Preparar a los ciudadanos para 2040 significa proporcionarles herramientas para adaptarse, pero también para decidir qué cambios quieren aceptar.

La orientación educativa puede aportar una visión especialmente valiosa porque conecta las grandes transformaciones sociales con las decisiones concretas de cada persona. El futuro de Donostia no dependerá únicamente de sus infraestructuras, sino también de las oportunidades que ofrezca para aprender, trabajar, cuidar y desarrollar proyectos vitales.

Una innovación al servicio de la vida cotidiana

El reto, por tanto, no consiste en frenar la innovación, sino en situarla dentro de un proyecto colectivo. La tecnología puede mejorar la movilidad, facilitar el acceso a los servicios públicos y apoyar nuevas formas de participación, siempre que se diseñe con objetivos claros y con la ciudadanía como referencia.

Mirar a Donostia en 2040 exige ampliar el foco. La ciudad del futuro no debería definirse solo por su capacidad productiva ni por el número de soluciones inteligentes que incorpore, sino por la calidad de vida que sea capaz de ofrecer.

La cuestión decisiva será elegir qué lugar ocupa la tecnología en esa visión. No como fin en sí misma, sino como una herramienta para construir una ciudad más humana, más inclusiva y más consciente de la forma en que sus habitantes quieren vivir.

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