El Papa de las grandezas en el templo de la pequeñez
Se hizo el milagro en el Congreso. Eran las once y media de la mañana. Un largo, interminable aplauso, al Papa ha puesto en valor su profundo discurso, histórico mensaje, densamente trufado de principios morales, esos que —defendió— son previos a las leyes, esos que identifican qué es lo bueno y qué no, es decir, que nos devuelve a lo básico, a lo fundamental. Cinco folios leídos con un español paladeado al otro lado de nuestros mares, en los que el Obispo de Roma no ha ahorrado verdades incómodas para algunos de los parlamentarios presentes. Quizá por eso ni Rufián ni Aizpurúa, que segregan odio hacia los adversarios, se han levantado para aplaudirle. Demasiado alto el mensaje para que ellos lo alcanzaran. Lo mismo que le ha ocurrido a la representante de Puigdemont, Miriam Nogueras, que ha protagonizado otra más de las bajuras habituales en esa Cámara cuando, aprovechando el acceso al Papa que tuvo como miembro de la Junta de Portavoces, le recordó que ella forma parte de una nación catalana, como Gaudí, cuya obra maestra, la Sagrada Familia, visitará Prevost en Barcelona.



