Las enfermedades vasculares causan 113.000 muertes al año en España
Las enfermedades vasculares siguen siendo una de las principales amenazas para la salud pública en España. Cada año provocan alrededor de 113.000 fallecimientos y están detrás de aproximadamente una cuarta parte de todas las muertes registradas en el país. A pesar de su impacto, muchas de estas patologías evolucionan durante años sin síntomas claros, lo que dificulta su detección y retrasa el tratamiento.
Ante esta situación, la Alianza Estratégica para la Salud Vascular plantea la necesidad de abordar estas enfermedades de forma coordinada. El objetivo es reforzar la prevención, mejorar el diagnóstico precoz y garantizar una atención integral a las personas con riesgo cardiovascular y vascular.
Un problema que afecta a todo el organismo
Las enfermedades vasculares no constituyen un único trastorno. Incluyen las afecciones que dañan las arterias y las venas o dificultan la circulación de la sangre. Entre ellas se encuentran el infarto de miocardio, el ictus, la enfermedad arterial periférica, los aneurismas y diversas complicaciones relacionadas con la diabetes.
Aunque pueden manifestarse en órganos diferentes, muchas comparten mecanismos y factores de riesgo. La acumulación de placas de grasa en las arterias, conocida como aterosclerosis, puede reducir o bloquear el flujo sanguíneo. Cuando afecta al corazón puede causar un infarto; si compromete la circulación cerebral, puede desencadenar un ictus.
La enfermedad arterial periférica, por su parte, suele afectar a las piernas. Puede provocar dolor al caminar, sensación de frío, cambios de coloración o heridas que tardan en cicatrizar. En algunos casos, sin embargo, permanece prácticamente asintomática hasta fases avanzadas.
La prevención empieza antes de los síntomas
Uno de los principales retos es que las enfermedades vasculares pueden avanzar de forma silenciosa. La ausencia de dolor o de molestias evidentes no significa que los vasos sanguíneos estén sanos. Por ello, los controles médicos periódicos resultan especialmente importantes en personas con antecedentes familiares o con varios factores de riesgo.
La hipertensión arterial, el colesterol elevado, la diabetes y el tabaquismo se encuentran entre los principales elementos asociados a estas patologías. También influyen el sedentarismo, el exceso de peso, una alimentación poco equilibrada, el consumo de alcohol y el estrés mantenido.
Medidas como dejar de fumar, mantener una actividad física regular, seguir una dieta basada en verduras, frutas, legumbres y cereales integrales, y controlar el peso pueden reducir el riesgo. También es fundamental cumplir los tratamientos prescritos y no abandonar la medicación sin consultar previamente con un profesional sanitario.
Un abordaje coordinado para mejorar la atención
La estrategia de salud vascular propone superar una atención fragmentada. En la práctica, una misma persona puede presentar hipertensión, diabetes, enfermedad renal o antecedentes cardiovasculares. Atender cada problema por separado puede dificultar una visión global de su estado de salud y de su riesgo futuro.
La coordinación entre atención primaria, cardiología, neurología, cirugía vascular, enfermería, farmacia y otros profesionales permite detectar antes las señales de alarma y ajustar mejor las intervenciones. Este enfoque también puede favorecer un seguimiento más continuo y evitar duplicidades en las pruebas o en los tratamientos.
La prevención debe comenzar en los centros de salud, con la identificación de las personas con mayor riesgo. La toma de la presión arterial, los análisis de glucosa y colesterol y la evaluación de los hábitos de vida son herramientas sencillas que ayudan a intervenir antes de que aparezca una complicación grave.
Reconocer las señales de alarma
La rapidez de actuación es determinante cuando se produce un infarto o un ictus. En el caso del ictus, algunos signos frecuentes son la pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en un lado del cuerpo, la dificultad para hablar o entender, la desviación de la boca, la alteración brusca de la visión o un dolor de cabeza intenso e inesperado.
Ante estos síntomas es necesario llamar inmediatamente al 112, aunque desaparezcan al cabo de unos minutos. Una atención temprana puede limitar las secuelas y aumentar las posibilidades de recuperación.
El infarto también requiere una respuesta urgente. El dolor o la presión persistente en el pecho, la falta de aire, la sudoración fría, las náuseas o un malestar que se extiende al brazo, la espalda, el cuello o la mandíbula deben considerarse señales de alarma. En mujeres, personas mayores y pacientes con diabetes, los síntomas pueden ser menos evidentes.
Más información y corresponsabilidad
Reducir el impacto de las enfermedades vasculares exige la participación conjunta de las instituciones, los profesionales sanitarios y la ciudadanía. La información clara ayuda a reconocer los riesgos, facilita la adherencia a los tratamientos y evita normalizar síntomas que deberían ser valorados.
La cifra de 113.000 muertes anuales refleja la magnitud del problema, pero también la oportunidad de actuar. Una prevención más intensa, un diagnóstico precoz y una atención coordinada pueden contribuir a evitar complicaciones y a mejorar la calidad de vida de miles de personas en España.



