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Educación Óscar Páramos: poner límites a las pantallas es resistir

Óscar Páramos: poner límites a las pantallas es resistir

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Óscar Páramos, psicólogo: Las familias que ponen límites al uso de la tecnología son la resistencia

Acompañar a niños y adolescentes en el entorno digital se ha convertido en uno de los grandes retos de la crianza. La tecnología forma parte de sus relaciones, del ocio y, cada vez más, de la vida escolar. Ante esta realidad, las familias buscan un equilibrio entre protegerles, respetar su autonomía y evitar que las pantallas ocupen todo el espacio cotidiano.

Para el psicólogo Óscar Páramos, la respuesta no pasa por demonizar los dispositivos, sino por establecer criterios claros. En este contexto, considera que las familias que ponen límites al uso de la tecnología representan una forma de resistencia frente a un entorno diseñado para captar la atención de manera constante.

Educar también significa acompañar en internet

La crianza digital no debería comenzar cuando aparece un problema. Las conversaciones sobre redes sociales, videojuegos, privacidad o inteligencia artificial deben formar parte de la educación diaria, igual que se habla de las amistades, los estudios o la seguridad fuera de casa.

El acompañamiento resulta especialmente importante porque los menores no siempre cuentan con las herramientas necesarias para interpretar lo que ven en internet. Un vídeo viral, un comentario hiriente o una petición de contacto pueden tener consecuencias que no saben identificar por sí mismos.

Por eso, más que limitarse a revisar dispositivos, los adultos deben interesarse por las experiencias digitales de sus hijos. Preguntar qué aplicaciones utilizan, con quién juegan o qué contenidos les llaman la atención permite detectar dificultades y construir confianza.

Los límites no son un castigo

Establecer normas sobre el uso del móvil, la tableta o la consola no implica rechazar la tecnología. Los límites ayudan a ordenar el día, proteger el descanso y reservar tiempo para otras actividades esenciales, como el juego sin pantallas, la conversación familiar, el deporte o la lectura.

Para que funcionen, esas reglas deben ser concretas, previsibles y coherentes. No basta con decir que hay que utilizar menos el teléfono. Es más útil acordar cuándo se puede usar, dónde se deja durante la noche y qué espacios de la casa quedan libres de dispositivos.

  • Fijar horarios razonables y adaptados a la edad.
  • Evitar los dispositivos durante las comidas y antes de dormir.
  • Revisar periódicamente las normas a medida que crecen.
  • Explicar el motivo de cada límite, en lugar de imponerlo sin diálogo.
  • Aplicar las mismas pautas a todos los miembros de la familia cuando sea posible.

La coherencia de los adultos resulta determinante. Es difícil pedir a un adolescente que deje el móvil mientras se cena si sus padres consultan continuamente mensajes o correos. El ejemplo no resuelve todos los conflictos, pero transmite que la tecnología debe estar al servicio de la vida y no al revés.

Más conversación y menos vigilancia

El control permanente puede ofrecer una sensación de seguridad inmediata, pero también puede deteriorar la relación familiar. La supervisión debe evolucionar con la edad y combinarse con educación para que los menores aprendan a tomar decisiones responsables.

En lugar de convertir cada conversación en un interrogatorio, los adultos pueden aprovechar situaciones cotidianas para hablar de los riesgos digitales. Una noticia sobre una estafa, una discusión en un videojuego o una publicación en redes son oportunidades para reflexionar sobre la privacidad, la presión del grupo y la huella digital.

La confianza no significa ausencia de normas. Significa que los niños y adolescentes saben que pueden pedir ayuda cuando algo les incomoda, les asusta o se les escapa de las manos. Para ello, necesitan encontrar una respuesta adulta que priorice la escucha antes que el castigo.

El reto de recuperar el tiempo y la atención

Uno de los problemas más habituales no es únicamente cuánto tiempo se pasa ante una pantalla, sino cómo afecta ese uso a la atención y a la convivencia. Las notificaciones, la reproducción automática y el desplazamiento infinito dificultan que los jóvenes decidan cuándo parar.

En este escenario, las familias pueden crear rutinas que no dependan de la fuerza de voluntad. Dejar los dispositivos fuera del dormitorio, desactivar avisos innecesarios y pactar momentos sin conexión son medidas sencillas que reducen las discusiones y facilitan el descanso.

También conviene ofrecer alternativas atractivas. Poner límites resulta más fácil cuando el tiempo que queda libre se llena con planes compartidos, actividades al aire libre, deporte, música o encuentros con amigos. La prohibición aislada suele generar más conflicto que un cambio de hábitos acompañado.

Una responsabilidad compartida

La educación digital no puede recaer exclusivamente en las familias. El colegio, las plataformas tecnológicas y las administraciones también tienen un papel relevante a la hora de promover entornos seguros y un uso responsable de internet.

Aun así, el hogar sigue siendo el primer espacio donde se aprenden los límites, el respeto y la capacidad de pedir ayuda. En una sociedad cada vez más conectada, acompañar a la rapazada implica estar presentes también en su vida digital, con normas firmes, diálogo y un ejemplo coherente.

La resistencia de la que habla Páramos no consiste en apartarse del progreso. Consiste en defender que la tecnología no marque por completo los ritmos familiares. Poner límites es, en último término, recuperar la capacidad de decidir cómo, cuándo y para qué se utilizan las pantallas.

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