Semíramis González alerta del riesgo de delegar demasiado pronto decisiones en la inteligencia artificial
La expansión de la inteligencia artificial está modificando la forma en la que trabajamos, nos informamos y tomamos decisiones. Para Semíramis González, directora gerente de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, uno de los principales riesgos se encuentra en la rapidez con la que la sociedad ha asumido que determinadas elecciones pueden quedar en manos de sistemas tecnológicos.
La reflexión no se limita al funcionamiento de las herramientas de inteligencia artificial. También pone el foco en sus consecuencias sociales, culturales y políticas: quién diseña estos sistemas, con qué datos se entrenan, qué criterios aplican y quién responde cuando sus resultados provocan un perjuicio.
La tecnología no es neutral
La inteligencia artificial suele presentarse como una tecnología objetiva, capaz de analizar grandes cantidades de información y ofrecer respuestas rápidas. Sin embargo, sus resultados dependen de los datos utilizados, de los objetivos establecidos y de las decisiones tomadas durante su desarrollo.
Esto significa que los sistemas pueden reproducir desigualdades ya existentes o introducir nuevos sesgos. Un algoritmo utilizado para seleccionar candidaturas laborales, conceder ayudas o detectar posibles fraudes no solo procesa información: también influye en la vida de las personas y puede condicionar sus oportunidades.
Desde esta perspectiva, delegar una decisión en una máquina no elimina la responsabilidad humana. La desplaza hacia quienes diseñan, implantan y supervisan la herramienta, aunque esa responsabilidad no siempre resulte visible para la ciudadanía.
La velocidad de adopción, un desafío democrático
La popularización de la inteligencia artificial generativa ha acelerado todavía más este proceso. En pocos meses, aplicaciones capaces de redactar textos, crear imágenes, resumir documentos o generar código han pasado de ser productos experimentales a incorporarse a la actividad cotidiana de empresas, centros educativos y administraciones.
Esta adopción rápida no siempre ha ido acompañada de una reflexión proporcional sobre sus límites. La comodidad y la eficiencia pueden favorecer que las personas acepten una recomendación automática sin comprobar cómo se ha obtenido o qué información ha quedado fuera del análisis.
El problema no reside únicamente en que una herramienta pueda equivocarse. También en que el usuario deje de formular preguntas, contrastar datos o asumir el esfuerzo necesario para construir un criterio propio. Cuando la respuesta automática se convierte en la primera y última opción, la tecnología deja de ser un apoyo y empieza a sustituir la capacidad de deliberación.
El papel de la cultura y el arte tecnológico
Centros como LABoral desempeñan un papel relevante en este debate al abordar la relación entre tecnología, sociedad y creación contemporánea. El arte permite observar los sistemas digitales desde una perspectiva crítica y hacer visibles procesos que normalmente permanecen ocultos para el público.
Una instalación, una obra audiovisual o un proyecto basado en datos pueden mostrar cómo se construye una identidad digital, qué huella dejan las decisiones automatizadas o de qué manera se transforma la percepción del cuerpo, el trabajo y el espacio público.
El objetivo no es rechazar la innovación, sino generar herramientas para comprenderla. La creación artística puede abrir conversaciones que no siempre encuentran espacio en los debates empresariales o institucionales y plantear preguntas sobre el tipo de sociedad que se está construyendo.
Más transparencia y capacidad de decisión
La expansión de la inteligencia artificial exige reforzar la transparencia y la supervisión humana, especialmente en los ámbitos con mayor impacto social. Las personas deberían saber cuándo interviene un sistema automatizado, qué finalidad tiene y qué opciones existen para revisar una decisión.
También resulta necesario mejorar la alfabetización digital. No basta con aprender a utilizar una aplicación: es importante entender sus limitaciones, identificar posibles errores y conocer los riesgos relacionados con la privacidad, la discriminación y la concentración de poder tecnológico.
- Comprender los sistemas: conocer qué datos utilizan y qué tipo de resultados pueden ofrecer.
- Conservar la supervisión humana: evitar que las decisiones relevantes queden completamente automatizadas.
- Exigir responsabilidades: determinar quién responde ante un error o una vulneración de derechos.
- Fomentar el pensamiento crítico: contrastar las respuestas de la inteligencia artificial antes de aceptarlas.
Una cuestión de responsabilidad colectiva
La advertencia de Semíramis González sitúa el debate en un terreno que va más allá de las prestaciones técnicas de la inteligencia artificial. La cuestión central no es solo qué pueden hacer estas herramientas, sino qué decisiones estamos dispuestos a entregarles y cuáles deben seguir dependiendo de las personas.
La innovación puede mejorar numerosos procesos, pero no debería utilizarse como argumento para reducir la autonomía individual o evitar responsabilidades. Mantener una relación consciente con la tecnología implica utilizarla sin renunciar a la duda, la supervisión y el criterio propio.
En un momento de rápida transformación digital, esa capacidad de decidir cuándo automatizar y cuándo intervenir puede convertirse en una de las principales garantías para que la inteligencia artificial contribuya al bienestar colectivo en lugar de limitarlo.



