Siete de cada diez menores pasan más de dos horas al día frente a una pantalla
El uso de dispositivos digitales forma parte de la rutina de la mayoría de los niños y adolescentes, pero el tiempo de exposición sigue siendo una preocupación para las familias. Siete de cada diez menores pasan más de dos horas al día frente a una pantalla, una cifra que refleja la normalización de móviles, tabletas, ordenadores, televisores y consolas desde edades cada vez más tempranas.
La tecnología se ha convertido en una herramienta habitual para entretenerse, comunicarse, hacer los deberes o acceder a contenidos educativos. Sin embargo, el debate no se centra únicamente en cuántas horas pasan los menores conectados, sino también en cómo, para qué y bajo qué supervisión utilizan los dispositivos.
La edad de acceso se adelanta
Muchos niños entran en contacto con las pantallas durante los primeros años de vida. En numerosos hogares, el móvil o la tableta se utilizan para mantenerles entretenidos, facilitar las comidas o ayudarles a calmarse en momentos de cansancio. Esta práctica, puntual al principio, puede convertirse con el tiempo en un recurso cotidiano difícil de limitar.
La disponibilidad inmediata de vídeos, juegos y aplicaciones favorece un consumo continuado. Además, los contenidos digitales están diseñados para captar la atención durante largos periodos, con reproducciones automáticas, notificaciones y sistemas de recompensa que animan a seguir utilizando el dispositivo.
Los especialistas suelen insistir en que no existe una única regla válida para todos los menores. La edad, el tipo de contenido, el momento del día y el impacto sobre el sueño, la actividad física, los estudios y las relaciones familiares son factores determinantes para valorar si el uso es adecuado.
La brecha social también influye en el consumo digital
El acceso y la dependencia de la tecnología no se distribuyen de la misma manera entre todas las familias. Los hogares con menores niveles de estudios universitarios y rentas más bajas tienden a recurrir más a los dispositivos como apoyo en la crianza y el entretenimiento infantil que aquellos con un nivel sociocultural más elevado.
Esta diferencia no debe interpretarse como una falta de interés o de responsabilidad por parte de las familias. En muchos casos, responde a las condiciones materiales del hogar: jornadas laborales extensas, menos posibilidades de contratar actividades extraescolares, viviendas con menos espacio o dificultades para acceder a recursos de ocio alternativos.
La tecnología puede actuar así como una solución rápida y accesible para organizar el día a día. Una tableta o un teléfono permiten mantener ocupado al menor sin coste adicional, mientras los adultos atienden sus obligaciones. El problema aparece cuando esa ayuda puntual se convierte en la principal forma de entretenimiento o en un sustituto de la atención y el acompañamiento.
Más allá del número de horas
Superar las dos horas diarias no implica necesariamente que todos los menores tengan el mismo nivel de riesgo. No es igual emplear ese tiempo en una actividad escolar, una videollamada con familiares o un juego compartido que consumir contenidos de forma pasiva y sin límites claros.
También conviene observar las señales que acompañan al uso de pantallas. Irritabilidad al apagar el dispositivo, dificultades para conciliar el sueño, abandono de actividades físicas, pérdida de interés por otros juegos o problemas de concentración pueden indicar que es necesario revisar las rutinas digitales.
El descanso es uno de los ámbitos más afectados cuando los dispositivos se utilizan hasta última hora. La exposición a contenidos estimulantes y la costumbre de dormir con el móvil cerca pueden retrasar la hora de acostarse y dificultar una desconexión real. Por ello, establecer un periodo sin pantallas antes de dormir es una de las medidas más sencillas para mejorar los hábitos.
Claves para un uso más saludable
La responsabilidad no puede recaer únicamente en los niños. Los adultos deben participar en la creación de normas claras y coherentes, adaptadas a la edad y a las necesidades de cada menor. También es importante que madres, padres y cuidadores revisen sus propios hábitos, ya que el ejemplo familiar tiene un peso decisivo.
- Definir momentos y espacios de la casa libres de pantallas, como la mesa o el dormitorio.
- Priorizar contenidos adecuados para la edad y evitar el acceso sin supervisión a plataformas abiertas.
- Utilizar controles parentales y configurar límites de tiempo cuando sea necesario.
- Alternar el ocio digital con juego físico, lectura, descanso y actividades compartidas.
- Explicar las normas y aplicar los límites de forma progresiva, evitando que el dispositivo se convierta en un premio constante.
Reducir la exposición requiere tiempo y alternativas reales. No basta con retirar el móvil si el menor no dispone de otros espacios de ocio o si la familia carece de apoyos para organizar las tardes. Por eso, cualquier estrategia debe tener en cuenta la situación económica y social de cada hogar.
El reto consiste en que la tecnología sea una herramienta útil, y no la respuesta automática ante el aburrimiento, el cansancio o las dificultades de conciliación. A medida que el acceso a los dispositivos se adelanta, resulta fundamental acompañar a los menores para que aprendan a utilizarlos con criterio, límites y equilibrio.



