
La otra cara de un terremoto: infecciones, falta de medicamentos y deterioro de la salud mental
Un terremoto no termina cuando cesan los temblores. Aunque la atención inicial se centra en rescatar a las personas heridas y garantizar su seguridad, las consecuencias sanitarias pueden prolongarse durante semanas o incluso meses. La destrucción de viviendas, centros de salud, redes de agua y sistemas de saneamiento crea un escenario en el que aumentan los riesgos de enfermedad y se interrumpen tratamientos esenciales.
La emergencia sanitaria posterior a un seísmo no siempre es visible. Junto a las lesiones provocadas por los derrumbes aparecen problemas relacionados con la falta de higiene, la escasez de alimentos y medicamentos, la exposición al frío o al calor y el impacto psicológico de haber vivido una situación potencialmente mortal.
El riesgo de infecciones aumenta tras los daños en las infraestructuras
Uno de los principales desafíos es mantener unas condiciones adecuadas de agua, alimentación y saneamiento. Cuando las conducciones resultan dañadas o se mezclan aguas residuales con fuentes de consumo, aumenta la posibilidad de transmisión de microorganismos causantes de diarreas y otras enfermedades infecciosas.
Los refugios temporales y los espacios habilitados para acoger a la población afectada también pueden favorecer la propagación de infecciones respiratorias. La concentración de muchas personas en lugares cerrados, con poca ventilación y dificultades para mantener la higiene, facilita la transmisión de virus y bacterias.
Las heridas abiertas constituyen otro foco de preocupación. Cortes, quemaduras y lesiones por aplastamiento pueden infectarse si no se limpian y tratan correctamente. Por ello, la asistencia sanitaria debe incluir la evaluación de las heridas, la prevención del tétanos cuando proceda y la vigilancia de signos como fiebre, inflamación, dolor creciente o secreción.
La interrupción de tratamientos puede agravar enfermedades crónicas
El colapso o el cierre temporal de centros médicos dificulta el seguimiento de las personas con diabetes, enfermedades cardiovasculares, asma, insuficiencia renal o patologías que requieren medicación diaria. Perder las recetas, no disponer de transporte o no poder conservar los fármacos en condiciones adecuadas puede provocar descompensaciones.
También pueden verse afectados los tratamientos de salud mental, los anticonceptivos, la medicación para la epilepsia y otros fármacos que no deben interrumpirse de forma brusca. La identificación temprana de estos pacientes es una prioridad para los equipos de emergencia, que deben facilitar la continuidad asistencial y evitar duplicidades o errores en la medicación.
Las personas mayores, quienes viven solas, los menores, las embarazadas y los pacientes con discapacidad pueden encontrar obstáculos añadidos para acceder a consultas, alimentos, agua potable o tratamientos. La respuesta debe tener en cuenta estas necesidades específicas y no limitarse a la atención de las lesiones más evidentes.
La salud mental también necesita atención desde el primer momento
El miedo, la incertidumbre y la pérdida de familiares, amigos o vivienda pueden desencadenar reacciones de estrés intenso. Durante los primeros días son frecuentes el insomnio, la ansiedad, la irritabilidad, la dificultad para concentrarse o la sensación de estar en alerta constante.
Estas respuestas no significan necesariamente que exista un trastorno psicológico, pero sí requieren escucha, información clara y un entorno seguro. Saber dónde dormir, cómo localizar a los familiares y qué recursos están disponibles puede reducir parte de la angustia.
En algunos casos, los síntomas persisten y evolucionan hacia depresión, trastorno de estrés postraumático o consumo problemático de alcohol y otras sustancias. Los menores pueden expresar el malestar mediante cambios de conducta, regresiones, problemas escolares o miedo a separarse de sus cuidadores. La atención psicológica debe integrarse en la respuesta sanitaria y mantenerse cuando disminuye la cobertura informativa de la emergencia.
Vigilancia epidemiológica y prevención durante la recuperación
Tras un terremoto es fundamental reforzar la vigilancia epidemiológica. Los servicios sanitarios deben detectar con rapidez un posible aumento de diarreas, infecciones respiratorias, enfermedades transmitidas por alimentos o problemas derivados de la contaminación del agua.
La población puede contribuir adoptando medidas sencillas:
- Consumir únicamente agua considerada segura por las autoridades.
- Lavarse las manos cuando sea posible, especialmente antes de comer y después de usar el baño.
- No manipular alimentos que hayan estado en contacto con agua contaminada o hayan perdido la cadena de frío.
- Consultar ante heridas profundas, mordeduras, fiebre o dificultad para respirar.
- Informar a los equipos de emergencia sobre tratamientos habituales y necesidades médicas.
- Buscar ayuda profesional si la ansiedad, el insomnio o la tristeza intensa se mantienen.
Una emergencia que exige planificación a largo plazo
La recuperación sanitaria no se completa con la reapertura de un ambulatorio o la retirada de los escombros. Es necesario restablecer los programas de vacunación, garantizar el suministro de medicamentos, recuperar el seguimiento de las enfermedades crónicas y mantener el apoyo psicológico a las personas afectadas.
La coordinación entre administraciones, servicios sanitarios, organizaciones sociales y comunidad resulta clave para reducir los daños. También lo es ofrecer mensajes fiables y actualizados, ya que los rumores pueden aumentar el miedo y dificultar la adopción de medidas de protección.
Un terremoto deja una huella que va más allá de los daños materiales. La prevención de infecciones, la continuidad de los tratamientos y la atención a la salud mental deben formar parte de la respuesta desde las primeras horas y mantenerse durante toda la reconstrucción.



