Los migrantes no traen enfermedades: las condiciones de llegada y acogida condicionan su salud
La presidenta de los epidemiólogos, María João Forjaz, ha rechazado la idea de que las personas migrantes sean una amenaza sanitaria por el hecho de llegar a España. En el contexto de la crisis de Ceuta, ha definido la situación como una crisis humanitaria y ha subrayado que los principales problemas de salud que presentan al llegar están relacionados con el viaje y con las condiciones en las que se encuentran.
Deshidratación, malnutrición, heridas y alteraciones de la salud mental son algunas de las afecciones más frecuentes descritas en estas circunstancias. Según Forjaz, ninguna de ellas es contagiosa. El mensaje coincide con una premisa básica de la epidemiología: una persona no transmite una enfermedad por su nacionalidad, su procedencia o su situación administrativa.
El impacto físico de un viaje en condiciones extremas
Las rutas migratorias pueden implicar largos desplazamientos, falta de agua y alimentos, exposición a temperaturas extremas y ausencia de atención médica. Cuando las personas llegan tras recorrer estos trayectos, es habitual que necesiten una valoración sanitaria centrada, en primer lugar, en sus necesidades inmediatas.
La deshidratación puede provocar debilidad intensa, mareos, alteraciones de la conciencia y complicaciones renales si no se corrige. La malnutrición, por su parte, reduce la capacidad del organismo para afrontar infecciones, favorece la pérdida de masa muscular y puede agravar enfermedades previas que no habían sido diagnosticadas.
También pueden aparecer lesiones derivadas de caídas, golpes, condiciones de hacinamiento o desplazamientos prolongados. Estas heridas requieren limpieza, vigilancia y, cuando procede, vacunación y tratamiento para evitar complicaciones. La atención debe adaptarse a cada persona, especialmente cuando hay menores, embarazadas, personas mayores o pacientes con patologías crónicas.
La salud mental, una consecuencia menos visible
Forjaz ha puesto asimismo el foco en el estrés postraumático y en el sufrimiento psicológico que pueden acompañar a los procesos migratorios. La exposición a violencia, persecución, pérdidas familiares, abusos o incertidumbre puede dejar efectos duraderos, incluso después de alcanzar un lugar seguro.
Ansiedad, insomnio, miedo persistente, tristeza profunda o dificultad para concentrarse son algunas de las señales que pueden indicar que una persona necesita apoyo psicológico. Estos problemas no son contagiosos, pero sí pueden agravarse cuando se mantienen la inseguridad, el aislamiento y la falta de acceso a recursos básicos.
La asistencia sanitaria no debería limitarse a tratar las lesiones visibles. La detección temprana de problemas de salud mental y la posibilidad de recibir atención profesional forman parte de una respuesta integral, especialmente en situaciones de emergencia humanitaria.
La prevención no consiste en señalar a un colectivo
Desde el punto de vista de la salud pública, la prevención se basa en la vigilancia epidemiológica, la vacunación, el diagnóstico y el tratamiento. Estas herramientas deben aplicarse sin estigmatizar a quienes llegan al territorio, ya que asociar migración y enfermedad puede dificultar que las personas soliciten ayuda médica.
La mayoría de las enfermedades infecciosas no se explican por el origen de una persona, sino por factores como la exposición, las condiciones de alojamiento, el acceso al agua potable, la alimentación, la vacunación y la disponibilidad de asistencia sanitaria. La precariedad y el hacinamiento pueden aumentar determinados riesgos para cualquier población, con independencia de su nacionalidad.
Por este motivo, los expertos suelen insistir en que la respuesta más eficaz combina atención médica, alojamiento adecuado, higiene, alimentación suficiente y seguimiento sanitario. Estas medidas protegen tanto a las personas migrantes como al conjunto de la población.
El riesgo de la estigmatización
Presentar a los migrantes como portadores de enfermedades puede alimentar el rechazo social y desviar la atención de las causas reales de sus problemas de salud. Además, puede generar una falsa sensación de seguridad: las enfermedades infecciosas no desaparecen cuando se atribuyen a un grupo concreto.
La presidenta de los epidemiólogos defiende así una mirada basada en la evidencia y en los derechos humanos. Las personas que llegan tras un trayecto peligroso necesitan evaluación, cuidados y protección, no sospechas generalizadas.
La situación de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de reforzar los dispositivos de acogida y la coordinación entre los servicios sanitarios y sociales. Atender la deshidratación, la malnutrición, las heridas y el trauma psicológico permite responder a la emergencia inmediata y reducir complicaciones posteriores.
El enfoque sanitario, concluye Forjaz, debe centrarse en las condiciones que determinan la salud. No son los migrantes quienes traen enfermedades por el hecho de serlo: con frecuencia, llegan enfermos o debilitados después de haber estado expuestos a circunstancias que ningún sistema de protección debería normalizar.



