Uno de cada cinco menores sufrió abuso sexual facilitado por la tecnología en solo un año
Alrededor de 20 millones de niños y niñas de entre 12 y 17 años sufrieron al menos una forma de explotación o abuso sexual facilitado por la tecnología durante un solo año en 21 países. La cifra equivale a casi uno de cada cinco menores de ese grupo de edad, según un nuevo informe de UNICEF.
El dato pone el foco en una amenaza que se desarrolla en redes sociales, aplicaciones de mensajería, plataformas de vídeo, videojuegos y otros servicios digitales utilizados a diario por los adolescentes. El entorno online facilita el contacto entre menores y adultos, pero también la captación, la manipulación y la difusión de contenidos sexuales sin consentimiento.
Una violencia que también ocurre detrás de una pantalla
La explotación y el abuso sexual facilitados por la tecnología abarcan comportamientos muy diversos. Entre ellos se incluyen las peticiones de imágenes íntimas, la presión para mantener conversaciones sexuales, el envío de contenido explícito no solicitado y la difusión de fotografías o vídeos sin autorización.
También pueden producirse situaciones de chantaje, amenazas y acoso después de que un menor haya compartido una imagen o haya sido grabado. En algunos casos, los agresores utilizan identidades falsas para ganarse la confianza de sus víctimas y trasladar posteriormente la relación a encuentros presenciales.
La dimensión digital agrava el impacto. Una imagen puede copiarse y redistribuirse en cuestión de segundos, permanecer durante años en internet y llegar a personas desconocidas. Para la víctima, esto puede traducirse en miedo, aislamiento, problemas de autoestima y dificultades en el entorno familiar o escolar.
Millones de casos que siguen ocultos
El cálculo de 20 millones de menores afectados representa una estimación para los países analizados y para un periodo de doce meses. No significa que todos los casos hayan sido denunciados ni que las autoridades conozcan su alcance real.
La infradetección continúa siendo uno de los principales obstáculos. Muchos niños y adolescentes no cuentan lo ocurrido por vergüenza, temor a ser castigados o miedo a que el agresor cumpla sus amenazas. Otros no identifican determinadas conductas como abuso, especialmente cuando el contacto comienza con una relación de confianza o amistad.
Además, la rapidez con la que aparecen nuevas plataformas y herramientas dificulta la recogida de datos. Los servicios digitales pueden cambiar sus funciones, sistemas de privacidad y métodos de contacto en poco tiempo, mientras que las respuestas legales y educativas avanzan con mayor lentitud.
La tecnología no es el problema por sí sola
El informe no plantea eliminar el acceso de los menores a internet, una herramienta esencial para aprender, comunicarse y participar en la sociedad. El reto consiste en conseguir que los servicios digitales sean seguros desde su diseño y que incorporen mecanismos eficaces para prevenir y detectar abusos.
Entre las medidas más importantes se encuentran la verificación de edad adaptada a la privacidad, los sistemas sencillos para denunciar contenidos, la retirada rápida de material ilegal y la conservación de pruebas para facilitar las investigaciones. También resulta clave que las plataformas actúen antes de que el daño se extienda, no solo después de recibir una denuncia.
La inteligencia artificial añade nuevas dificultades. Las herramientas capaces de generar o manipular imágenes pueden utilizarse para crear contenido sexual falso con el rostro de un menor, incluso aunque nunca haya posado ni participado en una grabación. Este tipo de prácticas puede causar daños graves y requiere respuestas legales y técnicas específicas.
Familias, centros educativos y plataformas
La prevención no puede recaer únicamente en las familias. Madres, padres y tutores necesitan orientación clara para hablar con los menores sobre privacidad, consentimiento, contactos desconocidos y comportamientos de riesgo sin convertir la conversación en una amenaza o un castigo.
Los centros educativos también desempeñan un papel esencial. La educación digital debe incluir cómo reconocer la manipulación, qué hacer ante una petición sexual, cómo bloquear y denunciar a un usuario y por qué nunca se debe reenviar material íntimo de otra persona.
Si un menor comunica una situación de abuso, los expertos recomiendan escucharle sin culpabilizarle, conservar las pruebas disponibles y pedir ayuda a los servicios especializados o a las autoridades. Borrar mensajes o imágenes puede dificultar la investigación, aunque la prioridad debe ser siempre proteger al niño o adolescente.
Una responsabilidad compartida
La cifra evidencia que la explotación y el abuso sexual online no son fenómenos aislados ni marginales. Afectan a una parte significativa de la población adolescente y pueden producirse en espacios digitales aparentemente cotidianos.
La protección de la infancia exige combinar prevención, apoyo psicológico, investigación policial y responsabilidad empresarial. Las plataformas deben ofrecer entornos más seguros, los gobiernos tienen que reforzar las normas y los adultos deben proporcionar acompañamiento y canales de ayuda accesibles.
Garantizar una experiencia digital segura para los menores no pasa por limitar sus oportunidades, sino por asegurar que puedan utilizar la tecnología sin quedar expuestos a abusos, chantajes o explotación. Los 20 millones de casos estimados muestran la urgencia de convertir esa protección en una prioridad.



