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Los agentes de IA no duermen: la nueva carrera tecnológica está rompiendo los horarios de sus creadores

Los agentes de inteligencia artificial pueden trabajar durante días sin descanso, pero necesitan que una persona supervise determinadas decisiones. En muchas startups, esta combinación está provocando una cultura de disponibilidad permanente que mantiene a sus fundadores conectados de madrugada, pendientes de una notificación o de una autorización.

El fenómeno se ha intensificado durante 2026, el año en el que los agentes de IA han pasado de ser una tecnología experimental a incorporarse a buena parte de los procesos empresariales. Tras el éxito viral de herramientas como OpenClaw, numerosas compañías han desplegado sistemas capaces de ejecutar tareas, coordinar aplicaciones y avanzar por flujos de trabajo complejos.

La promesa es clara: empresas que funcionan más deprisa y con menos intervención humana. El problema es que esa automatización no siempre es completa. Cuando el sistema llega a un paso sensible o necesita confirmar una acción, se detiene y espera una respuesta. Al otro lado, alguien debe estar disponible para pulsar el botón.

El agente trabaja de noche, pero la responsabilidad sigue siendo humana

Un agente de IA no es simplemente un chatbot que responde preguntas. Se trata de un programa que recibe un objetivo, divide el trabajo en diferentes pasos y utiliza herramientas digitales para ejecutarlos. Puede consultar bases de datos, escribir código, analizar documentos o lanzar procesos en otros servicios.

Sin embargo, su autonomía tiene límites. Las empresas suelen exigir una validación humana antes de enviar un correo, modificar información financiera, publicar contenido o realizar una operación irreversible. Esta medida reduce los riesgos, pero también convierte a los responsables en una especie de guardia permanente.

Aditya Sharma, cofundador de la startup Keel, explica que algunos días termina acostándose a las seis de la mañana después de atender las solicitudes de sus agentes. Su preocupación no es únicamente que el sistema cometa un error, sino que permanezca bloqueado durante horas mientras espera su aprobación.

El razonamiento es sencillo: si un agente puede completar en minutos una tarea que antes requería varias horas, dejarlo parado durante una noche parece un coste difícil de asumir. La consecuencia es una vigilancia continua que altera los ciclos de sueño y difumina la frontera entre la jornada laboral y el tiempo libre.

Más velocidad, más dependencia

Algunos fundadores describen su relación con los agentes de IA con términos más propios de una adicción que de una herramienta de productividad. Peter Pezaris, fundador de Proxon, asegura que su empresa funciona hasta 30 veces más rápido gracias a estos sistemas, pero trabaja desde las siete y media de la mañana hasta las dos de la madrugada.

La sensación de urgencia también acompaña a quienes se alejan de la oficina. Ajay Kalia, fundador de Alt, recibe directamente en su Apple Watch las peticiones de sus agentes. Incluso cuando sale a correr, continúa pendiente del reloj por si tiene que autorizar una acción.

La situación resume una paradoja de la automatización: cuanto más trabajo puede realizar la máquina, más decisiones puede llegar a concentrar en la persona que la supervisa. El agente ejecuta las tareas, pero el fundador siente que debe estar presente en cada punto de control.

El miedo a quedarse atrás alimenta la hiperdisponibilidad

A la presión operativa se suma el FOMO, acrónimo de fear of missing out, que describe el miedo a perderse una oportunidad. En el ecosistema de las startups, esa inquietud se traduce en temor a que un agente se bloquee o a que un competidor avance mientras el equipo está durmiendo.

Para algunos empresarios, descansar ya no equivale únicamente a dejar de producir. También significa ceder ventaja en una carrera tecnológica que cambia cada semana. Pezaris resume esa sensación afirmando que cada minuto sin trabajar puede representar una pérdida enorme frente a otras compañías.

Esta mentalidad ha consolidado una cultura de hiperdisponibilidad. El trabajador no solo debe responder a clientes, socios o empleados: ahora también atiende a sistemas automáticos que pueden generar nuevas tareas a cualquier hora del día.

La nueva cultura laboral de Silicon Valley

El auge de los agentes está modificando la imagen tradicional de Silicon Valley. Durante años, grandes tecnológicas como Google popularizaron oficinas con gimnasios, servicios de bienestar y espacios destinados a hacer más cómoda la jornada. El nuevo ciclo de la IA pone el foco en la velocidad y la capacidad de producir sin interrupciones.

En algunas startups, trabajar 72 horas semanales empieza a percibirse como una norma no escrita. La competencia por lanzar productos antes que los demás empuja a los equipos a aceptar horarios que muchos reconocen como insostenibles, pero que pocos están dispuestos a abandonar.

El riesgo no es solo el agotamiento individual. La fatiga puede reducir la calidad de las decisiones, aumentar la probabilidad de errores y dificultar la supervisión precisamente en los procesos en los que más necesaria resulta la intervención humana.

El reto: automatizar sin convertir la empresa en una guardia permanente

La expansión de los agentes de IA obliga a replantear cómo se diseñan los sistemas de supervisión. No basta con que una herramienta sea capaz de ejecutar tareas durante toda la noche. También debe saber cuándo detenerse, a quién avisar y qué puede hacer sin autorización.

Las empresas tendrán que establecer límites claros: turnos de guardia, niveles de riesgo, tiempos máximos de respuesta y mecanismos para agrupar varias solicitudes en lugar de enviar notificaciones constantemente. De lo contrario, la promesa de trabajar menos gracias a la inteligencia artificial puede acabar produciendo el efecto contrario.

Los agentes no necesitan dormir. Las personas sí. La próxima fase de la IA empresarial dependerá, en buena medida, de que la productividad no se mida únicamente por la velocidad de las máquinas, sino también por la capacidad de proteger el descanso de quienes deben controlarlas.

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