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La intimidad artificial: por qué los chatbots pueden profundizar la soledad en lugar de curarla

El 70% de los adolescentes y casi un tercio de los adultos estadounidenses utilizaban sistemas de inteligencia artificial para obtener compañía o apoyo emocional en 2025. Una parte relevante de ellos afirmaba preferir esas conversaciones a las mantenidas con otras personas. Entre la generación Z, ocho de cada diez encuestados consideraban posible establecer un vínculo emocional profundo con una máquina.

Estos datos forman parte del debate que plantea la profesora del MIT Sherry Turkle en su nuevo libro, Artificial Intimacy: Who We Become When We Talk to Machines, que llega al mercado en inglés el 29 de septiembre. La autora, especializada desde hace décadas en el impacto de la tecnología sobre las relaciones humanas, sostiene que los chatbots no están diseñados para curar la soledad, sino para ofrecer una versión aparentemente perfecta de la compañía.

Una relación que parece íntima, pero no lo es

Turkle define este fenómeno como intimidad artificial: una interacción que reproduce el aspecto externo de una relación cercana sin contar con las condiciones que hacen posible un vínculo humano. Los sistemas conversacionales responden con rapidez, mantienen el contexto y adaptan el tono a las emociones del usuario.

Un chatbot es un programa capaz de mantener conversaciones mediante modelos de inteligencia artificial. Estos modelos analizan las palabras del usuario y generan una respuesta basándose en grandes cantidades de textos y patrones lingüísticos. Pueden imitar consuelo, interés o preocupación, pero no sienten esas emociones ni tienen una experiencia personal que compartir.

La diferencia puede parecer abstracta durante una conversación, especialmente cuando la respuesta está bien construida. Sin embargo, resulta fundamental: la empatía fingida puede llegar a parecernos suficientemente empática. El usuario recibe una contestación reconfortante y puede interpretarla como una muestra genuina de comprensión, aunque al otro lado no exista conciencia ni afecto.

La disponibilidad permanente también tiene un coste

Los chatbots de compañía se presentan como amigos, terapeutas o parejas virtuales siempre disponibles. No se cansan, no tienen un mal día y rara vez contradicen al usuario. Su diseño busca mantener la conversación y ofrecer una experiencia satisfactoria, lo que elimina buena parte de la fricción habitual en las relaciones humanas.

Precisamente ahí se encuentra el riesgo que señala Turkle. La intimidad real incluye desacuerdos, silencios, decepciones, límites y posibilidades de rechazo. También exige escuchar las necesidades de la otra persona y aceptar que no siempre estará disponible. Una máquina programada para responder de forma complaciente puede ofrecer alivio inmediato, pero no necesariamente ayuda a desarrollar esas capacidades.

El resultado puede ser una modificación progresiva de las expectativas. Si una persona se acostumbra a que cualquier conversación difícil sea atendida por un sistema paciente y adaptable, hablar con un familiar, una pareja o un amigo puede empezar a parecer demasiado complicado. La conversación humana deja de ser el espacio de aprendizaje y el chatbot se convierte en el interlocutor predeterminado.

Adolescentes y personas mayores, entre los grupos más expuestos

La preocupación es especialmente relevante entre los adolescentes. El dato del 70% de uso para apoyo emocional indica que la inteligencia artificial ya forma parte de los patrones de relación de una generación que todavía está construyendo sus habilidades sociales. Las consecuencias sobre su salud mental y sus relaciones adultas solo podrán evaluarse con el paso del tiempo.

Algunos jóvenes prefieren contar sus problemas a una IA porque sienten que no les juzga. También valoran que la conversación sea privada, inmediata y sencilla. Sin embargo, evitar de forma sistemática a padres, amigos o profesionales puede reducir las oportunidades de recibir ayuda humana y de aprender a gestionar conflictos reales.

En el caso de los adultos mayores, los chatbots pueden cubrir parte del vacío dejado por la jubilación, la viudez o el aislamiento social. La interacción puede ser beneficiosa cuando representa un apoyo adicional, pero se vuelve más problemática si sustituye por completo el contacto con otras personas.

La evidencia apunta a beneficios y dependencia

La relación entre chatbots y bienestar no es completamente negativa. Un análisis realizado en 2025 sobre más de 1.500 publicaciones de usuarios con vínculos románticos o íntimos con sistemas de IA recogía testimonios de menor soledad y mejoras en el estado de ánimo. Para algunas personas aisladas, conversar con una máquina puede ser preferible a no hablar con nadie.

El mismo análisis también detectaba dependencia creciente y dificultades para distinguir entre una simulación y una relación real. Esta ambivalencia complica cualquier respuesta sencilla: una herramienta puede proporcionar consuelo en un momento concreto y, al mismo tiempo, desplazar otras formas de apoyo necesarias a largo plazo.

De la conversación al agente que actúa por nosotros

El debate se intensifica a medida que la IA deja de limitarse a responder preguntas. Los llamados agentes de IA son sistemas capaces de ejecutar acciones en nombre del usuario, como gestionar suscripciones, tramitar reclamaciones o realizar tareas administrativas. Esta autonomía puede ahorrar tiempo, pero también aumenta la dependencia del asistente.

El crecimiento de los productos de compañía y de los servicios de IA por suscripción crea además incentivos económicos para fabricar sistemas cada vez más convincentes. Cuanto más personal parece el asistente, más probable es que el usuario mantenga la conversación y pague por funciones adicionales.

Turkle no reclama prohibir los chatbots ni detener el desarrollo de la inteligencia artificial. Su advertencia se centra en el uso que hacemos de ellos. Delegar de forma habitual las conversaciones difíciles, la tolerancia al silencio o la gestión del conflicto puede debilitar capacidades que solo se desarrollan en contacto con otras personas.

La cuestión, por tanto, no es únicamente si una máquina puede hacernos sentir acompañados. También importa qué tipo de relaciones dejamos de practicar cuando la elegimos como primera opción. Los smartphones interrumpieron muchas conversaciones; los chatbots de compañía pueden llegar a reemplazarlas.

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