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Alemania Hartmut Rosa cuestiona el VAR y defiende la emoción del fútbol

Hartmut Rosa cuestiona el VAR y defiende la emoción del fútbol

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Cuando la tecnología entra en el campo: Hartmut Rosa cuestiona el papel del VAR

La tecnología prometía hacer el fútbol más justo. Sin embargo, para el filósofo alemán Hartmut Rosa, el VAR representa algo más profundo que una simple herramienta para corregir errores arbitrales. En su opinión, la introducción de cámaras, repeticiones y protocolos digitales transforma la naturaleza del juego y altera la relación de los aficionados con lo que sucede sobre el césped.

La cuestión no es únicamente si una decisión es correcta o incorrecta. El debate afecta a la manera en que vivimos el deporte, aceptamos la incertidumbre y entendemos la autoridad de quien arbitra. El videoarbitraje ha reducido algunos fallos evidentes, pero también ha incorporado nuevas pausas, dudas y discusiones que antes no formaban parte del espectáculo con la misma intensidad.

El fútbol como experiencia compartida

Rosa, conocido por sus trabajos sobre la aceleración social y la llamada resonancia, plantea una mirada crítica sobre la relación entre las personas y el mundo que las rodea. Desde esa perspectiva, el fútbol no es solo un conjunto de reglas que deben aplicarse con precisión matemática. También es una experiencia colectiva, marcada por la emoción, la sorpresa y la imposibilidad de controlarlo todo.

Un gol, una falta o un fuera de juego producen una reacción inmediata. El estadio se levanta, los jugadores protestan y millones de personas responden al mismo tiempo desde sus casas. El VAR introduce una interrupción en ese momento. La celebración queda suspendida mientras una imagen congelada, una línea digital o una revisión a cámara lenta tratan de determinar qué ocurrió realmente.

El resultado puede ser más exacto desde el punto de vista técnico, pero no necesariamente más satisfactorio. La tecnología ofrece información adicional, aunque a cambio puede debilitar la espontaneidad que convierte al fútbol en un fenómeno cultural de alcance global.

La promesa de eliminar el error

La implantación del VAR se apoyó en una idea difícil de discutir: las competiciones importantes no deberían decidirse por un error arbitral manifiesto. Las retransmisiones permiten observar cada jugada desde múltiples ángulos y descubrir infracciones que el árbitro no pudo apreciar en directo.

El problema aparece cuando esa promesa de precisión se convierte en una expectativa de perfección. Las imágenes no siempre ofrecen una respuesta clara. En acciones como las manos, los contactos dentro del área o los fueras de juego milimétricos, la interpretación continúa siendo necesaria. La cámara registra lo ocurrido, pero no decide por sí sola qué importancia tiene cada contacto.

Además, la revisión tecnológica puede desplazar el error en lugar de eliminarlo. Ya no se discute solo si el árbitro vio bien una jugada, sino también si el protocolo se aplicó correctamente, si la toma elegida era la adecuada o si la intervención del videoarbitraje fue proporcional.

Más datos, menos confianza

El VAR también modifica la autoridad del árbitro. Antes, su decisión se producía en tiempo real y debía aceptarse como parte de la dinámica del encuentro. Ahora, cada señalamiento puede quedar provisionalmente en entredicho hasta que un equipo de especialistas confirme o corrija la acción.

Esta situación crea una paradoja. La tecnología se incorporó para reforzar la confianza en el arbitraje, pero las pausas y las explicaciones posteriores pueden alimentar nuevas sospechas. Para una parte de los aficionados, el árbitro sigue teniendo demasiado poder; para otra, depende en exceso de operadores, pantallas y criterios técnicos difíciles de comprender.

La discusión revela un fenómeno habitual en la digitalización: cuando una actividad se mide con más detalle, no siempre aumenta la sensación de control. A menudo ocurre lo contrario. Cada dato abre nuevas preguntas y cada repetición ofrece un motivo adicional para debatir.

El coste de convertir el juego en una revisión permanente

El fútbol necesita reglas y mecanismos de justicia. Nadie quiere que una final quede condicionada por una acción que las imágenes pueden aclarar en pocos segundos. El debate, por tanto, no consiste en elegir entre tecnología o ausencia total de tecnología, sino en decidir qué lugar debe ocupar dentro del juego.

Una utilización limitada para errores claros y decisivos puede ser compatible con la emoción del deporte. En cambio, recurrir a la revisión para analizar cada contacto o buscar infracciones imperceptibles puede convertir el partido en una sucesión de interrupciones. El ritmo deja de depender de los jugadores y pasa a estar condicionado por el proceso de comprobación.

La crítica de Hartmut Rosa apunta precisamente a ese cambio de lógica. El fútbol no es valioso porque sea completamente previsible, sino porque combina habilidad, reglas, azar y decisiones humanas. Intentar eliminar toda incertidumbre puede acabar eliminando parte de aquello que hace atractivo el juego.

Una tecnología que debe aceptar sus límites

El desafío para las federaciones no es demostrar que el VAR puede verlo todo, sino establecer qué merece ser revisado y cuándo conviene detener el partido. La tecnología debería servir para corregir injusticias evidentes, no para sustituir cada decisión por una investigación detallada.

La reflexión del filósofo alemán trasciende el fútbol. En muchos ámbitos, las herramientas digitales se presentan como soluciones objetivas capaces de reducir el margen de error. Pero la vida social no funciona únicamente con mediciones. También necesita confianza, interpretación y capacidad para convivir con lo imprevisible.

El debate sobre el VAR seguirá abierto mientras el fútbol busque equilibrar justicia y emoción. La pregunta no es si la tecnología puede mejorar el arbitraje, sino cuánto del juego estamos dispuestos a sacrificar para obtener una precisión que, en última instancia, nunca será absoluta.

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