La generación que iba a impulsar la inteligencia artificial se rebela contra la carrera tecnológica
La expansión de la inteligencia artificial se está encontrando con una oposición creciente entre los jóvenes que las grandes tecnológicas consideraban sus futuros usuarios, empleados y defensores. La preocupación por el empleo, el impacto medioambiental de los centros de datos y la concentración de beneficios en unas pocas empresas está alimentando protestas, campañas de boicot y movimientos que reclaman frenar el desarrollo de estos sistemas.
El fenómeno ha llevado a algunos observadores a hablar de una nueva generación de luditas. El término hace referencia a los trabajadores británicos que, durante la Revolución Industrial, destruyeron telares para protestar contra unas máquinas que amenazaban sus salarios y sus puestos de trabajo. Dos siglos después, el conflicto se traslada a la inteligencia artificial, los centros de datos y las decisiones de inversión pública.
Menos esperanza y más ansiedad ante la IA
Una encuesta de Gallup entre personas de 14 a 29 años refleja un cambio significativo en la percepción de la inteligencia artificial. Solo el 22% asegura sentirse esperanzado ante su avance, catorce puntos menos que en 2025. Al mismo tiempo, el rechazo o desapego hacia esta tecnología alcanza al 31% y la ansiedad ronda ya el 44%.
La inteligencia artificial engloba sistemas capaces de analizar grandes cantidades de información y generar predicciones, textos, imágenes o código. Su funcionamiento se basa, en muchos casos, en modelos entrenados con enormes volúmenes de datos. Aunque estas herramientas pueden automatizar tareas, también despiertan dudas sobre quién conservará el empleo, cómo se repartirán los beneficios y qué margen de control tendrán los ciudadanos.
El malestar también aparece dentro de las propias empresas. Un informe de Writer y Workplace Intelligence señala que el 44% de los jóvenes reconoce haber obstaculizado de alguna manera la estrategia de inteligencia artificial de su compañía. En muchos casos, no se trata de sabotajes directos, sino de resistencia interna, rechazo a utilizar determinadas herramientas o ralentización de proyectos que consideran perjudiciales.
Protestas frente a las sedes y abucheos en las universidades
En septiembre de 2025, Michael Trazzi inició una huelga de hambre frente a la sede londinense de Google DeepMind para exigir que la compañía detuviera la carrera por desarrollar sistemas de inteligencia artificial cada vez más avanzados. Días después, otra persona llevó a cabo una protesta similar ante las oficinas de Anthropic y pidió una respuesta a su director ejecutivo, Dario Amodei.
Estas acciones individuales han coincidido con la aparición de movimientos organizados. La plataforma Stop the AI Race reunió en marzo a unas 200 personas frente a las sedes de OpenAI, Anthropic y Google en San Francisco. Sus participantes reclaman una pausa en el desarrollo de estos sistemas y advierten de que la sociedad se encuentra ante una emergencia laboral, económica y medioambiental.
El rechazo también se ha trasladado a los campus universitarios. El exdirector ejecutivo de Google Eric Schmidt fue abucheado durante un discurso de graduación en la Universidad de Arizona cuando defendía que la inteligencia artificial transformará inevitablemente el mundo. Otros ejecutivos del sector recibieron una respuesta similar al presentar esta tecnología como una oportunidad para los recién titulados.
Los centros de datos se convierten en el nuevo campo de batalla
La oposición ya no se limita a los algoritmos. Los centros de datos, instalaciones que concentran miles de servidores para almacenar información y ejecutar modelos de IA, se han convertido en el principal objetivo de las protestas locales. Estas infraestructuras consumen grandes cantidades de electricidad y agua, además de generar ruido y exigir nuevas redes de transporte y suministro energético.
En Pittsburg, la adolescente Sadie Cisneros se movilizó contra la construcción de un centro de datos junto a su instituto. En El Paso, Marco Sánchez, de 15 años, organizó una alianza juvenil contra un proyecto de Meta después de conocer que la empresa había recibido una rebaja fiscal del 80%.
La contestación vecinal está teniendo consecuencias económicas. Durante el primer trimestre del año, la presión ciudadana bloqueó o retrasó 75 proyectos de centros de datos, con una inversión conjunta estimada en 130.000 millones de dólares. Las protestas cuestionan especialmente que las administraciones concedan ventajas fiscales a grandes compañías mientras las comunidades asumen el coste energético y ambiental.
El temor a un mercado laboral sin puertas de entrada
La preocupación por el empleo es uno de los principales motores del rechazo juvenil. Quienes terminan ahora sus estudios temen que los sistemas de IA sean capaces de realizar buena parte de las tareas que antes servían como puerta de entrada a una profesión: redactar informes, programar funciones sencillas, revisar documentos o atender consultas básicas.
En España, las vacantes tecnológicas dirigidas a perfiles sin experiencia cayeron un 41% en 2025, según un informe de InfoJobs y Esade. El dato resulta especialmente relevante porque afecta a los trabajadores que todavía no han podido demostrar su experiencia y dependen de los primeros empleos para iniciar su carrera.
La automatización no implica necesariamente la desaparición de todas las ocupaciones, pero sí puede reducir la demanda de determinados perfiles y cambiar las competencias exigidas. El problema, según los críticos, es que la transición está avanzando más rápido que la formación, la regulación y la creación de nuevas oportunidades.
Una revolución rentable para un grupo reducido
Mientras crece la oposición social, la inversión continúa alcanzando cifras récord. Un informe de Stanford calcula que el capital destinado a la industria de la inteligencia artificial llegó a 581.700 millones de dólares en 2025, más del doble que el año anterior. El mismo análisis advierte de que una parte sustancial de esos beneficios se concentra en un grupo reducido de compañías.
Ahí se encuentra el paralelismo con los luditas del siglo XIX. Aquellos trabajadores no rechazaban necesariamente toda innovación, sino un modelo industrial que utilizaba la maquinaria para reducir costes, empeorar las condiciones laborales y aumentar la rentabilidad de los propietarios. La protesta actual tampoco se dirige siempre contra la tecnología en sí, sino contra quién decide cómo se utiliza y quién obtiene sus ventajas.
Hoy resulta difícil atacar una única máquina: si un servidor deja de funcionar, la inteligencia artificial puede seguir operando desde otro centro de datos. Por eso, la resistencia se concentra en los proyectos físicos, los contratos públicos, los incentivos fiscales y la reputación de los ejecutivos que lideran la carrera tecnológica.
La generación que debía adoptar la IA como antes hizo con internet y los teléfonos inteligentes está reclamando algo más que innovación. Pide garantías laborales, transparencia, límites ambientales y una distribución menos desigual de los beneficios. La respuesta de las empresas y de los gobiernos determinará si este rechazo es una reacción pasajera o el comienzo de un movimiento social duradero.



