Meta cambia el negocio de la inteligencia artificial: Muse cobrará por las decisiones, no por los anuncios
Meta ha presentado esta semana una nueva generación de dispositivos, pero el verdadero protagonista de su estrategia no está en las gafas ni en el visor ultraligero. La compañía ha colocado en el centro de su futuro a Muse, un agente personal de inteligencia artificial diseñado para ejecutar tareas en nombre del usuario y generar ingresos mediante una comisión por cada operación completada.
Mark Zuckerberg abrió y cerró la presentación hablando de este sistema, una señal de la importancia que la empresa concede a su desarrollo. La propuesta supone un giro relevante para Meta, cuyo negocio depende principalmente de la publicidad que aparece en Facebook, Instagram y WhatsApp.
Un agente que actúa en lugar del usuario
Muse no se plantea como un chatbot tradicional. En lugar de limitarse a responder preguntas, el sistema pretende recibir encargos y llevarlos a cabo de principio a fin. Entre sus posibles tareas están rellenar formularios, enviar correos electrónicos, navegar por una web, comparar seguros, controlar un ordenador o realizar una compra.
En términos técnicos, un agente de inteligencia artificial es un programa capaz de interpretar una instrucción, dividirla en varios pasos y utilizar herramientas digitales para cumplir un objetivo. No solo genera texto: también puede interactuar con páginas web, aplicaciones y servicios externos.
Meta ha mostrado el caso de un usuario que habría conseguido reducir en 85 dólares al mes su factura de telecomunicaciones después de que Muse negociara con el servicio de atención al cliente. La demostración resume la ambición de la compañía: que la IA no sea únicamente un asistente conversacional, sino una capa intermedia entre las personas y los negocios digitales.
La comisión como alternativa a los anuncios
El modelo económico anunciado es sencillo sobre el papel. Muse sería gratuito para la mayoría de los usuarios y Meta cobraría una pequeña comisión cuando el agente completase una transacción. La compañía pasaría así de monetizar la atención mediante anuncios a obtener ingresos por las decisiones tomadas por su sistema.
La diferencia es importante. En el modelo publicitario, el usuario entra en una plataforma, ve contenidos y recibe anuncios personalizados. En el escenario que plantea Meta, el agente podría decidir qué producto comprar, qué seguro contratar o qué proveedor elegir sin necesidad de mostrar una campaña publicitaria durante el proceso.
Esta estrategia también marca una dirección opuesta a la de otras empresas de inteligencia artificial. OpenAI, que durante años mantuvo ChatGPT alejado de la publicidad, ya ha comenzado a explorar anuncios en el servicio. Meta, en cambio, plantea inicialmente una relación más cercana al comercio electrónico y al pago por intermediación.
Las nuevas gafas como puerta de entrada
Desde esta perspectiva, los dispositivos presentados por Meta adquieren un papel diferente. La compañía ha enseñado unas gafas sin cámara, otras gafas con cámara más delgadas, un visor de alrededor de cien gramos y un pequeño dispositivo conectado mediante 5G, con un diseño parecido al de un juguete electrónico.
Las gafas sin cámara no serían únicamente una respuesta a las preocupaciones sobre privacidad que provoca llevar una cámara junto a los ojos. También podrían funcionar como una interfaz discreta para hablar con Muse. Para pedir los ingredientes de una receta, gestionar una devolución o solicitar una comparación de precios no sería necesario mostrar imágenes: bastaría con utilizar la voz.
La voz reduce la fricción de uso y permite consultar al agente mientras se camina o se realiza otra actividad. El reto será conseguir que las personas se sientan cómodas hablando con un sistema que puede estar conectado a sus cuentas, sus compras y sus comunicaciones.
El conflicto con la publicidad del comercio electrónico
El nuevo modelo amenaza directamente a las plataformas que viven de que los usuarios naveguen por sus páginas. Amazon, cuyo negocio publicitario superó los 68.000 millones de dólares el año pasado, habría bloqueado el acceso de Muse a sus servicios.
El motivo es estructural. Cuando una persona entra en una tienda online, observa productos patrocinados y compara distintas opciones, la plataforma puede mostrar anuncios y registrar su actividad. Si un agente selecciona directamente una cafetera, completa el pedido y efectúa el pago, desaparecen buena parte de esas oportunidades de exposición publicitaria.
La disputa anticipa una posible lucha por el control de la próxima interfaz de internet. Las empresas tecnológicas ya no competirán solo por atraer usuarios a sus aplicaciones, sino también por convertirse en el sistema que decide qué servicios visitan y qué productos compran.
El riesgo de los incentivos ocultos
El modelo de comisión plantea, sin embargo, una cuestión esencial: ¿recomendará Muse la mejor opción para el usuario o la que más dinero pague a Meta? El problema recuerda al de algunos intermediarios tradicionales, como las agencias de viajes, que podían priorizar determinados hoteles por los acuerdos comerciales establecidos con ellos.
Para que un agente personal sea realmente útil necesitará acceso a información muy sensible: correo electrónico, cuentas bancarias, mensajería, tarjetas de crédito y servicios de compra. Ese nivel de permisos permitiría automatizar muchas tareas, pero también concentraría una parte extraordinaria de la vida digital de cada persona.
Meta ha prometido desarrollar una modalidad en la que ni siquiera la compañía pueda consultar determinados datos utilizados por Muse. Por ahora, no ha concretado cuándo estará disponible ni cómo funcionará exactamente. Antes de cobrar por decidir, la empresa tendrá que demostrar que puede actuar con transparencia, explicar sus recomendaciones y proteger la información que se le confíe.
La presentación de Meta no ha girado, por tanto, alrededor de un nuevo dispositivo, sino de un cambio de intermediario. La compañía quiere que la inteligencia artificial se sitúe entre el usuario y los servicios digitales. Si Muse logra ganarse esa confianza, el negocio podría dejar de depender exclusivamente de captar nuestra atención para empezar a monetizar nuestras decisiones.



