El arte de olvidar: la memoria disuelta como herramienta de poder
En un mundo donde la información fluye sin pausa, la capacidad de recordar parece una virtud indiscutible. Sin embargo, una nueva perspectiva se asoma al tablero político y social español: el arte de olvidar como una disciplina estratégica y una forma de habitar el poder. Esta idea, explorada en el caso de José Enrique Sánchez Acera, no solo desafía la noción tradicional de la memoria, sino que también invita a reflexionar sobre la gestión del pasado en las altas esferas del Estado.
La memoria selectiva como arte marcial
Cuando hablamos de memoria, generalmente pensamos en la habilidad de conservar y recuperar información. Pero Sánchez Acera, secretario general del Grupo Socialista en el Congreso, ha demostrado que también existe una memoria «disuelta», una suerte de olvido deliberado y calculado que funciona como defensa y estrategia.
Lejos de ser un simple fallo cognitivo o una distracción, este olvido estructurado es comparable a un arte marcial: una disciplina que requiere práctica, control y conocimiento de cuándo y qué olvidar para mantener una posición de poder firme y resistente a cuestionamientos.
¿Por qué olvidar puede ser una herramienta poderosa?
La memoria disuelta no es la ausencia de memoria, sino la puesta en práctica de una forma específica de manejar el conocimiento:
- Protección Institucional: Olvidar ciertos detalles o hechos puede evitar conflictos internos o externos que debiliten la imagen o estabilidad de un partido o institución.
- Gestión de Crisis: Ignorar hechos controvertidos o incómodos puede convertirse en un mecanismo para mitigar daños políticos y controlar la narrativa pública.
- Estratégia de Poder: Al seleccionar qué recordar y qué olvidar, se esculpe una versión conveniente del pasado que favorece intereses y objetivos presentes.
El caso Sánchez Acera: un ejemplo palpable
En España, el caso de Sánchez Acera resalta esta memoria disuelta. Durante una comparecencia parlamentaria para explicar actuaciones relacionadas con la financiación del partido, su desempeño evidenció un olvido «selectivo» que generó polémica.
Lo llamativo no fue tanto el error o la omisión, sino cómo esta actitud se enmarca dentro de un patrón que se repite en ámbitos políticos para diluir responsabilidades y redirigir debates, demostrando que olvidar también es una forma de negociación y control del relato.
Las implicaciones éticas y sociales
Este fenómeno no está exento de controversia. La memoria disuelta como herramienta para ejercer el poder plantea preguntas fundamentales:
- ¿Hasta qué punto es legítimo olvidar para preservar estructuras?
- ¿Dónde comienza la manipulación de la verdad y termina la estrategia política?
- ¿Cómo afecta esto a la confianza ciudadana en las instituciones?
Muchos críticos ven en esta forma de olvidar una amenaza para la transparencia y la responsabilidad, mientras que los defensores sugieren que es parte inevitable de la política pragmática.
Olvidar como alternativa a la memoria pesada
En un mundo saturado de información y revanchas históricas, la memoria pesada puede convertirse en un lastre. El arte de olvidar, con todas sus complejidades, aparece como un mecanismo para avanzar sin quedar atrapados en contradicciones pasadas y errores que paralizan.
Esta práctica, aunque incómoda para muchos, abre un espacio para el debate sobre cómo queremos que se construya y conserve la memoria colectiva y qué límites éticos debemos poner a la hora de gestionar el pasado en el presente.
Reflexión final: aprender a olvidar para reinventar
Olvidar no tiene por qué ser sinónimo de negación o irresponsabilidad. Puede ser también un acto consciente y necesario para limpiar la agenda política y social de rencores y errores que impiden avanzar. El ejemplo de Sánchez Acera nos invita a mirar este fenómeno con mirada crítica pero abierta, entendiendo que en la política, como en la vida, a veces es tan importante lo que decidimos recordar como aquello que elegimos olvidar.



