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Los nuevos tecnooptimistas creen que la tecnología hará que trabajar sea opcional

Durante años, hablar del futuro parecía obligado a pasar por una lista de amenazas: cambio climático, envejecimiento de la población, escasez de recursos, desigualdad, conflictos armados y destrucción de empleo por la automatización. Sin embargo, una corriente cada vez más visible en Silicon Valley y otros centros tecnológicos está recuperando una idea mucho más ambiciosa: la innovación podría multiplicar la riqueza hasta permitir que trabajar deje de ser una necesidad.

Estos tecnooptimistas no niegan necesariamente los problemas actuales. Su tesis es que la inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología y las nuevas fuentes de energía pueden aumentar de forma radical la productividad y reducir el coste de bienes y servicios esenciales. En ese escenario, la sociedad tendría más recursos para garantizar una vida digna con menos horas de empleo.

De la escasez permanente a la abundancia tecnológica

La visión parte de una premisa sencilla: muchos límites que hoy parecen inevitables podrían ser tecnológicos y no físicos. Una energía más barata, sistemas agrícolas automatizados, procesos industriales eficientes y modelos de inteligencia artificial capaces de resolver tareas complejas cambiarían la economía desde sus cimientos.

Si producir alimentos, viviendas, medicamentos o electricidad exigiera menos trabajo humano, los precios podrían caer y la riqueza disponible aumentar. La automatización no se limitaría a sustituir empleos concretos, sino que permitiría hacer más con menos recursos y liberar tiempo para la educación, los cuidados, la investigación o el ocio.

En este planteamiento, el trabajo dejaría de ser el principal mecanismo para acceder a los bienes básicos. No significaría que nadie volviera a hacer nada, sino que el empleo remunerado podría convertirse en una elección, una forma de realización personal o una actividad reservada a proyectos que todavía requieran creatividad y criterio humano.

La inteligencia artificial acelera la apuesta

El desarrollo de la inteligencia artificial generativa ha reforzado este discurso. Los sistemas actuales ya redactan textos, analizan grandes volúmenes de información, generan código, producen imágenes y asisten en tareas administrativas. Sus defensores creen que las próximas generaciones podrán actuar como colaboradores digitales capaces de coordinar procesos completos.

La robótica podría ampliar ese impacto en el mundo físico. Fábricas, almacenes, laboratorios, explotaciones agrícolas y servicios logísticos están incorporando máquinas cada vez más autónomas. Si estas tecnologías alcanzan un coste asumible, la productividad podría crecer incluso en sectores donde hasta ahora la automatización avanzaba con más lentitud.

El resultado esperado por los tecnooptimistas es una economía con una capacidad de producción muy superior a la actual. En lugar de asumir que la innovación destruye puestos de trabajo y genera una carrera constante por crear otros nuevos, proponen aprovecharla para reducir la dependencia colectiva del empleo.

El gran reto no es producir, sino repartir

La promesa de una sociedad más rica no garantiza por sí sola una sociedad más justa. La tecnología puede aumentar la producción y, al mismo tiempo, concentrar los beneficios en un número reducido de empresas y propietarios. La cuestión decisiva será quién controla los sistemas automatizados y cómo se distribuyen los ingresos que generan.

Sin cambios en las reglas económicas, la automatización podría provocar el efecto contrario al esperado: más productividad, pero también más desigualdad, empleos precarios y menor poder de negociación para los trabajadores. El acceso a la inteligencia artificial, a la energía y a las infraestructuras digitales podría convertirse en una nueva fuente de poder.

Por eso, cualquier transición hacia una economía con menos trabajo exigirá políticas públicas. Entre las propuestas habituales aparecen una renta básica, servicios universales, impuestos sobre los beneficios extraordinarios de la automatización, reducción de la jornada laboral y nuevos modelos de propiedad sobre las plataformas tecnológicas.

Trabajar menos no equivale a vivir mejor automáticamente

También existen dudas sobre la dimensión social de este futuro. El empleo no solo proporciona ingresos: estructura el tiempo, crea relaciones, ofrece reconocimiento y aporta un sentido de pertenencia. Si millones de personas dejan de trabajar, será necesario construir nuevas formas de participación y de valoración social.

Además, no todas las tareas podrán automatizarse con la misma facilidad. Los cuidados, la educación, la atención personal y buena parte de las actividades comunitarias dependen de la confianza y de los vínculos humanos. La tecnología puede ayudar, pero no necesariamente sustituir la responsabilidad y la empatía.

Hay otro riesgo: confundir una posibilidad técnica con una predicción segura. El hecho de que una máquina pueda realizar una tarea no significa que vaya a desplegarse de inmediato, que sea rentable o que la sociedad acepte sus consecuencias. La regulación, la seguridad, el consumo energético y la resistencia cultural pueden ralentizar el cambio.

Una promesa que obliga a tomar decisiones

El nuevo tecnooptimismo ofrece una alternativa a los relatos dominados por el miedo. Su principal aportación consiste en recordar que el futuro no está condenado a la escasez ni a la pérdida constante de oportunidades. La innovación puede abrir caminos para trabajar menos y vivir con mayor seguridad.

Pero esa promesa no se cumplirá únicamente con mejores algoritmos o robots más capaces. Será necesario decidir qué se produce, quién se beneficia y qué derechos deben protegerse en una economía automatizada. La tecnología puede hacer posible una sociedad de abundancia, pero la distribución de esa abundancia seguirá siendo una decisión política.

La pregunta, por tanto, no es solo si las máquinas acabarán haciendo la mayor parte del trabajo. También habrá que determinar qué papel queremos conservar para el empleo, cómo repartiremos el tiempo liberado y qué entendemos por una vida buena cuando ganarse el sustento deje de ocupar la mayor parte de nuestra existencia.

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