Suiza estudia aliviar el capital de UBS con deuda híbrida, pero la reforma genera dudas
Una comisión parlamentaria suiza ha planteado modificar las exigencias de capital aplicables a UBS, el mayor banco del país, permitiéndole cubrir una parte mayor de sus necesidades con deuda adicional de nivel 1, conocida como AT1. La medida reduciría el coste de financiación de la entidad, pero también reabre el debate sobre la utilidad real de estos instrumentos cuando un banco entra en una crisis.
La propuesta llega después del colapso de Credit Suisse y de la compra de emergencia por parte de UBS. En aquella operación, los titulares de bonos AT1 asumieron pérdidas muy elevadas, mientras que los accionistas conservaron inicialmente parte del valor de sus títulos. El episodio provocó una fuerte controversia en los mercados y cuestionó el funcionamiento de estos productos como mecanismo de absorción de pérdidas.
Una vía para reducir la presión sobre UBS
UBS, con unos activos y una presencia internacional que la convierten en una entidad de importancia sistémica, afronta una supervisión especialmente exigente. Las autoridades suizas han discutido durante meses cómo garantizar que el banco disponga de un colchón suficiente para resistir pérdidas sin recurrir al dinero público.
La comisión parlamentaria propone que una parte de ese colchón pueda formarse mediante deuda AT1, un tipo de bono híbrido que suele ofrecer una remuneración inferior al coste de mantener más capital ordinario. Para UBS, el cambio supondría una forma relativamente barata de cumplir las exigencias regulatorias.
El problema es que el ahorro para el banco puede trasladar más riesgo a los inversores y, en última instancia, complicar la gestión de una futura crisis. La cuestión no es únicamente cuánto capital tiene una entidad, sino si ese capital puede utilizarse con rapidez, claridad y credibilidad cuando las pérdidas empiezan a acumularse.
Qué son los bonos AT1 y por qué son controvertidos
Los bonos AT1, también llamados CoCos o bonos contingentemente convertibles, se sitúan entre la deuda tradicional y las acciones. Pagan intereses a los inversores, pero incorporan mecanismos que permiten suspender los cupones, convertirlos en acciones o amortizarlos cuando el banco atraviesa dificultades graves.
Su objetivo es que los inversores privados absorban parte de las pérdidas antes de que sea necesario utilizar fondos públicos. Sobre el papel, estos instrumentos funcionan como una reserva adicional de capital. En la práctica, su comportamiento depende de las reglas nacionales, de los documentos de cada emisión y de las decisiones adoptadas por los supervisores durante una emergencia.
La resolución de Credit Suisse mostró las dificultades de ese diseño. La amortización de sus bonos AT1, por un valor aproximado de 17.000 millones de dólares, se produjo en el marco de la adquisición por UBS. Aunque la operación fue presentada como una solución para preservar la estabilidad financiera, la diferencia de trato entre accionistas y bonistas provocó pérdidas y demandas de explicaciones en todo el sector.
La paradoja de hacerlos más útiles en una crisis
La misma iniciativa parlamentaria que facilitaría a UBS el uso de deuda AT1 pretende que estos valores sean más eficaces durante una crisis. La intención es comprensible: si los bonos deben absorber pérdidas, el mercado necesita saber con antelación cuándo y cómo se activarán sus mecanismos.
Sin embargo, reforzar su utilidad en una emergencia puede exigir reglas más estrictas, no más flexibles. Los inversores necesitan garantías de que la deuda híbrida no será utilizada para maquillar las necesidades de capital en tiempos normales y, al mismo tiempo, abandonada o reinterpretada cuando llegue el momento de absorber pérdidas.
La experiencia de Credit Suisse sugiere que la previsibilidad es un elemento esencial. Si los mercados perciben que la jerarquía entre acciones y bonos puede alterarse durante una intervención, el coste de financiación de todos los bancos puede aumentar. También puede disminuir el apetito por unos instrumentos que, hasta ahora, han desempeñado un papel relevante en la estructura de capital bancaria europea.
Más deuda barata no equivale necesariamente a más seguridad
La reforma plantea un dilema para Suiza. Por un lado, exigir a UBS mayores niveles de capital ordinario puede encarecer el crédito, reducir la rentabilidad del banco y restarle competitividad internacional. Por otro, sustituir parte de ese capital por deuda híbrida podría dejar a la entidad más expuesta si los mercados se cierran o si los inversores pierden confianza.
El capital ordinario absorbe pérdidas de forma permanente y suele ser la primera línea de defensa. La deuda AT1, en cambio, depende de activadores, decisiones supervisoras y condiciones contractuales. No ofrece exactamente la misma protección, aunque pueda contabilizarse dentro de determinadas categorías regulatorias.
Por eso, cualquier cambio debería incluir límites claros al volumen de AT1 que UBS puede utilizar, requisitos transparentes de activación y una jerarquía de pérdidas que no deje margen a interpretaciones contradictorias. También sería necesario evaluar cómo responderían los mercados ante una nueva crisis bancaria y qué papel correspondería al Gobierno suizo.
Una reforma pendiente de credibilidad
El debate sobre UBS no se reduce a una cuestión contable. Está en juego la confianza en el sistema financiero suizo y en la capacidad de sus autoridades para gestionar una entidad de importancia global. Permitir más deuda híbrida puede aliviar los costes a corto plazo, pero no resolverá por sí solo el problema de fondo: cómo garantizar una liquidación ordenada sin rescates públicos.
Tras la caída de Credit Suisse, cualquier modificación de las reglas sobre capital bancario tendrá que demostrar que mejora la absorción de pérdidas y no solo abarata la financiación. Si los bonos AT1 deben ser una herramienta de estabilidad, los inversores y los ciudadanos necesitan saber que funcionarán de manera coherente precisamente en el peor momento.



