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Un abogado especializado en divorcios señala a los videojuegos como una causa habitual de conflictos de pareja

Los videojuegos vuelven a situarse en el centro del debate sobre la convivencia en pareja. Marco Brown, abogado especializado en matrimonios y divorcios, sostiene que el uso excesivo de videojuegos aparece con frecuencia en los conflictos que llegan a los tribunales. Según su experiencia profesional, los hombres serían más propensos a pasar largas horas jugando, hasta el punto de descuidar sus responsabilidades familiares.

Brown afirma haber gestionado más de 5.000 casos de divorcio a lo largo de su carrera. A partir de esa experiencia, considera que las sesiones prolongadas frente a la consola o el ordenador pueden convertirse en un problema cuando afectan a la comunicación, las tareas domésticas o el tiempo compartido.

El problema no sería jugar, sino perder el equilibrio

La afición por los videojuegos no implica por sí misma una relación deteriorada. Para millones de personas, jugar es una forma de ocio comparable a ver series, practicar deporte o reunirse con amigos. El conflicto aparece cuando esta actividad ocupa una parte desproporcionada del día y desplaza otras obligaciones.

En una convivencia, las discusiones suelen surgir cuando uno de los miembros percibe que sostiene en solitario la organización del hogar o el cuidado de los hijos. También pueden aparecer tensiones si las partidas se prolongan durante la noche, interfieren con el descanso o impiden mantener conversaciones importantes.

El abogado apunta especialmente a los casos en los que uno de los cónyuges se refugia en los videojuegos para evitar problemas personales o familiares. En esas situaciones, el entretenimiento puede dejar de ser una actividad compartida o puntual y convertirse en una vía de aislamiento.

Una afirmación que debe interpretarse con cautela

Que los videojuegos aparezcan en determinados procedimientos de divorcio no demuestra que sean la causa directa de la ruptura. Las separaciones suelen responder a una combinación de factores, como problemas económicos, falta de comunicación, diferencias en la crianza, infidelidades o desgaste emocional.

Además, la percepción de un profesional que trabaja con matrimonios en crisis no equivale a un estudio estadístico sobre todas las parejas. Los casos que llegan a un despacho de abogados representan situaciones especialmente conflictivas y no reflejan necesariamente el comportamiento de la mayoría de jugadores.

También conviene evitar generalizaciones sobre los hombres. Aunque Brown asegura que observa una mayor presencia masculina entre quienes juegan durante horas, esa apreciación debería contrastarse con investigaciones independientes y con datos sobre hábitos de ocio, edad, empleo y responsabilidades familiares.

Las señales de que el ocio se ha convertido en un conflicto

El tiempo dedicado a jugar puede ser razonable o problemático dependiendo del impacto que tenga en la vida diaria. Algunas señales de alerta son la incapacidad para reducir las horas de juego, el abandono de obligaciones, las discusiones constantes por el uso de dispositivos o la ocultación del tiempo real dedicado a las partidas.

  • Incumplir de forma repetida tareas domésticas o familiares.
  • Priorizar las partidas frente al descanso, el trabajo o la atención a los hijos.
  • Reaccionar con irritación cuando la pareja plantea límites.
  • Dejar de participar en actividades compartidas.
  • Utilizar el videojuego como única vía para gestionar el estrés o los problemas.

Cuando estas conductas se mantienen durante meses, el problema ya no es únicamente cuánto se juega, sino la falta de acuerdos dentro de la relación. En ese punto, hablar sobre horarios, responsabilidades y expectativas puede ayudar a evitar que el resentimiento se acumule.

Comunicación y límites para prevenir el desgaste

Una convivencia saludable no exige renunciar a los videojuegos, sino integrar esta afición en la rutina de forma compatible con las necesidades de ambos miembros de la pareja. Establecer horarios, reservar momentos sin pantallas y repartir las tareas de manera clara puede reducir buena parte de los enfrentamientos.

También resulta importante que la persona aficionada al gaming escuche cómo afecta su conducta al entorno. Del mismo modo, la pareja debe poder expresar sus necesidades sin convertir automáticamente cualquier partida en una prueba de desinterés o falta de compromiso.

Si las conversaciones terminan siempre en discusiones o la situación afecta seriamente a la convivencia, acudir a terapia de pareja puede ser una opción antes de que el conflicto desemboque en una separación. En los casos más graves, un profesional de la salud mental también puede valorar si existe un patrón de juego problemático.

La advertencia de Marco Brown pone el foco en una realidad concreta: cualquier afición puede generar tensiones cuando se practica sin límites y desplaza las responsabilidades compartidas. Sin embargo, presentar los videojuegos como responsables de los divorcios simplifica un fenómeno mucho más complejo. El factor decisivo no suele ser la consola, sino la forma en la que la pareja gestiona el tiempo, la comunicación y el compromiso cotidiano.

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