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Sara Aagesen reclama investigar la desinformación climática por su impacto en la respuesta social

La vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, ha defendido la necesidad de impulsar la investigación sobre la desinformación climática. Su advertencia apunta a un problema que, además de distorsionar el debate público, puede dificultar la adopción de medidas frente al calentamiento global.

No podemos ignorar la desinformación; debilita nuestra capacidad colectiva de respuesta, ha señalado Aagesen. La responsable ha situado así la circulación de contenidos engañosos o falsos sobre el clima como un desafío que requiere análisis, herramientas de detección y una respuesta coordinada.

Un riesgo para las decisiones públicas

La desinformación climática no se limita a negar la existencia del cambio climático. También puede presentar como inútiles las políticas de reducción de emisiones, exagerar sus costes, manipular datos científicos o difundir explicaciones falsas sobre fenómenos meteorológicos extremos.

Este tipo de mensajes influye en la percepción de la ciudadanía y puede aumentar la desconfianza hacia las instituciones, los expertos y los organismos públicos. Cuando una parte de la sociedad recibe información incompleta o manipulada, resulta más difícil construir acuerdos sobre cuestiones que afectan a la energía, el transporte, la vivienda, la agricultura o la protección del territorio.

La investigación que reclama Aagesen debería permitir conocer mejor cómo se crean, amplifican y distribuyen estos contenidos. También tendría que analizar qué actores intervienen, qué plataformas favorecen su difusión y cuáles son las formas más eficaces de corregir una falsedad sin contribuir a extenderla.

La velocidad de las redes complica la respuesta

Las redes sociales han acelerado la propagación de mensajes sobre episodios extremos, proyectos energéticos o decisiones regulatorias. En ese entorno, una afirmación falsa puede alcanzar a miles de personas antes de que existan datos suficientes para verificarla.

La velocidad no es el único problema. Los contenidos más eficaces suelen mezclar hechos reales con conclusiones engañosas, recurrir a imágenes fuera de contexto o apelar a emociones como el miedo y la indignación. Esa combinación dificulta que el público distinga entre una discrepancia legítima y una campaña deliberada de manipulación.

Por ello, combatir la desinformación climática no consiste únicamente en publicar desmentidos. También exige reforzar la transparencia de los datos, explicar las decisiones con un lenguaje comprensible y ofrecer información verificable antes de que los rumores ocupen el espacio público.

Más alfabetización científica y transparencia

La respuesta pasa igualmente por mejorar la alfabetización mediática y científica. La ciudadanía necesita herramientas para identificar fuentes fiables, interpretar porcentajes y gráficos, reconocer titulares engañosos y comprobar si una fotografía o un vídeo corresponde realmente al acontecimiento que se describe.

Las administraciones tienen una responsabilidad específica en este ámbito. La publicación accesible de informes, metodologías y series de datos puede reducir el margen para la manipulación. También resulta esencial que los mensajes institucionales sean claros, consistentes y rápidos, especialmente durante olas de calor, inundaciones, incendios u otros episodios vinculados a riesgos climáticos.

La colaboración con universidades, centros de investigación, medios de comunicación y organizaciones especializadas puede ayudar a medir el alcance del fenómeno. El objetivo no debería ser limitar el debate ni convertir cualquier crítica en desinformación, sino diferenciar la opinión legítima de la falsedad presentada como un hecho.

Un debate que afecta a la confianza democrática

La advertencia de Aagesen conecta la desinformación climática con una cuestión más amplia: la calidad del debate democrático. Las políticas ambientales suelen implicar cambios económicos y sociales, por lo que necesitan explicaciones rigurosas y una ciudadanía capaz de valorar sus beneficios, sus costes y sus posibles alternativas.

Cuando el debate se basa en datos falsos, se reduce la capacidad de evaluar las decisiones públicas. Además, se favorece la polarización y se dificulta que las medidas de adaptación y mitigación cuenten con un respaldo social suficiente. La confusión también puede retrasar actuaciones necesarias ante riesgos que ya afectan a distintos territorios.

La investigación que plantea la ministra debería incorporar, por tanto, una perspectiva multidisciplinar. El análisis tecnológico puede detectar redes coordinadas y patrones de difusión, mientras que la sociología y la psicología ayudan a comprender por qué determinados mensajes resultan convincentes. El periodismo y la educación aportan herramientas para verificar, contextualizar y explicar.

El reto: responder sin alimentar la polarización

Los expertos en comunicación pública advierten de que una respuesta institucional poco cuidada puede producir el efecto contrario al deseado. Repetir una falsedad de forma insistente, aunque sea para desmentirla, puede aumentar su familiaridad. Por eso, la estrategia debe centrarse en aportar hechos, contexto y fuentes fiables, sin amplificar innecesariamente los mensajes engañosos.

La lucha contra la desinformación climática requiere continuidad. No basta con actuar cuando surge una polémica viral. La confianza se construye con información estable, rendición de cuentas y canales permanentes para resolver dudas. En ese proceso, la investigación puede proporcionar evidencias para diseñar respuestas más precisas y evaluar si realmente funcionan.

El mensaje de Sara Aagesen sitúa el problema en el centro de la agenda ambiental: proteger la capacidad de la sociedad para responder al cambio climático implica también proteger la calidad de la información con la que se toman las decisiones.

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