Las placas solares de perovskita también pueden generar energía bajo el agua
La energía solar no tiene por qué limitarse a tejados, parques fotovoltaicos o instalaciones flotantes. Un equipo de científicos de la Universidad de Yunnan ha demostrado que unas nuevas células solares de perovskita pueden funcionar sumergidas a varios metros de profundidad y, en sus pruebas, han sido capaces de cargar baterías a 10 metros bajo el agua.
El avance abre una posible vía para alimentar dispositivos que operan en entornos submarinos, donde sustituir una batería o desplegar un cable resulta especialmente complejo. Sensores, cámaras y sistemas de comunicación podrían beneficiarse de una fuente de energía autónoma capaz de aprovechar la luz que todavía penetra en el agua.
Una tecnología pensada para entornos con poca luz
Las células solares de perovskita se han convertido en una de las tecnologías fotovoltaicas más observadas por la industria y la investigación. Frente a las células tradicionales basadas en silicio, estos materiales pueden fabricarse en estructuras ligeras y delgadas, además de adaptarse a diferentes superficies y condiciones de uso.
Su interés para aplicaciones submarinas está relacionado con su capacidad para trabajar con niveles de iluminación reducidos. A medida que la luz atraviesa el agua, pierde intensidad y parte del espectro visible. Por eso, una placa diseñada para funcionar bajo la superficie debe mantener un rendimiento útil incluso cuando recibe mucha menos radiación que en el exterior.
Las pruebas realizadas por la Universidad de Yunnan apuntan precisamente en esa dirección. Las células consiguieron producir electricidad a 10 metros de profundidad y utilizarla para cargar baterías. El resultado no convierte todavía a la energía solar submarina en una solución universal, pero sí demuestra que puede ser viable en determinados escenarios.
Aplicaciones para sensores y equipos submarinos
La principal ventaja de esta tecnología sería reducir la dependencia de baterías de gran capacidad en dispositivos instalados bajo el agua. Un sensor que mida la temperatura, la salinidad, la presión o la calidad del agua podría recargar parte de su energía durante el día y ampliar sus periodos de funcionamiento.
También podría aplicarse a cámaras de vigilancia, equipos de observación medioambiental y sistemas de comunicación. Estos dispositivos suelen permanecer en lugares de difícil acceso, por lo que cada operación de mantenimiento implica costes, embarcaciones y personal especializado.
- Monitorización marina: sensores destinados a estudiar ecosistemas, corrientes y parámetros del agua.
- Observación submarina: cámaras y equipos de registro instalados durante largos periodos.
- Comunicación: nodos capaces de transmitir datos desde instalaciones sumergidas.
- Robótica: apoyo energético para pequeños vehículos o sistemas autónomos de exploración.
En muchos de estos casos no sería necesario alimentar motores de gran potencia. Bastaría con disponer de una producción eléctrica constante, aunque modesta, para mantener activos los circuitos de control, almacenar energía y realizar transmisiones periódicas.
La profundidad y la calidad del agua siguen siendo retos
El experimento a 10 metros representa un paso relevante, pero la cantidad de luz disponible depende de varios factores. La profundidad, la turbidez, la presencia de partículas, las algas y las condiciones meteorológicas influyen directamente en la energía que llega a la superficie de la célula.
En aguas claras, la radiación puede penetrar más, mientras que en zonas costeras o ríos la visibilidad puede reducirse de forma considerable. Esto obliga a diseñar sistemas capaces de trabajar con una generación variable y a combinar las células con baterías o métodos de almacenamiento adecuados.
La protección del dispositivo también es fundamental. Una instalación submarina debe resistir la presión, la corrosión y la entrada de agua durante largos periodos. Además, la superficie de las placas puede cubrirse de microorganismos y sedimentos, un fenómeno conocido como bioincrustación que reduce la captación de luz y complica el mantenimiento.
De la demostración científica a una tecnología comercial
El hecho de que las células hayan cargado baterías confirma que la electricidad generada puede aprovecharse en un sistema real y no solo medirse en condiciones de laboratorio. Aun así, serán necesarias nuevas pruebas para conocer su durabilidad, su rendimiento durante meses y su comportamiento en distintos tipos de agua.
Otro aspecto pendiente es la estabilidad de las propias células de perovskita. Aunque estos materiales han avanzado con rapidez, su resistencia frente a la humedad, el calor y otros factores ambientales continúa siendo uno de los puntos clave antes de una implantación masiva.
La investigación de la Universidad de Yunnan sitúa a la energía solar submarina como una alternativa con potencial para instalaciones de bajo consumo. No pretende sustituir a las fuentes de energía de los grandes vehículos o infraestructuras marinas, pero sí podría cambiar la forma de alimentar pequeños dispositivos que necesitan funcionar durante semanas o meses sin salir a la superficie.
Si los próximos desarrollos mejoran la protección, la eficiencia y la vida útil de estas células, las placas solares de perovskita podrían convertirse en una herramienta útil para explorar y vigilar los océanos con menos cables, menos intervenciones y una mayor autonomía energética.



