El bienestar digital se convierte en una prioridad para la infancia y la adolescencia
La tecnología forma parte de la vida cotidiana de niños, niñas y adolescentes. Se utiliza para estudiar, comunicarse, entretenerse y descubrir nuevos contenidos, pero también plantea retos relacionados con la privacidad, la seguridad y el equilibrio entre el mundo digital y el presencial.
El informe Infancia, adolescencia y bienestar digital analiza cómo se relacionan las personas menores de edad con las pantallas y los servicios digitales. Elsa Fuente, coordinadora de Unicef Euskadi, ha expuesto sus principales conclusiones y ha subrayado la necesidad de acompañar a la infancia en un entorno que cambia con rapidez.
La tecnología ya no es un elemento aislado
Para las nuevas generaciones, internet y los dispositivos conectados no representan una realidad separada de la vida diaria. Las redes sociales, las plataformas de vídeo, los videojuegos, las aplicaciones de mensajería y las herramientas educativas se integran en sus rutinas desde edades cada vez más tempranas.
Esta presencia ofrece oportunidades importantes. La tecnología facilita el acceso a la información, permite mantener el contacto con familiares y amistades, favorece la creatividad y puede abrir nuevas vías de aprendizaje. También proporciona espacios para expresarse y participar en comunidades con intereses compartidos.
Sin embargo, el uso digital no siempre se produce en condiciones de igualdad. El acceso a dispositivos, la conexión disponible, el acompañamiento familiar y las competencias digitales influyen en la experiencia de cada menor. Por ello, hablar de tecnología implica también abordar la brecha digital y las diferencias sociales.
Más allá del tiempo frente a las pantallas
Uno de los principales mensajes del informe es que el bienestar digital no puede medirse únicamente contando las horas de uso. También es necesario observar qué contenidos se consumen, con quién se interactúa, qué actividades se dejan de realizar y cómo afecta la tecnología al descanso, los estudios y las relaciones personales.
No es lo mismo utilizar un dispositivo para hacer los deberes, mantener una conversación con alguien cercano o crear un proyecto que pasar largos periodos expuesto a contenidos que generan malestar. El contexto, la edad, el nivel de autonomía y las circunstancias de cada niño o adolescente son factores determinantes.
El objetivo no debe ser demonizar las pantallas, sino ayudar a desarrollar una relación saludable con ellas. Esto requiere establecer hábitos equilibrados, respetar los momentos de descanso y garantizar que la actividad digital no sustituya por completo al juego, la actividad física, la conversación o el contacto directo con otras personas.
Privacidad, convivencia y seguridad
La protección de los datos personales es otro de los grandes desafíos. Muchos menores comparten fotografías, vídeos, ubicaciones o información sobre sus gustos sin valorar plenamente las consecuencias. Educar en privacidad significa explicar qué datos conviene proteger, cómo funcionan los permisos y por qué no todo lo que se publica puede controlarse después.
El entorno digital también puede reproducir conflictos presentes en la vida cotidiana. El acoso, la discriminación, la presión del grupo y los discursos de odio pueden trasladarse a redes sociales, chats y plataformas de juego. La prevención exige escuchar a los menores, detectar cambios de comportamiento y actuar con rapidez ante cualquier señal de riesgo.
En este ámbito, las familias y los centros educativos necesitan herramientas prácticas. Las normas deben ser claras, adaptadas a la edad y construidas, siempre que sea posible, mediante el diálogo. Prohibir sin explicar puede dificultar que los menores pidan ayuda cuando se encuentran con un contenido o una situación problemática.
El papel de las familias y la educación
El acompañamiento adulto no consiste únicamente en controlar el uso de los dispositivos. También implica compartir actividades digitales, preguntar por las experiencias en internet y mostrar interés por las aplicaciones y plataformas que utilizan los más jóvenes.
La educación digital debe comenzar antes de que aparezcan los primeros problemas. Aprender a contrastar información, reconocer contenidos engañosos, gestionar la identidad digital y comunicarse con respeto son capacidades esenciales para desenvolverse en la sociedad actual.
Los adultos, además, actúan como referentes. Las normas sobre móviles y pantallas tienen más posibilidades de funcionar cuando se aplican de forma coherente en el hogar y se acompañan de un uso responsable por parte de madres, padres y educadores.
Una responsabilidad compartida
Garantizar el bienestar digital de la infancia no depende exclusivamente de las familias. También requiere la implicación de los centros escolares, las administraciones, las empresas tecnológicas y la sociedad en su conjunto.
Las plataformas deben reforzar la seguridad, ofrecer configuraciones adecuadas para menores y explicar de forma comprensible cómo se utilizan sus datos. A su vez, las políticas públicas deben promover la alfabetización digital, reducir las desigualdades y proteger los derechos de niños, niñas y adolescentes.
La tecnología puede contribuir al desarrollo y al bienestar si se utiliza con criterio, acompañamiento y garantías. El reto no es apartar a la infancia del mundo digital, sino asegurar que pueda participar en él de forma segura, crítica, saludable e igualitaria.



