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La madurez digital de los menores no pasa por alejarlos de la tecnología

El debate sobre el uso de la tecnología durante la infancia ha entrado en una nueva etapa. La Unión Europea prepara y aplica distintas medidas para reforzar la protección de los menores en redes sociales, plataformas digitales y sistemas de inteligencia artificial. Sin embargo, para el consultor tecnológico Mario Yáñez, la solución no debería consistir en apartar a los niños de las pantallas.

“El objetivo no debería ser criar niños alejados de la tecnología, sino conseguir que sea compatible con su infancia para alcanzar una adecuada madurez digital”, explicó Yáñez en La Linterna. Su planteamiento sitúa el foco en la educación, el acompañamiento familiar y el diseño responsable de los servicios digitales.

Europa endurece la protección de los menores en internet

Las instituciones europeas están impulsando nuevas reglas para limitar los riesgos a los que se enfrentan los menores en internet. Entre ellos se encuentran la exposición a contenidos inadecuados, el acoso digital, la recopilación excesiva de datos personales y los mecanismos diseñados para prolongar el tiempo de uso.

La inteligencia artificial añade una nueva dimensión al problema. Estas herramientas ya están presentes en buscadores, redes sociales, aplicaciones educativas y plataformas de entretenimiento. Su capacidad para generar textos, imágenes o respuestas personalizadas obliga a reforzar los controles cuando quienes las utilizan son niños o adolescentes.

El objetivo de la regulación europea es avanzar hacia un entorno digital más seguro y transparente. Para ello, las plataformas deben prestar una atención especial a la edad de sus usuarios, a la privacidad y a la forma en la que sus algoritmos recomiendan contenidos o servicios.

Prohibir no siempre prepara para la vida digital

La restricción absoluta puede ofrecer una sensación inmediata de seguridad, pero no garantiza que los menores aprendan a desenvolverse en internet. La tecnología forma parte de la educación, de las relaciones sociales y del futuro laboral. Por ese motivo, Yáñez defiende una aproximación que combine límites claros con aprendizaje progresivo.

La madurez digital implica saber utilizar una herramienta, pero también comprender sus consecuencias. Un menor debe aprender a identificar una estafa, proteger sus contraseñas, reconocer un contenido manipulado y pedir ayuda cuando una situación se vuelve incómoda o peligrosa.

También necesita entender que no todo lo que aparece en una pantalla es fiable. La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas convincentes y, al mismo tiempo, contener errores, sesgos o información inventada. Desarrollar una mirada crítica será una competencia esencial desde las primeras etapas educativas.

El papel de las familias y los centros educativos

La responsabilidad no puede recaer únicamente en las familias. Los padres y tutores necesitan herramientas para acompañar a los menores, pero también criterios claros sobre privacidad, tiempo de pantalla y uso de redes sociales. Las conversaciones periódicas suelen ser más eficaces que una vigilancia basada solo en castigos.

Establecer normas adaptadas a la edad puede ayudar a crear hábitos saludables. Entre ellas se incluyen definir momentos sin dispositivos, revisar la configuración de privacidad, explicar por qué no se deben compartir determinados datos y acordar qué hacer ante un mensaje ofensivo o una petición sospechosa.

Los colegios e institutos también desempeñan una función decisiva. La educación digital no debería limitarse a enseñar a utilizar programas o plataformas. Debe incluir contenidos sobre identidad digital, desinformación, derechos de los usuarios, ciberseguridad y uso responsable de la inteligencia artificial.

Diseñar servicios pensando en la infancia

La protección de los menores no depende únicamente de su comportamiento. Las empresas tecnológicas tienen que asumir una parte esencial de la responsabilidad. Las plataformas deben evitar patrones de diseño que fomenten un uso compulsivo y ofrecer controles comprensibles para las familias.

También resulta necesario mejorar los sistemas de verificación de edad sin convertirlos en una nueva fuente de recopilación masiva de datos. El reto consiste en comprobar que un usuario es menor o adulto preservando al mismo tiempo su privacidad y evitando crear perfiles innecesarios.

En el caso de la inteligencia artificial, los servicios dirigidos a niños deberían ofrecer respuestas adecuadas a su edad, advertencias cuando exista incertidumbre y mecanismos sencillos para denunciar contenidos problemáticos. La transparencia sobre cómo funcionan estas herramientas será clave para generar confianza.

Una responsabilidad compartida

Las nuevas medidas europeas pueden marcar un punto de inflexión, pero ninguna norma resolverá por sí sola los riesgos de la vida digital. La protección efectiva de los menores exige la colaboración de administraciones, empresas, familias y comunidad educativa.

La propuesta de Mario Yáñez parte de una idea central: la tecnología no tiene por qué competir con la infancia. Puede convivir con el juego, el descanso, las relaciones personales y el aprendizaje si se utiliza con límites razonables y objetivos claros.

La cuestión ya no es decidir si los niños estarán conectados, sino prepararles para que sepan estarlo. Alcanzar una verdadera madurez digital significa acompañarles mientras adquieren autonomía, fomentar el pensamiento crítico y garantizar que las herramientas tecnológicas respeten sus derechos desde el primer momento.

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