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La Guardia Civil alerta de que la radicalización de menores puede comenzar en Primaria a través de los videojuegos

La radicalización de niños y adolescentes puede empezar a edades cada vez más tempranas y encontrar en los videojuegos, los chats y las redes sociales un canal para difundir mensajes de odio. Así lo advirtió el teniente coronel Jairo Torres durante una intervención en la Universidad Católica de Valencia (UCV), donde reclamó una mayor implicación de las familias para detectar conductas de riesgo.

El aviso pone el foco en una realidad que va más allá del contenido de un videojuego concreto. El problema, según explicó, aparece cuando determinados espacios digitales se utilizan para normalizar prejuicios, glorificar la violencia o atraer a menores hacia comunidades que comparten discursos extremistas.

Los mensajes de odio se camuflan entre memes y conversaciones cotidianas

Uno de los principales retos es que la difusión de estas ideas no siempre adopta la forma de un discurso abiertamente radical. En muchas ocasiones se presenta mediante memes, bromas, vídeos breves o mensajes aparentemente inofensivos que circulan por redes sociales, plataformas de comunicación y comunidades vinculadas al ocio digital.

Este tipo de contenidos puede contribuir a banalizar la discriminación y a convertir el insulto o la deshumanización de determinados colectivos en una conducta habitual. La repetición de esos mensajes, unida a la pertenencia a grupos cerrados, puede favorecer que algunos menores asuman como normales ideas que inicialmente les resultaban ajenas.

La Guardia Civil señala que la exposición puede producirse ya durante la etapa de Primaria. A esas edades, los menores empiezan a participar en partidas en línea, utilizar servicios de mensajería y relacionarse con otros usuarios sin que los adultos conozcan siempre el alcance de esas interacciones.

El videojuego no es el problema, sino el entorno digital sin supervisión

Los videojuegos forman parte del ocio habitual de millones de niños y jóvenes y, por sí mismos, no constituyen una vía de radicalización. El riesgo se concentra en el entorno que los rodea: chats de voz, servidores privados, foros, redes sociales y sistemas de comunicación en los que pueden entrar en contacto con desconocidos.

En esos espacios, algunos usuarios pueden aprovechar la confianza o la curiosidad de los menores para introducir contenidos extremistas de forma gradual. La estrategia puede comenzar con humor, retos o conversaciones sobre temas populares y avanzar hacia mensajes de odio, teorías conspirativas o llamadas a romper con el entorno familiar y social.

La prevención exige, por tanto, entender cómo juegan los menores y qué aplicaciones utilizan. No basta con conocer el título del videojuego. También es necesario saber con quién se relacionan, qué canales de comunicación emplean y qué tipo de contenidos comparten.

La supervisión familiar, una herramienta clave de prevención

Durante su intervención, Jairo Torres reclamó una mayor supervisión por parte de las familias. El objetivo no es convertir el hogar en un espacio de vigilancia permanente, sino acompañar a los menores en su actividad digital y establecer unas normas claras adaptadas a su edad.

  • Revisar la configuración de privacidad y los controles parentales de juegos, consolas y aplicaciones.
  • Limitar el contacto con usuarios desconocidos y explicar por qué no deben compartir datos personales.
  • Preguntar de forma habitual por las comunidades y conversaciones en las que participan.
  • Hablar sobre memes, bromas y vídeos que puedan contener insultos, amenazas o mensajes discriminatorios.
  • Observar cambios bruscos en el comportamiento, el lenguaje o las relaciones del menor.

La comunicación resulta especialmente importante. Una prohibición absoluta, sin explicar los motivos, puede llevar al menor a ocultar sus actividades digitales o a trasladarlas a otros dispositivos y cuentas. Frente a ese riesgo, los especialistas apuestan por fomentar la confianza para que pueda pedir ayuda cuando reciba mensajes incómodos o sea presionado por otros usuarios.

Detectar las señales antes de que el problema avance

Entre las señales que pueden requerir atención se encuentran el aislamiento, el abandono repentino de amistades, el uso de un lenguaje más agresivo o la defensa insistente de ideas discriminatorias. También conviene prestar atención a una dependencia creciente de comunidades digitales que el menor evita explicar.

Ninguno de estos indicios demuestra por sí solo que exista un proceso de radicalización. Sin embargo, una acumulación de cambios sí puede justificar una conversación tranquila y, si es necesario, la búsqueda de asesoramiento profesional o la comunicación con los servicios correspondientes.

La alerta trasladada en la UCV subraya que la prevención debe comenzar antes de la adolescencia. Familias, centros educativos, plataformas digitales y cuerpos de seguridad comparten la responsabilidad de proteger a los menores frente a los discursos de odio. En un entorno en el que el ocio, la amistad y la comunicación conviven en una misma pantalla, acompañar a los niños desde sus primeros años digitales se convierte en una medida esencial.

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