Cuando jugar deja de ser ocio: el testimonio de Tomás sobre la adicción a los videojuegos
El uso compulsivo de los videojuegos y de la tecnología puede transformar una actividad de ocio en una rutina difícil de controlar. Para Tomás, esa pérdida de control llegó a convertirse en un problema que mantuvo en secreto durante años y que terminó afectando a distintas áreas de su vida.
Su experiencia refleja una realidad que cada vez más personas se atreven a reconocer: no siempre es fácil distinguir entre disfrutar de los videojuegos y depender de ellos para afrontar el malestar, la soledad o las dificultades del día a día.
Una conducta que fue ocupando todo el espacio
Tomás pasó años luchando en privado contra su relación con la tecnología. El problema no se reducía únicamente al número de horas frente a una pantalla, sino a la sensación de no poder parar incluso cuando jugar o conectarse empezaba a tener consecuencias negativas.
En estos casos, la persona puede posponer responsabilidades, descuidar sus relaciones, alterar sus horarios de sueño o abandonar actividades que antes le resultaban importantes. También puede aparecer irritabilidad cuando no es posible conectarse y una necesidad creciente de utilizar los videojuegos para evadirse.
El aislamiento suele agravar la situación. La vergüenza y el miedo a ser juzgado hacen que muchas personas oculten sus hábitos o resten importancia a lo que les ocurre. Esa dinámica puede retrasar la búsqueda de ayuda y aumentar la sensación de estar atrapado.
El momento de pedir ayuda
La situación de Tomás llegó a un punto extremo. En su relato explica que estuvo a punto de suicidarse, una señal de la intensidad del sufrimiento psicológico que atravesaba. Hablar de ello permite poner el foco en una cuestión esencial: detrás de un uso problemático de la tecnología puede haber una crisis emocional que necesita atención.
La adicción a los videojuegos no debe interpretarse como una falta de voluntad o como un simple problema de disciplina. Puede estar relacionada con ansiedad, depresión, dificultades sociales u otras circunstancias personales. Por eso, la evaluación de un profesional de la salud mental resulta importante para comprender cada caso y determinar el apoyo más adecuado.
Dar el primer paso puede consistir en contárselo a una persona de confianza, solicitar una cita con el médico de familia o acudir directamente a un especialista. Reconocer el problema no implica renunciar para siempre a la tecnología, sino recuperar la capacidad de decidir cómo y cuándo utilizarla.
La creación de una comunidad internacional
Durante su proceso, Tomás encontró apoyo en otras personas que vivían dificultades similares. A partir de esa experiencia contribuyó a crear Adictos a Internet y la Tecnología Anónimos, conocida por sus siglas en inglés, ITAA.
La organización funciona como una comunidad internacional para quienes afrontan un uso compulsivo de internet, los videojuegos, las redes sociales, el móvil u otras formas de tecnología. Su objetivo es ofrecer un espacio de acompañamiento entre iguales, basado en la escucha y en el reconocimiento de experiencias compartidas.
Este tipo de grupos puede ser útil para romper el aislamiento. Escuchar a otras personas hablar de sus problemas ayuda a identificar patrones que a menudo se normalizan: conectarse durante horas, incumplir compromisos, ocultar el tiempo de uso o sentir angustia cuando se intenta reducirlo.
Señales que conviene observar
- Intentar reducir el tiempo de juego o de conexión y no conseguirlo.
- Abandonar estudios, trabajo, descanso o relaciones por permanecer conectado.
- Utilizar los videojuegos o internet como única forma de aliviar el malestar.
- Mentir u ocultar a otras personas cuánto tiempo se pasa frente a la pantalla.
- Sentir irritación, ansiedad o tristeza cuando no se puede jugar o conectarse.
- Continuar con la misma conducta pese a sus consecuencias negativas.
La recuperación no consiste solo en apagar la pantalla
Reducir el uso compulsivo requiere abordar también las causas que lo mantienen. Establecer horarios, recuperar rutinas de sueño, volver a las actividades sociales y limitar progresivamente el acceso pueden formar parte del proceso, pero no sustituyen la atención profesional cuando existe un sufrimiento intenso.
En España, si una persona tiene pensamientos de suicidio o teme no poder mantenerse a salvo, puede llamar al 024, disponible para atender la conducta suicida, o al 112 si existe una emergencia inmediata. También es importante no quedarse a solas y avisar cuanto antes a alguien de confianza.
La historia de Tomás muestra que pedir ayuda es posible incluso después de años de silencio. La tecnología puede recuperar su lugar como herramienta o entretenimiento, pero el primer paso consiste en reconocer que el problema existe y buscar apoyo sin esperar a que la situación empeore.



