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Los videojuegos pueden ser un antídoto contra las ideologías dominantes

Los videojuegos han dejado de ser únicamente una forma de entretenimiento para convertirse en uno de los grandes lenguajes culturales del siglo XXI. A través de sus reglas, sus mundos y las decisiones que plantean al jugador, también pueden servir para analizar la sociedad, cuestionar sus valores y ensayar formas distintas de entender el futuro.

Esta es una de las ideas que defiende el filósofo y diseñador de videojuegos Stefano Gualeni, que lleva años estudiando la relación entre pensamiento filosófico y diseño interactivo. Su planteamiento parte de una premisa sencilla, pero de enorme alcance: jugar no consiste solo en observar una historia, sino en actuar dentro de un sistema y aprender cómo funciona.

Precisamente ahí reside el potencial crítico del medio. Un videojuego no se limita a presentar un discurso cerrado. Obliga a tomar decisiones, asumir consecuencias y comprender las reglas que organizan su universo. Esa experiencia puede revelar que muchas de las estructuras que parecen naturales o inevitables son, en realidad, construcciones modificables.

Aprender a pensar a través de las reglas

En una película o en una novela, el público acompaña a los personajes y recibe una narración que ya ha sido ordenada. En un videojuego, en cambio, el jugador debe interactuar con las condiciones que propone la obra. Tiene que identificar objetivos, interpretar límites y descubrir qué comportamientos son premiados o castigados.

Ese proceso convierte a los videojuegos en una herramienta especialmente interesante para entrenar el pensamiento crítico. Cada título transmite una determinada visión del mundo, incluso cuando no pretende hacerlo de manera explícita. La economía de sus recursos, la organización de sus espacios o la forma de representar el éxito pueden reproducir ideas dominantes, pero también ponerlas en duda.

Para Gualeni, el diseño de un videojuego tiene una dimensión filosófica porque construye modelos de realidad. Una sociedad virtual puede organizarse en torno a la acumulación, la competencia y el crecimiento constante, pero también puede experimentar con la cooperación, el cuidado o la renuncia a la productividad como medida de todas las cosas.

Capitalismo, consumo y libertad

La crítica al capitalismo ocupa un lugar central en esta reflexión. Muchos videojuegos reproducen lógicas muy reconocibles del sistema económico: conseguir más recursos, mejorar las capacidades del personaje, ampliar el territorio y superar a los rivales. Estas mecánicas resultan eficaces y entretenidas, pero también normalizan una determinada idea del progreso.

El problema no está en que un juego incluya dinero, comercio o competición, sino en que esas fórmulas aparezcan como las únicas maneras posibles de avanzar. Cuando la recompensa siempre está ligada a acumular, conquistar o producir, el videojuego puede terminar presentando la ideología dominante como si fuera una ley de la naturaleza.

Sin embargo, el medio también puede invertir esas expectativas. Hay experiencias que convierten la escasez en una cuestión moral, que obligan a valorar el tiempo por encima de los objetos o que muestran el coste humano de perseguir un crecimiento ilimitado. En esos casos, jugar permite comprender un problema desde dentro, no solo recibir una explicación sobre él.

Distopías para imaginar otros futuros

Las distopías ocupan un espacio privilegiado dentro del videojuego contemporáneo. Sus ciudades devastadas, sus gobiernos autoritarios y sus sociedades controladas funcionan como advertencias sobre el presente. Pero una distopía no tiene por qué limitarse a representar un futuro oscuro: también puede ayudar a identificar las decisiones que conducen hasta él.

La interactividad añade una capa de responsabilidad que otros medios no siempre pueden ofrecer. El jugador no contempla únicamente las consecuencias de una crisis, sino que participa en un sistema que las produce. A veces puede modificarlo; en otras ocasiones, descubre que las opciones disponibles están deliberadamente limitadas.

Esta tensión entre libertad y control conecta directamente con algunas preguntas clásicas de la filosofía: qué significa elegir, hasta qué punto somos responsables de nuestros actos y si existe una salida cuando todas las alternativas forman parte del mismo sistema.

El existencialismo detrás de la pantalla

El existencialismo también encuentra en los videojuegos un terreno fértil. Muchos títulos sitúan al jugador ante mundos sin respuestas definitivas, personajes que deben construir un sentido propio y decisiones que no pueden resolverse mediante una opción completamente correcta.

En lugar de ofrecer certezas, estas obras plantean preguntas. ¿Qué merece la pena proteger? ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar? ¿Puede una acción ser justa si sus consecuencias son imprevisibles? La posibilidad de experimentar con estas cuestiones convierte al videojuego en un espacio de reflexión, pero también de incertidumbre.

La clave está en que el jugador no analiza esas ideas desde la distancia. Las atraviesa mediante la acción. Fracasar, repetir una estrategia o aceptar una pérdida son experiencias que pueden generar una comprensión distinta de conceptos como responsabilidad, identidad o libertad.

Un lenguaje cultural con capacidad transformadora

Considerar los videojuegos como un lenguaje cultural implica prestar atención tanto a sus historias como a sus mecánicas. No basta con examinar los diálogos o la estética de una obra: también hay que preguntarse qué comportamientos fomenta, qué relaciones de poder representa y qué formas de vida considera deseables.

Por eso, el futuro del medio no depende solo de avances tecnológicos o de gráficos más realistas. También está ligado a su capacidad para ampliar las experiencias que ofrece y para imaginar sociedades alejadas de las fórmulas habituales. Los videojuegos pueden ser productos comerciales, pero no están condenados a reproducir sin cambios las ideas del mercado.

Cuando se diseñan con intención crítica, pueden abrir un espacio para pensar contra la corriente. No proporcionan respuestas automáticas ni sustituyen a la reflexión política, pero sí permiten ensayar alternativas, detectar contradicciones y mirar el presente desde perspectivas poco habituales.

En una época marcada por la crisis climática, la desigualdad y la incertidumbre tecnológica, esa capacidad resulta especialmente valiosa. Los videojuegos no solo cuentan cómo es el mundo: también permiten probar cómo podría ser. Y en esa posibilidad de imaginar otros futuros puede encontrarse uno de sus mayores poderes culturales.

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