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Los menores de 14 años no están preparados para las redes sociales, según la experta Laura Cuesta

Más de la mitad de los padres reconoce sentirse presionado para entregar el primer móvil a sus hijos. La sensación de que todos sus compañeros ya tienen uno, la necesidad de estar localizables y el temor a que se queden atrás alimentan una decisión que muchas familias afrontan antes de sentirse preparadas.

Para Laura Cuesta, especialista en tecnología y docente, el debate no debería centrarse únicamente en la edad de acceso al teléfono. La cuestión clave es determinar para qué necesita el menor un dispositivo, qué uso va a hacer de él y qué acompañamiento recibirá en casa. En este contexto, considera que los menores de 14 años no están preparados para utilizar redes sociales con la autonomía y el criterio necesarios.

La presión social acelera la llegada del primer móvil

La decisión de comprar un teléfono suele estar condicionada por el entorno. Cuando varios compañeros de clase ya cuentan con uno, las familias pueden interpretar que sus hijos también lo necesitan para integrarse, comunicarse o participar en planes cotidianos.

Sin embargo, esa presión no siempre responde a una necesidad real. En muchos casos, el primer móvil llega para facilitar los desplazamientos, permitir llamadas o mejorar la comunicación familiar, pero acaba convirtiéndose en una puerta de entrada a aplicaciones, videojuegos, vídeos y redes sociales.

La diferencia entre disponer de un teléfono y tener acceso ilimitado a internet es fundamental. Un dispositivo básico para llamadas y mensajería controlada no plantea los mismos riesgos que un móvil con redes sociales, navegador abierto y numerosas aplicaciones instaladas.

Un móvil no implica madurez digital

La edad puede servir como referencia, pero no determina por sí sola la capacidad de un menor para gestionar la tecnología. La madurez digital exige comprender aspectos como la privacidad, la permanencia de los contenidos, el contacto con desconocidos o las consecuencias de compartir imágenes y datos personales.

También requiere saber identificar situaciones de presión, publicidad encubierta, contenidos manipulados y posibles intentos de engaño. Estas habilidades no aparecen automáticamente cuando el niño cumple años. Se desarrollan con educación, conversación y acompañamiento continuado.

En el caso de las redes sociales, el reto es mayor porque las plataformas están diseñadas para captar y mantener la atención. Las notificaciones, las recomendaciones automáticas y la comparación constante con otras personas pueden afectar al descanso, al rendimiento escolar y a la percepción que los menores tienen de sí mismos.

Redes sociales y primer móvil: dos decisiones distintas

Una de las claves para las familias consiste en no plantear el acceso al móvil y a las redes sociales como un único paquete. Es posible que un adolescente necesite comunicarse con sus padres sin que por ello esté preparado para abrir perfiles públicos o utilizar plataformas con sistemas de recomendación.

  • Primer móvil: puede limitarse inicialmente a llamadas, contactos familiares y funciones esenciales.
  • Aplicaciones: conviene instalarlas de forma progresiva y revisar sus permisos.
  • Redes sociales: deben abordarse más adelante, con normas claras y supervisión.
  • Privacidad: nunca deberían compartirse datos personales, ubicación o imágenes sin valorar las consecuencias.
  • Tiempo de uso: es recomendable establecer horarios y zonas de la casa libres de pantallas.

El acompañamiento familiar es más importante que el control

Las herramientas de control parental pueden ayudar a limitar horarios, bloquear descargas o conocer qué aplicaciones utiliza un menor. No obstante, por sí solas no sustituyen la educación digital. Un sistema de restricciones puede reducir determinados riesgos, pero no enseña a actuar cuando aparece un mensaje amenazante, una petición de fotografías o un contenido perturbador.

Por eso, las familias deberían mantener conversaciones frecuentes y concretas. En lugar de limitarse a advertencias generales, es más útil plantear ejemplos: qué hacer si un desconocido escribe, cómo reaccionar ante una imagen ofensiva o a quién pedir ayuda si algo genera incomodidad.

La especialista también pone el foco en el ejemplo de los adultos. Los menores observan cómo utilizan sus padres el teléfono, si interrumpen una conversación para consultar una notificación o si mantienen el móvil durante las comidas. Las normas familiares tienen más posibilidades de funcionar cuando se aplican de forma coherente a todos.

Preparar la llegada del dispositivo

Antes de entregar el primer móvil, las familias pueden acordar un pequeño contrato de uso. Este documento debería recoger los horarios, las aplicaciones permitidas, las condiciones para instalar nuevos servicios y las pautas ante un problema.

También es conveniente explicar que el teléfono no es completamente privado durante las primeras etapas. La supervisión debe ser proporcional, transparente y orientada a proteger, no a espiar. A medida que el menor demuestre responsabilidad, podrá ganar autonomía.

La conclusión de Cuesta apunta a una idea sencilla: no se trata de entregar un móvil porque lo tenga todo el mundo, sino de valorar si el menor está preparado para utilizarlo. Retrasar el acceso a las redes sociales, ofrecer alternativas de comunicación y acompañar cada paso puede ayudar a reducir riesgos sin convertir la tecnología en un motivo permanente de conflicto familiar.

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