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Adicción a los videojuegos y grupos peligrosos en internet: señales que los padres deben detectar cuanto antes

Un uso intensivo de los videojuegos no implica necesariamente una adicción. Sin embargo, cuando el juego empieza a afectar al sueño, los estudios, las relaciones familiares o el estado de ánimo, conviene actuar. El riesgo aumenta si, además, el menor entra en comunidades online donde se normalizan la violencia, las autolesiones, los retos peligrosos, el acoso o el contacto con adultos que intentan ganarse su confianza.

La facilidad de acceso desde un móvil, una consola o un ordenador hace que estas interacciones puedan producirse fuera de la supervisión familiar. Por eso, más que centrarse únicamente en el número de horas frente a la pantalla, los padres deben observar qué hace el menor, con quién se relaciona y cómo cambia su comportamiento.

Las señales de alarma más importantes

Una de las primeras pistas es la pérdida de control. El niño o adolescente no consigue reducir el tiempo de juego, se enfada de forma desproporcionada cuando se le pide que pare o abandona actividades que antes disfrutaba. También puede intentar jugar a escondidas, mentir sobre las horas conectadas o utilizar varios dispositivos para seguir online.

  • Alteraciones del sueño, cansancio constante o quedarse despierto jugando.
  • Descenso repentino del rendimiento escolar y falta de concentración.
  • Descuido de la higiene, la alimentación o las responsabilidades diarias.
  • Aislamiento de amigos y familiares fuera de internet.
  • Cambios bruscos de humor, irritabilidad, ansiedad o apatía.
  • Gastos no autorizados en juegos, aplicaciones o plataformas digitales.
  • Uso de cuentas secretas, contraseñas ocultas o dispositivos desconocidos.

Estas conductas no demuestran por sí solas la existencia de una adicción. Pueden estar relacionadas con estrés, acoso escolar, problemas emocionales u otras dificultades. Lo importante es valorar su duración, intensidad y repercusión en la vida cotidiana.

Indicadores de contacto con grupos perjudiciales

El contacto con una comunidad peligrosa puede reflejarse en un secretismo repentino. El menor cambia de aplicación, cierra rápidamente las pantallas cuando alguien se acerca o se pone nervioso al hablar de sus compañeros de juego. También puede recibir mensajes a todas horas, utilizar expresiones nuevas o mostrar interés por contenidos extremos que antes no formaban parte de sus conversaciones.

Hay que prestar especial atención si aparecen peticiones de fotografías, datos personales, ubicación, dinero o videollamadas privadas. También resulta preocupante que alguien le ofrezca regalos, le prometa una relación exclusiva, le amenace con publicar información o le presione para mantener el contacto en secreto.

Otros signos incluyen lesiones que el menor no sabe explicar, miedo intenso a perder el acceso a una cuenta, cambios radicales en la forma de vestir o hablar y mensajes relacionados con autolesiones, suicidio, violencia o retos de alto riesgo. Ante estas señales, la prioridad debe ser la seguridad, no el castigo.

Cómo actuar sin romper la comunicación

La primera conversación debe realizarse en un momento tranquilo. Es preferible preguntar qué juegos utiliza, con quién habla y cómo se siente, en lugar de comenzar con reproches o amenazas. Frases como quiero entender lo que está pasando o puedes contármelo sin miedo a que te castiguen favorecen que el menor comparta información.

Los padres deben evitar ridiculizar sus amistades online o presentar todos los videojuegos como una amenaza. Si el niño teme que le retiren inmediatamente el móvil o la consola, puede ocultar todavía más lo que ocurre. Esto no significa permitir cualquier conducta, sino combinar límites claros con una escucha activa.

Si existe acoso, chantaje o contacto sospechoso, conviene conservar capturas de pantalla, nombres de usuario, enlaces, fechas y cualquier dato relevante. No hay que responder a las amenazas ni negociar con quien intenta manipular al menor. Después, se debe bloquear y denunciar la cuenta en la plataforma correspondiente, siempre que hacerlo no elimine pruebas importantes.

Medidas prácticas para recuperar el control

La familia puede acordar horarios de juego, pausas, zonas comunes para utilizar los dispositivos y normas sobre compras, chats de voz y solicitudes de amistad. Los controles parentales ayudan a limitar contenidos y gastos, pero no sustituyen la conversación ni la supervisión. También es recomendable revisar juntos la configuración de privacidad y activar la verificación en dos pasos.

El objetivo no debe ser únicamente reducir horas, sino recuperar el equilibrio. Dormir bien, mantener la actividad física, conservar el contacto presencial y reservar tiempo para los estudios y la familia son elementos esenciales. Si el conflicto se repite o el menor no puede dejar de jugar pese a las consecuencias, es aconsejable consultar con el pediatra, el centro educativo o un profesional de salud mental especializado en infancia y adolescencia.

Cuándo pedir ayuda urgente

La intervención debe ser inmediata si hay amenazas, extorsión sexual, envío de imágenes íntimas, encuentros presenciales con desconocidos, violencia, autolesiones o ideas de suicidio. En España, ante un peligro inmediato, se debe llamar al 112. Si existe riesgo de autolesión, también puede contactarse con el 024 y solicitar orientación profesional.

Detectar pronto estas señales permite proteger al menor sin convertir el videojuego en el único culpable. La clave es observar los cambios, mantener abierto el diálogo y actuar con rapidez cuando la actividad online deja de ser ocio y empieza a poner en riesgo su bienestar.

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