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La tecnología no puede quedar fuera del aula en Secundaria: el reto es aprender a usarla

La incorporación de la tecnología en la educación no debería resolverse prohibiendo su uso, sino enseñando a los alumnos a manejarla con criterio. Esa es la idea que defiende Barrionuevo, quien considera que los centros educativos tienen la responsabilidad de preparar a los estudiantes para una realidad digital que ya forma parte de su vida cotidiana.

“No podemos negar la tecnología a los alumnos a partir de Secundaria, pero hay que enseñarlos”, sostiene. La frase resume uno de los principales desafíos de la educación actual: encontrar el equilibrio entre el aprovechamiento de las herramientas digitales y la prevención de sus riesgos, desde la distracción hasta la desinformación o el uso inadecuado de los dispositivos.

Educar para un uso responsable de las pantallas

El debate sobre la presencia de móviles, tabletas y ordenadores en los centros suele plantearse en términos de permiso o prohibición. Sin embargo, la formación tecnológica exige una perspectiva más amplia. Los alumnos necesitan aprender a proteger sus datos, identificar contenidos falsos, gestionar su tiempo de conexión y utilizar internet como un recurso para investigar, crear y colaborar.

En este contexto, la escuela no solo debe transmitir conocimientos académicos. También tiene que ofrecer herramientas para desenvolverse en una sociedad en la que las relaciones personales, el acceso a la información y buena parte de las futuras profesiones estarán vinculados al entorno digital.

La enseñanza de la tecnología, por tanto, no consiste únicamente en aprender a utilizar una aplicación o una plataforma. Incluye desarrollar pensamiento crítico, comprender cómo funcionan los algoritmos y adquirir hábitos saludables frente a las pantallas. También implica saber cuándo una herramienta digital aporta valor y cuándo puede convertirse en una fuente de interrupciones o dependencia.

Un alumnado cada vez más internacional en Málaga

Barrionuevo también destaca la transformación social que está experimentando Málaga. El perfil de los hijos de las familias extranjeras que llegan a la provincia representa una parte cada vez mayor del alumnado de Novaschool, una evolución que refleja el atractivo de la ciudad para profesionales, emprendedores y familias procedentes de otros países.

Esta diversidad introduce nuevas necesidades en las aulas, pero también amplía las oportunidades de aprendizaje. La convivencia entre estudiantes con distintos idiomas, culturas y experiencias permite trabajar competencias como la adaptación, la comunicación intercultural y la apertura a diferentes formas de entender el mundo.

Para los centros educativos, el reto pasa por dar una respuesta que combine integración y personalización. Las familias que se trasladan a Málaga pueden tener expectativas diferentes sobre la enseñanza, los idiomas, la relación con el colegio o el uso de la tecnología. Atender esa pluralidad requiere modelos educativos flexibles y una comunicación constante con el entorno familiar.

La innovación educativa va más allá de los dispositivos

La presencia de ordenadores o pizarras digitales no garantiza por sí sola una educación innovadora. La transformación depende de cómo se incorporan esos recursos al proyecto pedagógico y de la preparación del profesorado para sacarles partido.

Una tecnología bien integrada puede facilitar el aprendizaje personalizado, permitir que los alumnos avancen a ritmos distintos y ofrecer nuevas formas de presentar los contenidos. También puede favorecer el trabajo por proyectos, la colaboración entre grupos y el acceso a materiales en varios idiomas, una posibilidad especialmente relevante en comunidades escolares internacionales.

Pero la digitalización debe convivir con competencias que siguen siendo esenciales: la lectura profunda, la escritura, la capacidad de concentración, el razonamiento matemático y la interacción cara a cara. El objetivo no es sustituir las metodologías tradicionales por pantallas, sino seleccionar en cada momento el recurso más adecuado para alcanzar los objetivos de aprendizaje.

Familias y colegios, una responsabilidad compartida

La educación digital tampoco puede recaer exclusivamente en los centros. Las familias desempeñan un papel decisivo a la hora de establecer límites, acompañar a los menores y hablar con ellos sobre los contenidos que consumen y las relaciones que mantienen en internet.

Ese acompañamiento resulta especialmente importante durante la adolescencia, cuando los estudiantes ganan autonomía y comienzan a utilizar las redes sociales y otras plataformas con mayor intensidad. Prohibir sin explicar puede desplazar el problema fuera del aula; educar permite que los jóvenes tomen decisiones más seguras y responsables.

La propuesta pasa por construir una cultura digital compartida, con normas claras y adaptadas a la edad. Entre las prioridades figuran la privacidad, la convivencia en línea, el respeto a los demás y la identificación de posibles situaciones de acoso o manipulación.

Preparar a los alumnos para una sociedad en cambio

La expansión de la tecnología y la llegada de nuevas familias a Málaga plantean a los colegios el desafío de evolucionar al mismo ritmo que su comunidad. La escuela del futuro tendrá que ser digital, pero también humana, inclusiva y capaz de atender a alumnos con trayectorias muy diversas.

La clave, como plantea Barrionuevo, no está en apartar la tecnología de las aulas, sino en convertirla en un objeto de aprendizaje. Enseñar a utilizarla con criterio permitirá que los estudiantes no sean únicamente consumidores de contenidos, sino ciudadanos capaces de crear, analizar y participar de forma responsable en la sociedad digital.

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