Antoni Vera reclama regular la inteligencia artificial en las aulas y limitar el uso indiscriminado de la tecnología
El conseller de Educació, Antoni Vera, considera necesario establecer reglas claras para el uso de la inteligencia artificial en los centros educativos. Su planteamiento parte de una idea central: la tecnología no debe convertirse en una herramienta válida para cualquier actividad de aprendizaje, especialmente cuando están en juego competencias básicas como la comprensión lectora y el dominio de las lenguas.
La reflexión llega después de los malos resultados obtenidos en las pruebas PISA, que han vuelto a poner el foco sobre el nivel del alumnado en lectura. Para Vera, estos datos obligan a revisar cómo se enseña y qué papel ocupan las pantallas dentro del aula, en lugar de asumir que una mayor presencia de dispositivos equivale automáticamente a una mejor educación.
La inteligencia artificial necesita límites en los centros
El responsable político defiende que la inteligencia artificial debe incorporarse al sistema educativo de manera ordenada y con criterios pedagógicos. La expansión de herramientas capaces de generar textos, resumir contenidos o responder preguntas plantea nuevas oportunidades, pero también riesgos para el aprendizaje autónomo.
Uno de los principales desafíos consiste en evitar que el alumnado delegue en la tecnología tareas que debería realizar por sí mismo. Si una aplicación redacta, interpreta o resuelve ejercicios sin que el estudiante comprenda el proceso, el resultado puede ser inmediato, pero no necesariamente educativo.
Por este motivo, la regulación de la IA en educación debería aclarar qué usos son adecuados, en qué etapas pueden aplicarse y bajo qué supervisión. También tendría que ofrecer garantías sobre la privacidad de los menores, el tratamiento de sus datos y la responsabilidad de los centros cuando se utilizan servicios digitales.
La posición de Vera no plantea rechazar la innovación tecnológica, sino situarla al servicio de los objetivos educativos. La herramienta debe adaptarse a la enseñanza y no sustituirla. En este marco, el profesorado mantiene un papel esencial para seleccionar recursos, comprobar la calidad de las respuestas y acompañar al alumnado.
Revisar el papel de las pantallas para mejorar la comprensión lectora
El debate también se extiende al uso de las pantallas en clase. La presencia de ordenadores, tabletas y otros dispositivos se ha normalizado en los centros, pero su utilidad depende de cómo se empleen y de la actividad que se realice con ellos.
En materias relacionadas con la lectura y las lenguas, el conseller apuesta por cambiar el enfoque. La pantalla puede facilitar el acceso a contenidos y recursos interactivos, aunque no siempre favorece la concentración, la lectura profunda o la asimilación pausada de un texto.
La comprensión lectora exige identificar ideas, interpretar significados, relacionar información y elaborar una opinión propia. Son procesos que pueden verse perjudicados cuando el aprendizaje se basa en contenidos breves, estímulos constantes o respuestas rápidas.
Por ello, la revisión del uso de dispositivos debería tener en cuenta el propósito de cada actividad. No se trata de establecer una oposición entre papel y pantalla, sino de decidir cuándo conviene utilizar cada soporte y qué método ayuda mejor a alcanzar los objetivos de la clase.
Los resultados de PISA reabren el debate educativo
Los resultados de PISA han servido como señal de alerta sobre la evolución de las competencias del alumnado. Aunque estas evaluaciones no explican por sí solas todos los problemas del sistema, sí permiten detectar dificultades en áreas fundamentales y comparar tendencias entre distintos territorios y países.
La comprensión lectora ocupa una posición especialmente relevante porque afecta al rendimiento en el resto de asignaturas. Un estudiante que tiene dificultades para entender un enunciado también puede encontrar más obstáculos en matemáticas, ciencias o materias humanísticas.
La mejora, por tanto, requiere una estrategia que vaya más allá de introducir nuevas aplicaciones. Reforzar la lectura, trabajar el vocabulario, dedicar tiempo a la expresión escrita y fomentar la capacidad de argumentar forman parte de una respuesta educativa que no depende únicamente de la tecnología.
Más criterio pedagógico y menos automatismo digital
El planteamiento del conseller abre una discusión sobre el modelo de digitalización de las aulas. Durante los últimos años, muchos centros han incorporado dispositivos con la expectativa de modernizar la enseñanza, pero la experiencia muestra que la innovación tecnológica necesita planificación y evaluación.
La cuestión no es cuántas pantallas hay en un aula, sino qué aprenden los alumnos con ellas. Una herramienta digital puede ser útil para investigar, practicar una lengua o acceder a materiales adaptados, pero pierde sentido si se utiliza como sustituto de la lectura, la conversación o el trabajo intelectual.
En este contexto, regular la inteligencia artificial y revisar el uso de las pantallas aparecen como dos medidas vinculadas. Ambas persiguen preservar el aprendizaje esencial y garantizar que la tecnología contribuya a formar estudiantes más autónomos, críticos y capaces de comprender lo que leen.
El reto para el sistema educativo será encontrar un equilibrio entre innovación y prudencia. La IA y los recursos digitales ya forman parte de la realidad del alumnado, pero su incorporación debe responder a una decisión educativa consciente, con objetivos definidos y con el acompañamiento de docentes y familias.


