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Bill Gates alerta de una transición hacia la era de la IA más turbulenta que muchas revoluciones históricas

Bill Gates considera que la sociedad no está preparada para el impacto de la inteligencia artificial. El cofundador de Microsoft advierte de que sus beneficios y sus riesgos llegarán prácticamente al mismo tiempo, sin dejar un periodo suficiente para que empresas, trabajadores y gobiernos se adapten.

En su análisis, Gates sostiene que la inteligencia artificial puede convertirse en una de las herramientas más poderosas para reducir desigualdades, pero también en una fuente inédita de injusticia. A su juicio, el resultado dependerá menos de la tecnología que de las decisiones políticas que se tomen durante los próximos años.

Una revolución que avanza más rápido que las instituciones

El principal problema, según Gates, es la falta de un plan global para gestionar una transformación que afecta simultáneamente al empleo, la educación, la sanidad, la fiscalidad, la energía y la seguridad. Ni los gobiernos ni las grandes organizaciones internacionales cuentan con una estructura diseñada para coordinar todos estos ámbitos.

La inteligencia artificial engloba sistemas capaces de analizar grandes cantidades de información, generar texto, imágenes o código y tomar decisiones a partir de patrones. Los modelos generativos, como los asistentes conversacionales, ya están entrando en oficinas, centros educativos y servicios públicos, mientras su evolución continúa a gran velocidad.

Gates cree que la falta de preparación es especialmente preocupante porque no se trata de una transición tecnológica convencional. La automatización no solo amenaza tareas manuales o repetitivas, sino también actividades que requieren redactar, investigar, programar, diagnosticar o tomar decisiones basadas en el conocimiento.

Sanidad, agricultura y educación, entre las áreas con mayor potencial

El cofundador de Microsoft identifica importantes oportunidades en sectores esenciales. En sanidad, la IA puede ayudar a detectar enfermedades antes, acelerar el análisis de pruebas médicas y mejorar la distribución de recursos. En agricultura, puede optimizar el uso del agua, anticipar plagas y aumentar el rendimiento de los cultivos.

La educación también podría beneficiarse de asistentes capaces de adaptar las explicaciones al ritmo de cada estudiante. En los servicios públicos, estas herramientas podrían agilizar trámites y facilitar el acceso a prestaciones, especialmente para personas con menos recursos o dificultades para desenvolverse ante la Administración.

Sin embargo, estos avances no están garantizados. La calidad de los resultados depende de los datos con los que se entrenan los sistemas y de la supervisión humana. Un modelo de IA puede reproducir sesgos, inventar información o cometer errores con una apariencia de seguridad que dificulte detectarlos.

Tres riesgos que requieren una respuesta inmediata

  • Destrucción y transformación del empleo: numerosas tareas podrían automatizarse, obligando a millones de trabajadores a cambiar de profesión o adquirir nuevas competencias.
  • Mayor capacidad para causar daños: los delincuentes pueden utilizar la IA para crear fraudes más convincentes, lanzar ciberataques, producir desinformación o fabricar contenidos falsos a gran escala.
  • Impacto en el desarrollo de los jóvenes: una dependencia excesiva de los sistemas automáticos podría afectar al aprendizaje, las relaciones sociales y la capacidad de formar un criterio propio.

La preocupación por el empleo ocupa un lugar central en el planteamiento de Gates. La anterior transformación de Estados Unidos, que pasó de una economía principalmente agrícola a otra basada en fábricas y oficinas, se prolongó durante generaciones. Además, creó nuevos puestos en los que el juicio humano seguía siendo imprescindible.

La IA, en cambio, puede poner en cuestión precisamente algunas de esas capacidades intelectuales. Aunque también generará profesiones nuevas, la velocidad del cambio podría superar la capacidad de los sistemas educativos y del mercado laboral para recolocar a quienes pierdan su puesto.

La propuesta de gravar la automatización

Gates vuelve a defender la posibilidad de establecer impuestos sobre la inteligencia artificial o sobre los sistemas automatizados. Ya planteó una idea similar en 2017, cuando propuso un impuesto a los robots, pero la propuesta no prosperó y recibió críticas por considerar que podía frenar la innovación.

Su argumento parte de una diferencia del sistema fiscal actual: contratar a una persona implica pagar cotizaciones e impuestos asociados al salario, mientras que la adquisición de una máquina puede contabilizarse como una inversión o un gasto amortizable. Esta situación, en su opinión, favorece la sustitución de trabajadores sin compensar adecuadamente sus efectos sociales.

Un impuesto de este tipo podría utilizarse para financiar la formación profesional, reforzar los servicios públicos o sostener ayudas para quienes necesiten cambiar de sector. No obstante, su aplicación plantea dificultades: habría que determinar qué cuenta como IA, medir su impacto real y evitar que las empresas trasladen sus operaciones a países con una regulación más permisiva.

Formación, protección social y cooperación internacional

La respuesta que propone Gates se apoya en tres líneas de acción. La primera consiste en preparar a los trabajadores mediante educación continua y programas de reciclaje profesional. No bastaría con enseñar a utilizar herramientas de IA; también habría que reforzar las capacidades humanas que permiten supervisarlas y cuestionar sus resultados.

La segunda pasa por adaptar la fiscalidad y la protección social para repartir mejor los beneficios de la automatización. La transición debería incluir ayudas temporales, acceso a formación y mecanismos que impidan que el aumento de productividad se concentre únicamente en las grandes empresas tecnológicas.

La tercera es establecer una cooperación internacional más sólida. Gates considera especialmente importante que Estados Unidos y China, las dos potencias con mayor capacidad e incentivos para desarrollar IA, encuentren espacios de colaboración en seguridad, estándares y control de usos peligrosos.

El reto es considerable porque ambos países compiten por el liderazgo tecnológico y económico. Aun así, la ausencia de reglas comunes puede provocar una carrera por desplegar sistemas cada vez más potentes sin garantías suficientes para la población.

Una transición que exige decisiones políticas

La advertencia de Gates no implica rechazar la inteligencia artificial, sino asumir que su despliegue no será neutral. Las mismas herramientas que pueden mejorar un diagnóstico médico pueden utilizarse para discriminar, manipular información o eliminar empleos sin alternativas.

La cuestión, por tanto, no es si la IA transformará la economía y la sociedad, sino quién decidirá cómo se produce ese cambio y quién se beneficiará de él. Para Gates, actuar cuando los efectos ya sean irreversibles sería demasiado tarde. La preparación, la regulación y la cooperación deberán avanzar al mismo ritmo que la tecnología.

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