El Vaticano recurre a un detector de IA para demostrar que su encíclica sobre inteligencia artificial fue escrita por humanos
La Iglesia católica se ha visto envuelta en una paradoja difícil de imaginar hace solo unos años: el Vaticano, que acaba de publicar una encíclica dedicada a los riesgos de la inteligencia artificial, ha contratado a una empresa especializada para certificar que el documento no fue redactado por una máquina.
El texto, titulado Magnifica Humanitas —Magnífica Humanidad—, está firmado por el papa León XIV el 15 de mayo de 2026 y fue publicado diez días después. Con unas 43.000 palabras, aborda el impacto de la automatización en el trabajo, la concentración del poder tecnológico y la necesidad de limitar los usos más perjudiciales de la IA.
Una acusación basada en probabilidades
La controversia comenzó cuando un investigador identificado como Zhang analizó la encíclica con Pangram, una herramienta utilizada para estimar si un texto presenta patrones propios de los sistemas de generación automática. Algunas secciones obtuvieron porcentajes de probabilidad de autoría artificial superiores a los registrados en encíclicas anteriores.
El análisis llegó incluso a plantear que el modelo empleado podía ser Claude, la familia de sistemas desarrollada por Anthropic. La hipótesis no aportaba una prueba directa, pero bastó para abrir un debate sobre la autenticidad del documento y sobre la fiabilidad de las herramientas que intentan detectar textos generados por IA.
Christopher Hale, editor y escritor vinculado a la elaboración del documento, rechazó la acusación desde la cuenta oficial del Vaticano en X. Según explicó, el primer borrador de la encíclica fue escrito literalmente a mano, con papel y bolígrafo.
Una certificación de autoría humana
La Santa Sede decidió reforzar esa respuesta y recurrió a Proudly Human, una empresa que certifica si un documento presenta rasgos compatibles con una elaboración humana. Su método no se limita a analizar el texto cuestionado: compara el documento con una colección de escritos y discursos previos del autor.
El procedimiento también exige que el solicitante firme una declaración en la que confirma que ninguna herramienta de IA generó el borrador inicial ni redactó frases o párrafos del resultado final. Tras completar el análisis, la empresa concluyó que la encíclica era íntegramente de autoría humana.
El proceso encierra una ironía evidente. Proudly Human utiliza varias herramientas de inteligencia artificial para examinar patrones de escritura, elecciones gramaticales y características estilísticas. Es decir, la defensa del texto humano se apoyó, al menos parcialmente, en sistemas automatizados similares a los que habían alimentado la sospecha inicial.
Los detectores de IA no ofrecen certezas
Los detectores de inteligencia artificial no identifican una firma inequívoca de una máquina. Funcionan mediante modelos estadísticos que calculan hasta qué punto determinadas palabras, estructuras o ritmos se parecen a los que suelen producir los grandes modelos de lenguaje.
Estos sistemas pueden confundir una prosa humana muy regular, formal o revisada con un texto generado automáticamente. También pueden no detectar un contenido creado por IA si ha sido editado, parafraseado o combinado con material escrito por una persona.
La principal limitación es que el resultado se expresa como una probabilidad, no como una prueba forense. Un porcentaje elevado indica que un texto comparte determinados patrones con contenidos generados por máquinas, pero no demuestra quién lo escribió ni qué herramientas se utilizaron.
Un análisis publicado en junio por Snopes llegó a una conclusión prudente: existían elementos que daban cierta credibilidad a las acusaciones, pero no pruebas concluyentes de que León XIV, funcionarios del Vaticano u otras personas hubieran empleado IA para redactar la encíclica. El caso quedó clasificado como no probado.
La ansiedad de ser señalado por una máquina
El episodio refleja un fenómeno que algunos investigadores han bautizado como flagxiety, una combinación de las palabras inglesas flag —marcar o señalar— y anxiety —ansiedad—. El término describe el temor de escritores, estudiantes, investigadores e instituciones a que un detector les atribuya por error el uso de inteligencia artificial.
La preocupación no es menor. Una acusación automática puede afectar a la reputación de un autor, invalidar un trabajo académico o desencadenar investigaciones internas, aunque el sistema utilizado no pueda demostrar su conclusión. La encíclica del Vaticano critica precisamente la delegación de decisiones importantes en sistemas que no siempre pueden explicar ni asumir sus errores.
Otro episodio reciente muestra el problema desde una perspectiva distinta. Apple tuvo que limitar su programa de recompensas por fallos de seguridad después de que investigadores apoyados por IA enviaran decenas de informes en muy poco tiempo. La generación automática permite producir contenidos a gran escala, pero también multiplica el coste de verificarlos.
Una web cada vez más difícil de autenticar
La discusión llega en un momento en el que la presencia de textos generados por IA en internet crece con rapidez. Un estudio del Pew Research Center publicado el 22 de agosto estima que el 35% de las páginas web publicadas desde el lanzamiento de ChatGPT presentan indicios de autoría artificial.
En este contexto, la pregunta ya no consiste únicamente en saber si una encíclica concreta fue escrita por una máquina. El desafío es determinar si las herramientas disponibles son suficientemente fiables para juzgar la autoría de cualquier texto digital con garantías de justicia.
La paradoja del Vaticano resume esa dificultad: una institución que advierte de los riesgos de automatizar decisiones tuvo que utilizar un sistema automatizado para defender la naturaleza humana de su propio documento. Por ahora, tanto los modelos que generan textos como los que intentan detectarlos comparten una limitación decisiva: pueden ofrecer indicios, pero no certezas absolutas.



