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Las tres tribus que se disputan el rumbo de la inteligencia artificial en Silicon Valley

Las guerras ideológicas de Silicon Valley han dejado de ser una discusión entre investigadores y comunidades digitales. Ahora también se libran con decenas de millones de dólares en la política estadounidense, especialmente ante las elecciones legislativas de Estados Unidos.

Un supercomité respaldado por Andreessen Horowitz, conocida como a16z, y Greg Brockman, cofundador de OpenAI, ha recaudado más de 75 millones de dólares para apoyar a candidatos contrarios a una regulación estricta de la inteligencia artificial. En el otro lado, Anthropic llegó a aportar 20 millones para promover una estrategia más prudente.

Detrás de esta batalla hay tres corrientes con más de una década de historia: el racionalismo, el altruismo eficaz y el aceleracionismo tecnológico. Sus miembros son relativamente pocos, pero ocupan posiciones influyentes en laboratorios de IA, fondos de inversión, universidades y administraciones públicas.

Racionalistas: el temor a una superinteligencia incontrolable

El movimiento racionalista moderno tomó forma alrededor de LessWrong, una comunidad creada en 2009 por Eliezer Yudkowsky. Su objetivo inicial era mejorar la forma de razonar mediante el estudio de los sesgos cognitivos, la estadística y la probabilidad bayesiana.

El razonamiento bayesiano es un método para actualizar una creencia cuando aparecen nuevas pruebas. En el entorno racionalista, esta idea se combina con una preocupación central: una inteligencia artificial muy superior a la humana podría perseguir objetivos incompatibles con los nuestros.

El problema, según esta corriente, no exige que una máquina sienta odio hacia las personas. Bastaría con que interpretase sus instrucciones de una forma literal o persiguiera una meta que convirtiera a los seres humanos en un obstáculo.

Por eso sus defensores reclaman investigaciones específicas sobre seguridad y alineamiento. El alineamiento consiste en conseguir que los objetivos, límites y decisiones de un sistema de IA sean compatibles con los valores y las intenciones humanas.

Altruistas eficaces: maximizar el bien que produce cada euro

El altruismo eficaz surgió en Oxford alrededor de 2009, impulsado por Toby Ord y William MacAskill a partir de ideas del filósofo Peter Singer. Su principio básico es que, si una persona puede evitar un sufrimiento con un coste asumible, tiene una responsabilidad moral de hacerlo.

La corriente aplica análisis de datos para comparar el impacto de distintas donaciones. Durante años, sus campañas se centraron en intervenciones de bajo coste y alto beneficio, como la distribución de mosquiteras para prevenir la malaria.

Más tarde ganó peso el denominado largoplacismo. Esta doctrina concede una importancia moral similar a las generaciones futuras y sostiene que evitar una catástrofe global podría salvar una cantidad incalculable de vidas.

Desde esa perspectiva, la inteligencia artificial aparece como una de las principales amenazas, pero también como una posible herramienta para mejorar el futuro. Los altruistas eficaces han financiado investigaciones sobre riesgos existenciales, es decir, aquellos que podrían acabar con la civilización o impedir que la humanidad continúe desarrollándose.

Uno de sus principales mecenas es Dustin Moskovitz, cofundador de Facebook y fundador de Asana, que ha comprometido más de 11.000 millones de dólares en distintas iniciativas filantrópicas. Parte de ese entorno ha tenido influencia en la creación de organizaciones dedicadas a la seguridad de la IA.

Aceleracionistas: más velocidad para no perder la carrera tecnológica

El aceleracionismo efectivo, conocido como e/acc, apareció en 2022 a través de varias cuentas anónimas de X. El movimiento nació, en parte, como una respuesta provocadora al altruismo eficaz y a quienes alertaban sobre los peligros de una IA avanzada.

Su tesis es que frenar la innovación también puede causar daños. Si la tecnología permite curar enfermedades, aumentar la productividad o mejorar las condiciones de vida, retrasarla supondría renunciar a beneficios que podrían salvar millones de vidas.

En 2023 se identificó al físico Guillaume Verdon, antiguo empleado de Google, como la persona detrás de la cuenta conocida como BasedBeffJezos. El aceleracionismo ha encontrado después aliados en inversores tecnológicos y figuras políticas, entre ellas David Sacks.

Andreessen Horowitz ha convertido parte de estas ideas en una visión política propia mediante su manifiesto tecnooptimista. El documento critica conceptos como el riesgo existencial y la ética tecnológica cuando se utilizan, según sus autores, para levantar barreras que solo las grandes empresas pueden permitirse.

El argumento geopolítico también ocupa un lugar central: si Estados Unidos limita el desarrollo de la IA, China podría ganar ventaja en una competición considerada estratégica.

Una disputa con influencia directa en Washington

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha reforzado el peso político del aceleracionismo. El debate ya no se limita a los laboratorios: afecta a las normas federales, a la contratación pública y al uso militar de los sistemas de IA.

El Pentágono llegó a calificar a Anthropic, creadora de Claude, como un riesgo para la cadena de suministro después de que la empresa se negase a permitir determinados usos relacionados con la vigilancia masiva y las armas autónomas. Una jueza frenó buena parte de esa medida al considerar que podía constituir una represalia.

En paralelo, los defensores de la seguridad esperan que las futuras salidas a bolsa de compañías como OpenAI y Anthropic generen recursos para financiar nuevas investigaciones. La paradoja es evidente: quienes vigilan a los grandes laboratorios podrían terminar dependiendo económicamente del éxito de esos mismos laboratorios.

Una familia enfrentada por la velocidad

Autores como Timnit Gebru y Émile P. Torres han descrito esta rivalidad como una disputa familiar. Las tres corrientes comparten una premisa: creen que una superinteligencia podría llegar relativamente pronto y alterar el destino de la humanidad.

La diferencia principal está en la velocidad y en la respuesta. Los racionalistas priorizan evitar una catástrofe; los altruistas eficaces intentan maximizar el beneficio para las generaciones presentes y futuras; los aceleracionistas consideran que detener el progreso puede ser más peligroso que continuar.

Mientras tanto, problemas actuales como los sesgos algorítmicos, la desinformación, las respuestas falsas de los modelos de lenguaje y la concentración de poder reciben menos atención en esta batalla ideológica.

El resultado es una paradoja: el riesgo futuro sirve de argumento para pedir controles, pero también para exigir más inversión y velocidad. En Silicon Valley, el precipicio se ha convertido en la justificación de ambos bandos: unos quieren poner frenos y otros, pisar el acelerador.

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