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OpenAI aplaza su salida a bolsa: Sam Altman prioriza la seguridad de la inteligencia artificial

OpenAI no saldrá a bolsa en 2026, pese a que la compañía ya había presentado la documentación necesaria para preparar una eventual oferta pública de acciones. Sam Altman, su consejero delegado, considera que el momento actual no es adecuado debido a las dudas relacionadas con la seguridad y el control de los sistemas de inteligencia artificial.

La empresa dedicará previsiblemente el próximo año a reforzar el denominado alineamiento de la IA: el conjunto de técnicas y procesos destinados a conseguir que un sistema avanzado actúe de acuerdo con las intenciones humanas, respete límites y no desarrolle comportamientos perjudiciales.

La decisión retrasa una operación que podría proporcionar a OpenAI acceso a una cantidad de capital muy superior al disponible en los mercados privados. La compañía necesita financiar el entrenamiento y el funcionamiento de modelos cada vez más grandes, una actividad que exige centros de datos, chips especializados y un consumo energético considerable.

Salir a bolsa obliga a enseñar las cuentas

Una oferta pública no consiste únicamente en vender acciones para captar dinero. También implica someterse a una supervisión mucho más estricta y publicar información financiera de forma periódica. Los inversores tendrían acceso a las pérdidas, los compromisos económicos, los riesgos operativos y las previsiones de la empresa.

OpenAI tendría que actualizar buena parte de esos datos cada trimestre. Esa transparencia puede convertirse en un problema para una compañía que ha recibido inversiones multimillonarias y que mantiene una intensa carrera para desarrollar modelos de IA generativa cada vez más capaces.

El posible documento de salida a bolsa también debería explicar los riesgos derivados del propio desarrollo tecnológico. Entre ellos estaría la posibilidad de que OpenAI tenga que frenar o modificar la evolución de sus productos si no logra resolver determinados problemas de seguridad.

Ese mensaje resulta difícil de encajar con una estrategia empresarial basada en prometer un crecimiento acelerado. La compañía tendría que convencer al mercado de que puede aumentar sus ingresos a gran velocidad y, al mismo tiempo, admitir que podría verse obligada a ralentizar sus avances por motivos de seguridad.

El alineamiento vuelve al centro del debate

Altman ya había defendido en el pasado que una empresa dedicada a desarrollar sistemas potencialmente superinteligentes no podía gestionarse como una compañía tecnológica convencional. La superinteligencia es una hipotética IA capaz de superar ampliamente a los seres humanos en la mayoría de las tareas cognitivas.

El principal riesgo asociado es el desalineamiento: que el sistema persiga un objetivo de una forma distinta a la que sus creadores habían previsto, o que sus capacidades excedan los mecanismos de supervisión disponibles. En modelos actuales, el alineamiento incluye técnicas como el entrenamiento con preferencias humanas, las evaluaciones de seguridad y los límites de uso.

La preocupación no es únicamente teórica. Las advertencias de investigadores y directivos del sector, así como la salida de Jacob Coxon y las declaraciones de Dario Amodei, han contribuido a mantener abierto el debate sobre la velocidad a la que se está desarrollando la IA avanzada.

Eso no demuestra que la seguridad sea una simple excusa para retrasar la operación. OpenAI afronta riesgos técnicos reales y una creciente presión para demostrar que puede controlar sistemas con más autonomía, capacidad de razonamiento y acceso a herramientas externas.

OpenAI necesita más capital, pero también más tiempo

La contradicción está en que los mercados públicos ofrecen una fuente de financiación mucho mayor que los privados. Sarah Friar, directora financiera de OpenAI, ya había señalado que el tamaño y la profundidad de los mercados bursátiles superan ampliamente las posibilidades de las rondas privadas.

En la práctica, retrasar la cotización significa renunciar temporalmente a miles de millones de dólares potenciales. A cambio, la empresa conserva una mayor libertad para invertir, cambiar de estrategia o asumir pérdidas sin tener que justificar cada movimiento ante accionistas públicos.

La financiación privada también permite evitar, por ahora, una exposición detallada de sus resultados. OpenAI podrá seguir negociando con inversores y socios tecnológicos sin publicar cada trimestre una radiografía completa de su negocio.

Anthropic ofrece un contraste relevante

El caso de Anthropic muestra que el discurso sobre la seguridad no impide necesariamente preparar una salida a bolsa. La compañía también ha defendido la necesidad de actuar con cautela en el desarrollo de la IA, pero sus perspectivas financieras parecen ser diferentes.

Anthropic ha comunicado a sus inversores que espera lograr un beneficio operativo ajustado por segundo trimestre consecutivo y continúa avanzando hacia una eventual cotización. El beneficio operativo ajustado mide el resultado del negocio antes de determinados gastos o elementos extraordinarios, por lo que permite comparar mejor la evolución de la actividad principal.

La diferencia entre ambas empresas no está únicamente en lo que dicen sobre la seguridad. También influye la urgencia que tenga cada una por mostrar sus cuentas y demostrar que su modelo de negocio puede sostener el coste de la IA.

La bolsa tendrá que esperar hasta 2027 como pronto

Con la decisión anunciada, OpenAI no saldrá a bolsa antes de 2027. Hasta entonces, continuará financiándose mediante capital privado y no tendrá que hacer públicas sus cuentas con la misma periodicidad y profundidad que una empresa cotizada.

El argumento de la seguridad podría seguir siendo válido el próximo año si los problemas de alineamiento no están resueltos. Sin embargo, si las cuentas mejoran y la compañía demuestra una mayor rentabilidad, la presión para debutar en bolsa podría aumentar.

El futuro de la operación dependerá, por tanto, de dos variables que avanzan a ritmos distintos: la capacidad de OpenAI para controlar sus modelos y su capacidad para justificar económicamente las enormes inversiones que exige la carrera por la inteligencia artificial.

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