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El horario de invierno, la opción más beneficiosa para la salud, según la catedrática María Ángeles Rol

El debate sobre el cambio de hora vuelve a situarse en el centro de la conversación cada vez que los relojes deben ajustarse. Frente a la tradicional alternancia entre el horario de verano y el de invierno, los expertos reclaman de nuevo una decisión definitiva y apuestan por mantener un único horario durante todo el año.

María Ángeles Rol, catedrática de Fisiología, considera que el horario de invierno es la opción más beneficiosa para el organismo. Su argumento parte de una premisa científica: la hora oficial debería guardar la mayor relación posible con la luz natural y con el funcionamiento del reloj biológico humano.

El reloj biológico, clave en la adaptación al cambio horario

El cuerpo humano se organiza mediante ritmos circadianos, ciclos de aproximadamente 24 horas que regulan el sueño, la vigilia, la temperatura corporal, la secreción hormonal y buena parte de los procesos metabólicos. La luz es el principal elemento que sincroniza estos ritmos.

Cuando la hora oficial se aleja demasiado de la salida del sol, el organismo recibe señales contradictorias. El resultado puede ser una mayor dificultad para conciliar el sueño, cansancio durante el día y una sensación de desajuste que, aunque suele ser temporal, afecta especialmente a las personas más sensibles a las alteraciones del descanso.

Desde esta perspectiva, el horario de invierno permite una mayor coincidencia entre la actividad social y las horas de luz de la mañana. Para Rol, esa alineación resulta más importante que disponer de más claridad al final de la tarde durante los meses cálidos.

Más luz por la mañana y un descanso más regular

La exposición a la luz natural al comenzar el día ayuda a poner en marcha el sistema circadiano. También favorece que el organismo adelante progresivamente la preparación para el sueño cuando llega la noche. Por el contrario, las tardes más luminosas pueden retrasar la hora de acostarse, sobre todo cuando se combinan con el uso de pantallas y con horarios sociales prolongados.

La falta de sueño no es un asunto menor. Dormir menos de lo necesario o hacerlo en horarios irregulares se relaciona con peor concentración, mayor irritabilidad y un rendimiento inferior en el trabajo y los estudios. A largo plazo, la alteración continuada del descanso puede influir en la salud cardiovascular, el metabolismo y el bienestar emocional.

Por eso, la discusión sobre el cambio de hora no debería limitarse a una cuestión de preferencias o de aprovechamiento de la luz en las terrazas. También implica valorar cómo se organiza la vida cotidiana y qué horario facilita un descanso más estable para la mayoría de la población.

Los niños y los trabajadores, entre los colectivos más afectados

Los menores suelen notar con especial intensidad los cambios de rutina. Adelantar o retrasar el reloj puede complicar la hora de levantarse, alterar los horarios de las comidas y dificultar la adaptación escolar. En el caso de los adolescentes, que tienden de forma natural a acostarse más tarde, el desajuste puede acentuarse.

También los trabajadores con horarios tempranos pueden sufrir las consecuencias de un amanecer más tardío. Desplazarse o iniciar la jornada sin apenas luz natural puede incrementar la sensación de fatiga y hacer más difícil la activación física y mental durante las primeras horas.

Los turnos laborales, las personas mayores y quienes padecen trastornos del sueño constituyen otros grupos especialmente vulnerables. Mantener un horario estable durante todo el año permitiría reducir, al menos, la necesidad de afrontar dos reajustes anuales.

Un único horario frente a los cambios de marzo y octubre

La propuesta de los expertos no consiste únicamente en eliminar el cambio de hora, sino en escoger qué horario debe mantenerse. La opción defendida por María Ángeles Rol es el horario de invierno, al considerar que ofrece una relación más equilibrada con el ciclo natural de luz y oscuridad.

El cambio de hora se introdujo con objetivos relacionados con el ahorro energético y el aprovechamiento de la luz diurna. Sin embargo, la evolución de los hábitos de consumo y la expansión de la iluminación y los dispositivos electrónicos han modificado el contexto en el que se adoptó esta medida.

Además, cualquier supuesto beneficio energético debe compararse con los posibles efectos sobre el sueño y la salud. Para los especialistas, la estabilidad de los horarios y la sincronización con la luz natural deberían ocupar un lugar prioritario en la decisión.

La importancia de adaptar también los horarios sociales

Elegir un horario único no resolvería por sí solo todos los problemas de descanso. España mantiene jornadas laborales, escolares y de ocio que, en muchos casos, terminan más tarde que en otros países europeos. La organización del tiempo social también influye en la hora a la que se cena, se desconecta la actividad laboral y se va a dormir.

Por ello, los especialistas plantean abordar el debate de forma amplia. La búsqueda de un horario más saludable debería ir acompañada de medidas que favorezcan la conciliación, reduzcan las jornadas excesivamente prolongadas y permitan dormir el número de horas recomendado.

La conclusión de Rol y de otros expertos es clara: mantener un solo horario y priorizar el de invierno contribuiría a proteger el descanso y a mejorar la adaptación del organismo. La decisión, sin embargo, exige combinar la evidencia científica con una planificación social que sitúe la salud y la regularidad de los horarios en el centro.

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