Publicidad

Del consenso prometido a la política de las líneas rojas

Hubo un tiempo en el que Ángel Gabilondo parecía representar otra manera de hacer política. En los años de las repeticiones electorales, de los vetos cruzados y de los pactos imposibles, el entonces candidato socialista a la Comunidad de Madrid defendía una idea sencilla y, precisamente por eso, casi revolucionaria: los grandes partidos debían hablar entre ellos y buscar acuerdos estables.

Yo le creí. No solo porque su tono contrastaba con la crispación dominante, sino porque su discurso parecía asentarse sobre principios reconocibles. Gabilondo hablaba de diálogo entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, de políticas destinadas a mejorar la vida de los ciudadanos y de una responsabilidad institucional que no podía quedar subordinada a la táctica electoral.

También fijaba unas líneas rojas que entonces parecían inequívocas: el respeto a la Constitución y la defensa de la integridad territorial de España. No eran, en su planteamiento, asuntos negociables ni piezas intercambiables dentro de una operación de poder. Formaban parte del marco desde el que un partido de Gobierno debía tomar decisiones.

Un candidato contra la lógica del enfrentamiento

Ángel Gabilondo llegó a la primera línea política madrileña en enero de 2015, después de que Pedro Sánchez apartara a Tomás Gómez y situara al profesor donostiarra como cabeza de cartel del PSOE. Su perfil no era el de un dirigente curtido en las guerras internas ni el de un profesional de la confrontación permanente.

Procedía de la universidad y había ejercido como ministro de Educación. Su estilo era pausado, pedagógico y deliberadamente alejado de la política convertida en espectáculo. En un escenario cada vez más dominado por los mensajes rápidos y las posiciones irreconciliables, Gabilondo reivindicaba la conversación, la moderación y el acuerdo.

Para muchos ciudadanos, esa forma de expresarse transmitía solvencia. Parecía hablar a adultos, no a militantes enfadados. Mientras Podemos irrumpía con un lenguaje de ruptura y una estética de impugnación general, el candidato socialista ofrecía gestión, instituciones y reformas posibles. Su propuesta no consistía en negar los problemas, sino en resolverlos sin convertir cada discrepancia en una batalla existencial.

La promesa de un gran pacto educativo

Su paso por el Ministerio de Educación reforzó esa imagen. Gabilondo intentó promover un gran pacto de Estado con el Partido Popular, consciente de que la educación no podía estar sometida a los cambios de Gobierno ni convertirse en el campo de batalla habitual entre bloques.

El acuerdo no llegó. Como tantas otras veces, las diferencias partidistas, los cálculos electorales y la falta de confianza entre las formaciones políticas terminaron imponiéndose. Pero el intento encajaba con la personalidad pública del ministro: buscar espacios de entendimiento incluso cuando el resultado no estaba garantizado.

Ese fracaso debería haber servido como advertencia sobre la dificultad de construir consensos en España. Sin embargo, durante un tiempo todavía parecía posible que la política recuperase cierta cultura institucional. El problema no era solo que no hubiera acuerdos; era que cada vez resultaba más difícil creer en quienes los defendían.

Una predicción que sí se cumplió

En aquella conversación también apareció la situación de Pedro Sánchez, cuya posición política atravesaba uno de sus momentos más delicados. Preguntado por su futuro, Gabilondo respondió que, de alguna manera, encontraría su camino.

Acertó. Sánchez terminó encontrando el suyo, aunque el recorrido posterior se alejara de la imagen de consenso que algunos habían asociado al nuevo liderazgo socialista. La política española siguió avanzando hacia la fragmentación, la dependencia de apoyos diversos y la negociación permanente con fuerzas que, en otro momento, se habrían considerado incompatibles.

Ahí reside buena parte de la decepción. No en que la realidad obligue a rectificar, porque gobernar exige adaptarse a circunstancias cambiantes, sino en que se presenten como principios inamovibles cuestiones que después se transforman en instrumentos de negociación. Las líneas rojas dejan de serlo cuando solo se mantienen mientras resultan útiles para alcanzar un objetivo.

El coste de no cumplir lo que se promete

La política puede cambiar de opinión. Lo que no debería cambiar con tanta facilidad es el significado de las palabras. Si se reivindica el diálogo, los ciudadanos esperan que el diálogo no sea una simple técnica para sumar apoyos. Si se defiende la Constitución y la integridad territorial, esperan que esos compromisos pesen también cuando dificultan una investidura o complican una mayoría parlamentaria.

Por eso la decepción con determinados dirigentes no nace necesariamente de una discrepancia ideológica. Nace de la distancia entre el personaje que se presentó y las decisiones que acabaron tomando quienes compartían su espacio político. Gabilondo simbolizaba una forma de hacer política basada en la serenidad y el acuerdo; el tiempo ha demostrado lo frágil que puede ser ese modelo frente a la lógica de bloques.

Yo me creí a Ángel Gabilondo porque su discurso parecía razonable. Creí en la posibilidad de que la política española recuperase el sentido de la responsabilidad, que los partidos pudieran hablar sin renunciar a sus ideas y que los pactos de Estado estuvieran por encima de la estrategia inmediata.

Quizá ese fue el error: pensar que las palabras todavía obligaban. En política, sin embargo, la credibilidad no se sostiene solo con un tono amable ni con una buena intención. Exige mantener los principios cuando llega la hora de pagar el precio de defenderlos.

Artículo anteriorIgor Arzuaga quién era y por qué deja huella
Artículo siguienteMilei vuelve a España y reactiva la batalla de la derecha