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El peligro oculto de los trends de IA que convierten tus fotos en avatares

Convertirse en un personaje animado, aparecer junto a una versión infantil de uno mismo o recrear una fotografía antigua con inteligencia artificial se ha convertido en una práctica habitual en redes sociales. Son tendencias aparentemente inofensivas, pensadas para entretener y compartir contenido, pero pueden tener un coste menos visible: la entrega de datos biométricos a plataformas cuyo funcionamiento y políticas de conservación no siempre son transparentes.

La experta en ciberseguridad María Aperador advierte de que estas aplicaciones no solo reciben una imagen. En muchos casos, analizan los rasgos del rostro, la forma de los ojos, la distancia entre distintas facciones o los patrones que permiten identificar a una persona. Esa información puede quedar vinculada a una base de datos y utilizarse posteriormente para crear nuevos contenidos, entrenar modelos o desarrollar sistemas de reconocimiento facial.

Una fotografía puede revelar mucho más de lo que parece

Al subir un retrato a una herramienta de inteligencia artificial, el usuario suele pensar que está enviando una imagen puntual para obtener un resultado concreto. Sin embargo, el proceso técnico puede incluir la extracción de características biométricas y otros metadatos. La fotografía puede contener la ubicación, la fecha, el dispositivo utilizado o información relacionada con el archivo original.

La biometría facial es especialmente delicada porque no se puede cambiar como una contraseña. Si una clave se filtra, basta con sustituirla. En cambio, una cara permanece asociada a su propietario durante toda la vida. Por eso, una filtración o un uso indebido de estos datos puede tener consecuencias prolongadas y difíciles de corregir.

El riesgo aumenta cuando la plataforma no explica con claridad cuánto tiempo conservará las imágenes, si las compartirá con terceros o si empleará el material para mejorar sus sistemas. También conviene comprobar si existe un procedimiento real para solicitar la eliminación de los datos, no solo de la imagen visible en la cuenta.

Deepfakes, suplantaciones y extorsiones

Una colección de fotografías nítidas y expresivas puede facilitar la creación de deepfakes cada vez más convincentes. Con suficientes imágenes, un sistema puede generar vídeos o audios manipulados en los que una persona parezca decir o hacer algo que nunca ocurrió. Estas falsificaciones pueden emplearse para difundir desinformación, dañar la reputación o suplantar a alguien en internet.

También existe un riesgo relacionado con las estafas dirigidas. Las imágenes públicas ayudan a los delincuentes a construir perfiles más creíbles, especialmente cuando se combinan con información publicada en redes sociales. En determinados casos, un atacante puede utilizar contenidos manipulados para presionar a la víctima, amenazarla con su difusión o intentar engañar a sus contactos.

El problema no afecta únicamente a quienes tienen una gran presencia pública. Cualquier usuario puede convertirse en objetivo si sus imágenes se reutilizan para crear perfiles falsos, campañas de acoso o mensajes fraudulentos. La facilidad con la que se generan estos contenidos reduce además el coste y el tiempo necesarios para llevar a cabo una suplantación.

Qué revisar antes de subir una foto

Participar en una tendencia no implica necesariamente asumir todos esos riesgos. La primera medida consiste en detenerse unos segundos y comprobar quién ofrece el servicio. No es lo mismo utilizar una función integrada en una plataforma conocida que instalar una aplicación desconocida desde un enlace compartido en redes sociales.

  • Leer la política de privacidad y buscar qué uso se hará de las imágenes.
  • Comprobar si las fotografías se guardan, durante cuánto tiempo y con quién se comparten.
  • Revisar si la empresa permite solicitar la eliminación de los datos biométricos.
  • Evitar subir imágenes de menores, documentos, uniformes o lugares fácilmente identificables.
  • Desconfiar de aplicaciones que solicitan permisos innecesarios, como acceso a todos los archivos del teléfono.
  • Eliminar la aplicación si no ofrece información clara sobre su responsable o sus condiciones.

También es recomendable borrar los metadatos de una imagen cuando sea posible y limitar la resolución si el resultado no necesita gran calidad. No se trata de una protección absoluta, pero reduce la cantidad de información disponible. En el caso de fotografías familiares, la precaución debe ser mayor, ya que todas las personas que aparecen en ellas pueden verse afectadas aunque no hayan dado su consentimiento.

La privacidad no termina al borrar la publicación

Eliminar una imagen de una red social no garantiza que desaparezca de internet. Puede haber sido descargada, indexada, compartida o almacenada en copias de seguridad. Con las herramientas de IA ocurre algo parecido: retirar el resultado final no significa necesariamente que los datos utilizados para generarlo se hayan eliminado de los sistemas de la compañía.

Por este motivo, la decisión debe tomarse antes de pulsar el botón de subida. La pregunta clave no es solo si el resultado merece la pena, sino qué información se está entregando para conseguirlo y si se aceptaría perder el control sobre ella. Los efectos visuales pueden durar unos segundos en una red social; una huella biométrica, en cambio, puede permanecer durante décadas.

Las tendencias de inteligencia artificial pueden ser divertidas y creativas, pero no son neutrales desde el punto de vista de la privacidad. Compartir menos imágenes, elegir servicios transparentes y revisar los permisos son pasos sencillos para disfrutar de estas herramientas sin convertir una fotografía personal en un recurso permanente para terceros.

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