Pepe Cerezo: la batalla por la IA pasa por decidir quién controlará la superinteligencia
La carrera por la inteligencia artificial ya no se limita a desarrollar modelos más rápidos o asistentes capaces de responder a preguntas complejas. Para Pepe Cerezo, experto en tecnología y autor de Deep Tech. La siguiente frontera de la innovación, el debate decisivo es político y geoestratégico: quién tendrá el control de las tecnologías más avanzadas y con qué objetivos se utilizarán.
Durante su visita a Leyendo el periódico, Cerezo puso el foco en el discurso que presenta la inteligencia artificial como una competición entre grandes potencias. En ese marco, Donald Trump quiere que la conversación pública gire en torno a una posible superinteligencia bajo el control de Estados Unidos, una idea que conecta innovación, poder económico y seguridad nacional.
La IA como nuevo terreno de disputa geopolítica
La evolución de la inteligencia artificial ha transformado la tecnología en un asunto estratégico. La capacidad para diseñar modelos avanzados, fabricar chips, acceder a grandes cantidades de datos y disponer de centros de procesamiento se ha convertido en un factor de poder comparable al que tuvieron en el pasado otras infraestructuras críticas.
Estados Unidos y China lideran buena parte de esta competición, mientras Europa intenta mantener una posición propia. La disputa no se limita a las empresas tecnológicas: también implica a los gobiernos, las universidades, los inversores y los organismos reguladores.
En este contexto, conceptos como el de superinteligencia adquieren una dimensión que va más allá de la ciencia ficción. Se utiliza para describir sistemas que podrían superar ampliamente las capacidades humanas en múltiples tareas, aunque su alcance real, sus plazos de desarrollo y sus riesgos continúan siendo objeto de debate.
Del entusiasmo tecnológico al control de la innovación
Una de las claves del análisis de Cerezo es que la inteligencia artificial no puede entenderse únicamente como una herramienta empresarial. Su desarrollo afecta al mercado laboral, a la productividad, a la educación, a la información y a la relación entre ciudadanos e instituciones.
La concentración de capacidades en un reducido grupo de compañías plantea además preguntas sobre la competencia y la soberanía tecnológica. Quien controle los modelos más avanzados, la infraestructura de computación y los canales de distribución podría influir en sectores muy distintos, desde la salud y las finanzas hasta la defensa o los medios de comunicación.
La expresión deep tech alude precisamente a ese conjunto de tecnologías basadas en avances científicos y de ingeniería complejos. A diferencia de muchas aplicaciones digitales, no suelen construirse de un día para otro: requieren investigación, capital, talento especializado, infraestructuras y años de desarrollo.
Una frontera tecnológica con impacto económico y social
El libro de Pepe Cerezo aborda la deep tech como la siguiente frontera de la innovación. En ella se sitúan áreas como la inteligencia artificial, la computación avanzada, la biotecnología, la robótica, los nuevos materiales o las tecnologías cuánticas.
Estas disciplinas pueden generar nuevas industrias y resolver problemas de gran escala, pero también presentan barreras de entrada más elevadas. El coste de la investigación y la dependencia de recursos estratégicos favorecen que el liderazgo quede en manos de países y empresas con una gran capacidad financiera y tecnológica.
Por eso, la conversación sobre innovación no puede reducirse a cuántas aplicaciones se lanzan o a cuántos usuarios alcanza una plataforma. También debe tener en cuenta quién desarrolla la tecnología, dónde se toman las decisiones y qué intereses determinan su evolución.
Europa busca una voz propia
La posición europea aparece condicionada por su dependencia de proveedores extranjeros en ámbitos esenciales, especialmente en semiconductores, servicios en la nube y modelos de inteligencia artificial. La regulación ha permitido a la Unión Europea avanzar en la definición de normas, pero las reglas, por sí solas, no garantizan una posición competitiva.
El desafío consiste en combinar seguridad, derechos fundamentales e innovación. Europa necesita atraer inversión, formar profesionales y reforzar sus infraestructuras sin renunciar a sus principios sobre privacidad, transparencia y supervisión humana.
La cuestión es especialmente relevante ante la posibilidad de que la IA se convierta en una infraestructura básica para la economía. Si el acceso a sus capacidades depende de un número limitado de actores, la autonomía tecnológica de los países puede quedar comprometida.
El debate que viene
La advertencia de Cerezo apunta a un cambio de escala. La discusión ya no trata solo de si la inteligencia artificial sustituirá determinadas tareas o de cómo afectará a algunos empleos. El debate central es quién establecerá las prioridades de los sistemas más potentes y bajo qué mecanismos de control.
La idea de una superinteligencia nacionalizada o alineada con los intereses de una potencia puede impulsar la inversión y la investigación, pero también intensificar la rivalidad internacional. La competencia por dominar la IA podría acelerar los avances, aunque con el riesgo de reducir los tiempos dedicados a evaluar sus consecuencias.
En este escenario, la sociedad tendrá que decidir qué nivel de poder está dispuesta a concentrar en empresas y gobiernos. La próxima frontera de la innovación no será únicamente tecnológica. También será institucional, económica y democrática.



