La tecnología no sustituye a los soldados: el nuevo desafío de las Fuerzas Armadas
La modernización militar está transformando la forma de hacer la guerra, pero no ha reducido la necesidad de contar con tropas suficientes y bien preparadas. Al contrario, la proliferación de drones, sistemas no tripulados, sensores y herramientas de inteligencia artificial exige disponer de más especialistas capaces de operar, interpretar y proteger estas tecnologías.
Esta es una de las principales advertencias del coronel retirado Jesús Alberto García Riesco, que considera que la experiencia de la guerra en Ucrania obliga a revisar el modelo de adiestramiento y la planificación de personal de los ejércitos occidentales. La tecnología aporta nuevas capacidades, pero también multiplica las tareas que deben asumir las unidades sobre el terreno.
Más sistemas, más operadores y mayor preparación
El conflicto ucraniano ha demostrado que los sistemas no tripulados pueden influir de forma decisiva en el campo de batalla. Los drones se emplean para observar, localizar objetivos, corregir el fuego de artillería, transportar material e incluso atacar. Su bajo coste relativo y su disponibilidad han cambiado la relación entre medios militares y efectivos humanos.
Sin embargo, cada nuevo sistema necesita personal para manejarlo, mantenerlo, analizar la información que genera y coordinarlo con el resto de las unidades. La incorporación de tecnología no elimina puestos: modifica los perfiles profesionales y aumenta la demanda de operadores instruidos, técnicos y mandos capaces de tomar decisiones rápidas en entornos sometidos a una presión constante.
García Riesco subraya que el factor humano continúa siendo determinante. La voluntad de vencer, la disciplina y la capacidad para actuar en condiciones extremas no pueden automatizarse. Tampoco se puede delegar por completo en una máquina la interpretación de una situación ambigua o la decisión sobre cómo emplear una capacidad militar.
Ucrania obliga a replantear el adiestramiento
La guerra en Ucrania ha puesto en cuestión algunos supuestos sobre los conflictos contemporáneos. La superioridad tecnológica no garantiza por sí sola el control del terreno, especialmente cuando el adversario dispone también de herramientas avanzadas y puede neutralizar redes de comunicaciones, interferir señales o atacar los centros de mando.
En este escenario, las Fuerzas Armadas necesitan entrenarse para operar con sistemas degradados, pérdida de comunicaciones y una vigilancia permanente desde el aire. Las unidades deben aprender a ocultarse, dispersarse, cambiar de posición y mantener su capacidad de combate aunque fallen parte de sus equipos.
El adiestramiento, por tanto, ya no puede limitarse a ejercicios convencionales. Debe incorporar la guerra electrónica, la defensa frente a drones, la ciberseguridad, el análisis de datos y la coordinación entre medios tripulados y no tripulados. También resulta esencial practicar la toma de decisiones con información incompleta y en plazos muy reducidos.
Los aliados preparan más operadores
Los países aliados están asumiendo que el futuro de la defensa dependerá tanto de la disponibilidad de plataformas como de la capacidad para formar y retener a los profesionales que las utilizan. La previsión de multiplicar el número de operadores refleja un cambio de prioridades: no basta con adquirir drones o sensores si no existe personal suficiente para integrarlos en las unidades.
Este reto afecta a la selección de especialistas, a los planes de carrera y a la formación continua. La rápida evolución de la tecnología obliga a actualizar conocimientos con frecuencia y a combinar la instrucción militar tradicional con competencias técnicas cada vez más avanzadas.
La cuestión también tiene una dimensión demográfica. La dificultad para atraer jóvenes a la carrera militar, unida a la competencia del sector tecnológico privado, puede limitar la disponibilidad de profesionales cualificados. La defensa necesita ofrecer estabilidad, progresión profesional y una preparación acorde con las exigencias de los nuevos sistemas.
España prueba la integración de capacidades
España está evaluando en Almería cómo encajan estas herramientas en sus unidades y procedimientos. Las pruebas permiten comprobar no solo el rendimiento de los equipos, sino también la forma en que deben organizarse las tropas, distribuirse las responsabilidades y coordinarse las diferentes capacidades.
La integración es uno de los principales desafíos. Un dron aislado tiene una utilidad limitada si la información que obtiene no llega a tiempo a los mandos o no puede relacionarse con otros sensores y sistemas de armas. El objetivo es construir una red en la que los datos se compartan de forma segura y puedan convertirse rápidamente en decisiones operativas.
La tecnología como multiplicador, no como sustituto
La conclusión es clara: la innovación militar puede multiplicar la eficacia de una unidad, pero no reemplaza a sus integrantes. Cada capacidad tecnológica requiere doctrina, mantenimiento, entrenamiento y personal dispuesto a emplearla en situaciones de riesgo.
Para García Riesco, el debate no debería centrarse únicamente en cuántos drones, vehículos o sistemas avanzados adquieren las Fuerzas Armadas. La pregunta decisiva es si cuentan con suficientes soldados instruidos y comprometidos para sacarles partido. En un escenario de amenazas más complejas, disponer de tecnología será importante, pero disponer de personas preparadas seguirá siendo imprescindible.



