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La riqueza exprés de la IA deja a muchos fundadores de Silicon Valley sin saber qué hacer con su vida

La inteligencia artificial está convirtiendo a emprendedores y empleados tecnológicos en millonarios a una velocidad inédita. Sin embargo, detrás de las valoraciones récord y las ventas multimillonarias de empresas empieza a aparecer un problema menos visible: muchas de estas personas no están preparadas para gestionar el dinero, la presión y el vacío que llegan después del éxito.

El caso de Michia Rohrssen ilustra bien esa paradoja. Creció en una familia con dificultades económicas, donde reparar un coche podía convertirse en un problema inasumible y en ocasiones faltaba dinero para comer o pagar el alquiler. A los 31 años vendió Prodigy, la compañía de software que había fundado, por 110 millones de dólares.

La operación resolvió de golpe sus preocupaciones materiales, pero no sus problemas personales. Tras la venta, Rohrssen pasó meses sin rumbo y con la sensación de que su mente se había quedado sin estímulos. Había alcanzado el objetivo que había guiado buena parte de su vida y, de repente, ya no sabía cuál debía ser el siguiente.

Cuando el dinero no elimina el malestar

La experiencia se relaciona con el denominado síndrome de riqueza súbita. El término fue acuñado en los años noventa por el psicólogo Stephen Goldbart para describir las dificultades psicológicas que pueden aparecer cuando una persona acumula una gran fortuna en muy poco tiempo.

No se trata únicamente de aprender a gestionar inversiones, impuestos o gastos. La riqueza repentina puede provocar una crisis de identidad, ansiedad, insomnio, depresión y una sensación de aislamiento. También puede alterar las relaciones personales: el entorno cambia, aparecen nuevas expectativas y resulta difícil saber si los demás se acercan por afecto o por interés.

“Es mucho más duro cuando ya lo has logrado y sigues sintiéndote igual de roto”, explicó Rohrssen al hablar de su experiencia. Su testimonio refleja una idea incómoda para la cultura emprendedora: el éxito financiero no garantiza el bienestar emocional.

La inteligencia artificial acelera el fenómeno

Los fundadores de empresas de IA son especialmente vulnerables a este proceso. La inteligencia artificial engloba sistemas capaces de realizar tareas que normalmente asociamos con la inteligencia humana, como analizar información, generar texto o imágenes, programar y tomar decisiones a partir de grandes volúmenes de datos.

El interés inversor por estas tecnologías ha disparado las valoraciones de muchas compañías. Algunas startups pasan de no tener ingresos relevantes a valer cientos o miles de millones de dólares en unos pocos años. En ese contexto, una venta o una salida a bolsa puede transformar la vida económica de sus empleados y fundadores de la noche a la mañana.

Las estimaciones más ambiciosas apuntan a que la salida a bolsa de SpaceX habría creado alrededor de 4.400 nuevos millonarios. Anthropic, por su parte, se aproxima a una valoración de un billón de dólares y algunos inversores creen que podría alcanzar los dos billones antes de debutar en los mercados.

Si se produjeran también las salidas a bolsa de Anthropic y OpenAI, el número de nuevos multimillonarios podría rondar los 20. A estas cifras habría que sumar a los trabajadores y fundadores de pequeñas empresas de IA adquiridas por grandes grupos tecnológicos como Google, Microsoft, Meta o Amazon.

El miedo a parar después de vender

La paradoja es que muchos de estos emprendedores no se sienten capaces de abandonar el ritmo de trabajo que les ha llevado hasta allí. La psicoterapeuta Annie Wright identifica un FOMO, acrónimo de Fear Of Missing Out, que puede traducirse como miedo a perderse algo.

La carrera por construir el siguiente modelo de IA, captar inversión o cerrar una adquisición continúa incluso cuando el dinero ha dejado de ser una motivación real. La percepción de que siempre hay otra oportunidad, otra compañía que fundar o una tecnología que no se puede dejar escapar mantiene a muchos fundadores en un estado de tensión permanente.

En el sector de la inteligencia artificial se añade otra fuente de presión: la dimensión social de lo que están creando. Algunos empresarios sienten un conflicto moral por el impacto de sus productos en el empleo, la privacidad, la educación o la difusión de información falsa. Esa preocupación puede convertirse en lo que los especialistas describen como daño moral.

La parálisis post-venta

Otros emprendedores se enfrentan al problema contrario: son incapaces de volver a empezar. La empresaria Anastasia Koroleva define esta situación como parálisis post-venta, un bloqueo que aparece después de vender una compañía y preguntarse si el siguiente proyecto estará a la altura del anterior.

La presión externa agrava el problema. Después de alcanzar un gran éxito, inversores, medios y antiguos empleados esperan que el fundador repita inmediatamente la hazaña. El temor a fracasar públicamente puede llevarle a no tomar decisiones, no invertir su capital o evitar nuevos retos profesionales.

La salud mental de los emprendedores ha ganado visibilidad en los últimos años, especialmente después de la muerte de Tony Hsieh, fundador de Zappos, en 2020. Desde entonces han proliferado terapeutas, asesores y comunidades privadas especializadas en acompañar a personas que han recibido grandes sumas de dinero y no encuentran un nuevo propósito.

Un anticipo de un problema más amplio

Algunas redes para fundadores recomiendan no tomar decisiones irreversibles durante el primer año posterior a una venta. La prioridad debería ser adaptarse a la nueva situación, revisar las finanzas con profesionales independientes y recuperar rutinas que no estén ligadas exclusivamente al trabajo.

Por ahora, esta crisis de propósito afecta sobre todo a una minoría privilegiada. Sin embargo, plantea una pregunta que podría ganar importancia si la IA reduce la necesidad de trabajar para una parte cada vez mayor de la población: ¿qué haremos cuando el empleo deje de ser el principal organizador de nuestras vidas?

La tecnología puede generar riqueza y liberar tiempo, pero no proporciona automáticamente una respuesta sobre cómo utilizar ambos recursos. Para los nuevos millonarios de Silicon Valley, esa cuestión ya no es una hipótesis de futuro, sino un problema que ha llegado justo después del éxito.

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